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Y seguimos pidiendo la palabra: ¡YO NOMÁS LE DIGO...!

Escrito por Marisabel Mací­as Guerrero en Jueves, 14 Junio 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Narración, Poesía

¡Ya me habían platicado de ella! Muchas historias se cuentan entre los compañeros. Dicen que toma diferentes rutas; que desde que se sube ilumina la unidad, que con su olor a vainilla te da hambre de dulce, y que así, sin decir agua va, ¡Zas! Actúa. 

Yo nomás no quería creer; y es que, se me hacía imposible que existiera una mujer tan “así”, tan maldita; será que he tenido buena suerte con las damas. Pero como dicen “flores en mayo, tarde o temprano hallo”, o sea, “lo que existe, existe”, y este día me tocó a mí.
Desde que se subió supe que era ella; traía una falda negra pegadita, pegadita, no tan corta pero tampoco tan larga; una blusita azul, también untadita al cuerpo, y ¡qué cuerpo!; o sea, que pa´acabar pronto debo decir que sí, hasta yo quería dejarla pasar sin cobrarle el pasaje. Porque es una mujer más guapa de lo que me habían dicho;de esas de las que uno no se enamora, pero sí se apendeja un buen rato, con perdón de la expresión. Ya sabe, de esas por las que uno se "ocsesiona".
Y bueno, como le iba diciendo, yo estaba lelo, ya nomás me dio la moneda de diez me sacudí, miré por el retrovisor y temblé; dos parejitas había, y una de ellas traía chamacos. ¡Pobres compitas! Pensé. Supe que cualquiera iba a caer redondito; casi que quería detenerme para impedir la acción, pero el deber llama, y todavía no pasaba nada. Así que lo único que pude ver, hasta ese momento, fue que ella se sentó en el primer asiento, en el de discapacitados, nomás se recorrió un poquito pal medio, como para dejar espacio —por lo menos es consciente de los más necesitados, pensé yo—, pero era que de allí miraba perfecto a los dos hombres, a uno lo tenía a unos cuantos asientos y el otro le quedaba casi enfrente; además de mala es muy lista, pensé. 

Mire, yo descansé un poco cuando vi que el que comenzó a sonreír era el bruto de la pareja que venía sin plebes. Aunque después pensé que era un maitro cualquiera, los plebes los pudieron haber dejado en su casa, a lo mejor y hasta traía a su doñita enferma… no sé, yo quise ver primero el acto y luego juzgar…

Usted no se imagina ¡ella es muy rápida!
La morenaza sacó un libro, parecía que lo estaba leyendo, pero de pronto levantaba la mirada y le hacía ojitos al viejo, luego, en dos ocasiones sacó la lengua y se ensalivó los labios ¡y qué labios, Dios mío!... ¡Yo no lo podía creer! Hasta yo estaba sudando. Y así seguimos casi hasta llegar al centro, el pobre idiota sólo sonreía y agachaba la cara, le sacaba plática a su morrita, y seguía mirando a la otra de reojo; pero, pues le llegó el momento, la chamacona sacó un papelito, le hizo como que escribió algo y se lo puso entre los dedos; luego, con la mirada parecía que estaba llamando un perro; ¿pero cómo se va a levantar? Me preguntaba en mi mente, angustiado. 
¡No te levantes, no seas baboso! Quería gritarle, pero no pude. 

Así que aquel, creyéndose muy listo, le dijo algo en el oído a su mujer y se levantó; ¡sí, se levantó! y se acercó hasta el frente, hasta acá conmigo, e hizo como que me preguntó algo, la verdad no me acuerdo ni qué; porque en ese momento  la mujer ésta tiró dos papelitos, así como si se le hubieran caído; y el otro se lanzó rápidamente para levantarlos… ¡allí está la trampa! así le hace volví a pensar. Pues sí. El señor nomás le entregó un papelito a la morenaza de fuego y el otro se lo guardó; se fue y se sentó al lado de su doña; apenas pasaron unos dos minutos, cuando la muñecona se transformó en la novia del chucky; guardó el libro, se puso de pie.  ¡A mí me sudaban hasta las trusas, me dio un torzón de los nervios!, fue y se le paró en frente a la señora; el hombre peló los ojos, y ella abrió la boca para decir algo, allí fue cuando decidí actuar. Ni modo. Di un frenón y pité como desesperado, y sí, todos se sacudieron; fueron daños accidentales, pero evitaron algo peor; la de la faldita negra, como era la única de pie, pues se cayó, vino a dar hasta acá hasta al frente del camión; se levantó encabronada, ni dejó que la ayudara; nomás le recogí uno de los libros, y pélate Tin tán.
Y como todos estaban preguntando, pues yo apurado les dije que se bajaran, que se me estaba quemando el motor; pero no es que esté loco, es que quise evitar una desgracia. Y sí, todos me creyeron y se bajaron corriendo, menos ese par estudiantes jipis que le  llamaron a usted, señor policía. Pero la de la faldita corrió; hasta luego pensé que quizá fue y persiguió a los señores; pero estos revoltosos no me dejaron ir, y aquí me tienen.

Créame, lo que hice lo hice por evitar la destrucción de un hogar. Yo nomás le digo, si usted no me acompaña y la detiene, va a seguir diciéndoles a todas las mujeres lo que sus hombres son capaces de hacer. Yo nomás le digo…



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Marisabel Mací­as Guerrero

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