Y seguimos pidiendo la palabra: DE TORERA DE LAS AGUAS: I, II Y III

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I

Mientras nuestras sombras

tejen y destejen un manto de complicadas caricias

nuestros cuerpos permanecen,

a la vista de todos,

sin tocarse.

 

II

Respirarte en mi mano,

tomar de tus cejas su calma

o montarme en ellas para jugar con sus crines blandas.

Dispararme este poema en la sien

y hacer de mi suicidio un crimen perfecto:

“Murió de poesía natural”.

Pero no sustituir con estas frases vacías

al momento en que abren tus piernas cerca de mi oído

para que escuche el romper de las olas.

 

III

Cuántas veces una respuesta sin preguntas,

un verbo en presente, triste, sin oídos.

Por eso aquella tarde venías lenta,

contando las mordidas de arena que la playa te daba;

por eso el desafío:

“A ver si puedes arar en mi piel

con tu yunta de sal”.

No, aquella tarde hasta el mar te quedó chico:

avergonzado se replegó en sus abismos esperando un descuido.

El descuido, torera de las aguas,

de que siempre te acentúas

en la penúltima ola.

 

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