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EL PRINCIPIO DEL YO

Escrito por José Antonio Sequera Meza en Jueves, 17 Marzo 2016. Publicado en Cultura, Historia, Literatura, Música, Sociedad

Circa 1979[1],  Pink Ployd graba The wall;  Pink Floyd marca el derrumbe, en términos musicales, de la comunidad: el lamento del yo por no encontrar un respaldo en lo social, ni siquiera con la pareja: los teléfonos no contestarán nunca más, o peor aún, serán utilizados por empresas multinacionales para invadir la mermada privacidad.

            Ni siquiera la música es capaz de acercarnos ya.  ¿Quién es el primero que se aleja? El yo en su absoluta certeza de su decisión: primero yo, después yo, y ante todo yo[2]. La música disco fue la representación social de la liberación de yo: cada quien baila como sea y como pueda seguir a su propio cuerpo, a su propias intenciones, a su propio ego.  Travolta se pavonea en Fiebre del sábado,  en 1977. En 1978, en Grease, precisamente una invocación de la comunidad de los cincuenta, a la vez, una representación de los momentos en el que el yo peleaba por su independencia, una remembranza, sólo un recuerdo.

            Una década antes, el Doctor T. A.  Harris publica su best seller:  Yo estoy bien, tú estás bien.  Quince  millones de copias vendidas hacia 1972, incluida la que poseo. El sustento hipotético que sustenta dicho libro a través de la trinidad, el padre, el adulto y el niño es la siguiente: el yo se responsabiliza de su propio futuro cualquiera que haya sido su pasado. Encerrado en esa paradoja, el yo se define en un constate y fluido presente; lo que lo definirá por siempre. No importa que pasado el instante se autodefina en pro de futuro deseado. Además, en esa ipsiedad tripartita, lo social deja de tener sentido. ¿Para qué cuestionar los valores sociales si son parte del pasado, y si yo puedo tener la libertad de desear mi propia representación futura?

            No importa, pues, que yo tenga gobernantes corruptos, siempre tengo la libertad de elegirlos en el futuro. Pero, el pasado y el futuro son meramente sociales[3].

Tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes, presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de las cosas pasadas (la memoria), presente de las cosas presentes (visión), y presente de cosas futuras (expectación). San Agustín. Los tres tiempos presentes

 

Desde aquella época, sumergidos en el marasmos de la post-psicodelia el de los setentas; junto con derrumbe de las comunidades hippies, el yo se ve (presente) envuelto en perseguir una zanahoria (futuro), la cual a ciencia cierta no sabe por qué persigue (pasado). En la época de los ochentas, una de las novelas más puntuales de este sentimiento de desencanto se publica: Las batallas en el desierto. A los niños mexicanos de aquella época (40´s) les robaron (Alí Babá y los cuarenta ladrones) no sólo la infancia, sino el propio futuro desde el cual narra el personaje. Una primera persona: “Me acuerdo, no me acuerdo:”; tampoco es casual que pacheco haya antepuesto el epígrafe de L. P. Hartley: The Go-Between, “The past is a foreign country. They do things differently there.” Pero aparte del desmembramiento de una comunidad, y del amor (por supuesto); es el pasado donde se no tomó acción en contra de las rupturas comunitarias: viniesen de donde viniesen.

            Las respuestas del yo han sido diversas; en este mundo globalizado; pero, en términos generales, ha propiciado generaciones que se insertan en el olvido. En su propio egolatría, sin miramientos del otro. Cada día más, esto lo recuerdan todos los apologistas de épocas pasadas, las generaciones tienden a la desmemoria; a la pérdida del pasado, por tanto, a la pérdida de la identidad. Aunado, por supuesto, a las computadoras: todo se adjunta como archivo, todo es parte de una virtualidad. Pero, sobre todo, la potencialidad de este mundo, la trampa y la ventaja, la representa esa pantalla de plasma a través de la cual, cualquiera, con los rudimentos mínimos en el manejo de la computadora puede proponerse como autor. La cantidad de blogs, la cantidad de páginas web, de periódicos virtuales, de sitios de poesía, de cuento, de novela, han crecido de forma exponencial. Entre más crece la producción virtual, más se acerca la muerte del autor: como concepto y como forma. En una paradoja extraordinaria porque el yo actual, junto con el internet, no desea ser parte de la enunciación, sino ser la egolatría, en sí y para sí misma. Quien mejor que Borges soñó este presente como futuro:

"Imagino una época futura, muy futura, en la cual todo hombre produce el arte que necesita, cada hombre produce su filosofía, su música, su religión, su escultura; y luego, cuando él muere, se destruye todo, pues se entiende que cada hombre es perfecto y puede producir lo que necesita sin tener que recurrir al pasado" JLB-Verbal: 90

            No diría que hay una crisis de autoría, sino de enfrentamiento entre los tres tipos de creencias temporales, en donde el hombre cree ya haber alcanzado el futuro, y pretende desechar el pasado, sin vivir su presente.



[1] En 1976, se publica el libro: El gen egoísta: las bases biológicas de nuestra conducta. la oposición entre el gen y el individuo es parte de un trabajo que revolucionó la idea conceptual del hombre como una entidad independiente y racional en su totalidad; su egoísmo se debe al hecho, según el autor, del planteamiento de supervivencia del gen. La cultura sólo sería un mem, una unidad teórica de trasmisión o de retrasmisión cultural mediante un proceso de selección del gen a través de la imitación.

[2] ¿Es reflejo de la mera supervivencia?

[3] En el autolavado de la modernidad, el facebook es de los más rápidos. Comprometidos con el mundo. Cuenta con sus frases célebres: la preocupación es demasiado pasado, la angustia aumento de futuro. Moraleja, vive el presente.

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