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Y seguimos pidiendo la palabra: AMANECIERON LOS ARBOLES MUERTOS

Escrito por Héctor Domínguez Ruvalcaba en Lunes, 13 Noviembre 2017. Publicado en Cuento, Literatura, Poesía, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

No se creyó pronto que en to­dos lados, desde el Arenal, la Montería y hasta los ranchos arrinconados como el viejón, en dos y tres días se fueron ar­diendo las matas, las ceibas, los ciruelos, el ganado y hasta todo el peje del río: un dolor que los retorcía les entró en el alma. Se les vio morir hinchados de des­honra.

Era por el calor, dijo el radio, aunque Constancio con su forma de ha­blar tan arremangada, trajo a la cuenta todo lo que nos había repetido hasta el fastidio: “¿ya ven? Ya se nos encueró la tierra, nomás que diga Dios a llover nos ha de quedar el puro hueso”. Bien seca la boca, entrecerró los ojos para reconocer a los que venían en la camioneta blan­ca, vestidos de hule y un trebejo en el hocico, con órdenes municipales que en buenas palabras decían algo así como que uno se fuera por su propia cuenta a guardarse a los lugares más metidos de la tierra, a razón de unas precauciones que el gobierno está mandando: que nos van a venir enfermedades y si no nos vamos, nadie va a servir luego pa´la cría por la cosa de las radiaciones. A resultas que andan metiendo miedo.

“Ha de ser como aquella calor del sesentaicuatro, cuando se quemó el guásamo de Chico Zamudio”, el dijo Constancio a Güeyo, su compadre, pro­curando hacerse fuerte. Pero bien que le pude maliciar que estaba disimulando una cosa metida en el pecho de que ya andaba acobardado. Yo no quería volver al Farallón, pero los gringos nos tenían trabajando muy duro y a las claras se les veía que la cosa era para perder toda es­peranza, nomás por eso tuve que regre­sar al campamento.

La gente menos aguantadora se rebulló luego. Como les dijeron que no llevaran nada de comida, salieron de noche en los camiones que habían man­dado del puerto. A cual más los fueron a despedir, les llevaron su lástima a ense­ñar, como si los partientes tuvieran que sentir vergüenza.

Los orgullos llegarían a rebajar­se. No faltaba pretexto para poder irse: “que a los niños les duele el estómago, que no va a haber cosechas, que estas son calamidades como las de antes, me­jor ni andarle buscando”. Constancio se paraba lejecitos para ver mejor el modo en que los paisanos perdían su consis­tencia para irse tan fácilmente.

Aquellas últimas tardes que aguanté en el Farallón, hasta que me en­tró una tristeza inaguantable, una gana de dejar que se fueran todas las radiacio­nes, Constancio seguía paseándose por estos rumbos a tratar de averiguar hasta cuándo va a dejar de salirse esa cosa que dicen. Y yo, por no dejar que muriera con la esperanza perdida, lo hacía mirar los horizontes: nomás que diga Dios a llover, Constancio, estas cosas así son: tenía que acabarse ese ganado tan malo que había por aquí, pero el gobierno va a traer un ganado del puro americano, importado, fíjese, y la cosa se va a poner mejor que antes.

Ni eso le pudo suavizar el sem­blante, mejor volteó la cara por la ver­güenza de no poder llorar.

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