Mientras escucho tu respirar entrecortado imagino lo que sigue, un “Me dio hambre” definitivo e impostergable que me hace saltar de la cama para preparar la ofrenda, para ungirla con aceite y aliñarla, para presentarla ante ti. Para reducirla en la pira del tálamo húmedo y aun tibio.
Invento recetas mágicas, apuro a buscar vegetales y especias, hago un movimiento de prestidigitación y aparece un cuenco de aceitunas, el pomo con aceite, el queso que te gusta.
Me esmero en la vinagreta, en el alma de tu ensalada. ¿Mandarinas en vez de limón? Tal vez ralladura de guayaba, fragante. O los rojos granos de una augusta granada madura. La sal y la pimienta. Un poco de vinagre, miel si fuera necesario… pero ante todo, aceite de oliva. De ese que guardo en la alacena, robándole sabor de la albahaca que creció en nuestro patio.
Aceitunas, muchas aceitunas. Verdes, negras y amarillas. Rebanadas o enteras. Con hueso o sin él. Aceitunas que devoras, llevándolas a tu boca con los dedos finos que me acarician el rostro, las cejas.
Imagino el sol preso entre los olivos. Las noches estrelladas que dejaron pequeñas gotas de luz entre el olivar. Escucho el agua subiendo por las venas del árbol y transformarse en aceite al más puro ideal alquimista. Transmutar el agua en oro, en oro líquido.
En ese oro que ahora refulge sobre tu piel. Con el que suavizo tus pies, con el que resbalan mis manos sobre tu norte y tu sur, sobre montes y valles.
Y entonces, satisfecha, te vuelves el manjar que sacia mi apetito, que me nutre y deleita esperando que esta no sea mi última cena.
