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Cama de hospital

Escrito por Patricia Valenzuela Lugo en Martes, 03 Abril 2018. Publicado en Cuento, Cultura, Historias de Vida., Literatura, Narración

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De recuerdos está hecha la vida; la de ella, la tuya, la mía. 
 
De recuerdos estamos construidos. Sin ellos no somos nada, estamos vacíos. 
 
Por una extraña razón, en mí flota uno, aferrándose a mi memoria para no perderse en la vaguedad de los pensamientos. Un recuerdo sobre mi madre. Iridiscente y cálido. Níveo y claro. Cómo el café negro sin endulzar que bebí hoy al despertar, cuando apenas el esbozo del sol se dibujó grandilocuente y hegemónico detrás de la delgada línea del horizonte. Acompañándolo de las sublimes letras de Virginia Woolf y las azuladas notas de Ella Fitzgerald. Sonando eso sí, muy bajito, para no molestar a quien yacido a mis pies aún dormía; con las cuatro patas hacia arriba, el hocico abierto y la lengua de lado, salida. 
 
Ese recuerdo ha permanecido meses madurándose cual fruto verde. Pulsátil. Alimentándose del cadencioso, estrepitoso, rítmico e incesante batir de mi corazón, que albergo como todos, dentro de una pequeña y dura caja de paredes óseas.
Esta mañana me remonté en el tiempo, a una tarde del mes de noviembre en una ciudad situada a más de mil kilómetros de distancia de dónde ahora me encuentro. 
La tarde a la que me refiero, mi madre yacía inmóvil sobre la cama, cubierta con sábanas de un blanco descomunal, en el cuarto 216, segundo piso del hospital. Allí, el olor a desinfectante era tan intenso y penetrante, que todavía ahora al recordarlo, me resulta casi imposible contener los estornudos en salva producto de mi irritante alergia. Sin duda una tarde fría, en que la ventisca azotaba y parecía mantener a raya a los habitantes de la zona, dentro de sus casas. 
 
A través del cristal de la ventana del hospital que da justo a la calle, aprovechando que mi madre dormía, dediqué una buena parte del tiempo a observar los escasos transeúntes caminar sobre las baldosas polvorientas, y cómo con paso apresurado se ponían a salvo de las rachas de viento que insistentes, movían furiosas letreros y señalamientos de tránsito, árboles y antenas, amenazando con tirarlo todo. Logrando con grandes esfuerzos mantenerse éstos en equilibrio, sin desplomarse. Por otro lado, en la avenida también, los parabrisas de automóviles en movimiento recibían de frente el inclemente hálito y rugir del dios Ehécatl. 
 
Desde esa perspectiva, rozando la nariz en el incólume vidrio de la ventana, vi los edificios y centros comerciales que rodean al hospital. Disfruté de cómo el día poco a poco se iba yendo, consumido por las sombras de la intimidante noche. El cielo acendrado, matizado de vivos colores; naranja, amarillo, rojo y azul celosamente mezclados, daban la impresión de estar pintados sobre un lienzo tan cercano que hubiese podido tocarlo, con tan solo estirar el brazo. El desenlace de un agónico día, rebasado únicamente por la luna creciente y sus brillantes ornamentos, las estrellas, tiritando graciosas sintiéndose felices de exhibirse para ser observadas y admiradas. 
 
Días atrás, mi madre había sido hospitalizada de urgencia por un cuadro de oclusión intestinal que le generó deshidratación y a su vez, descompensó  la diabetes que medianamente ella controlaba con medicamentos. Los médicos plantearon la posibilidad de cirugía para resolver el problema. Era un hecho casi impostergable. 
El pronóstico se mostró sombrío, nada alentador y todos temblamos.
Fue entonces cuando me trasladé recorriendo mares y desiertos, montañas y llanos para estar a su lado. En un deja vu recordé a mi padre. 
 
Los especialistas recomendaron otros estudios, más exámenes de laboratorio, modificaron tratamientos, todo en un esfuerzo por esquivar la sala de quirófano. No obstante, mi madre no dio rastros de mejora; por lo que fue programada para someterla al siguiente día a laparotomía exploradora. 
Esa noche una de las hermanas de mi madre y su hija mayor la visitaron, con la intención de orar por su pronta recuperación. Me contaron –porque yo no estuve allí- que mi tía y prima oraron con mucho fervor, imponiendo sus manos sobre la cabeza de mi madre que también oró, en un rito que duró varios minutos. Al terminar, optimistas aseguraron que no sería necesaria operación alguna. Ellas se despidieron y salieron del cuarto. 
 
Por la mañana del día que le siguió, mi madre de manera increíble mejoró. Ella tan religiosa como siempre, se lo atribuyó a las oraciones de su hermana y sobrina, sin embargo por otro lado, los médicos satisfechos se jactaron, y pretensiosos vieron validados sus conocimientos. El caso es, que entre ciencia y metafísica mi madre evolucionó a la recuperación y milagro o no, la operación quedó de lado. 
 
Todos respiramos contentos y relajados. 
 
Esa misma tarde a solas yo con ella, mientras mi madre dormía un sueño etéreo, la observé con detenimiento. Los rasgos orientales enmarcados por la palidez de sus mejillas; el pelo ralo y sumamente delgado. Las arrugas circundando ojos y labios como si estuviesen estrellados. La piel fláccida de sus brazos otra vez de niña. La estatura acortada por el paso inexorable del tiempo a veces bueno, otros malo. Así sin anteojos me pareció otra. Respiraba sin problema, con tranquilidad, sin ademanes. En la quietud de la habitación sonreí aliviada y agradecida. 
 
Al verla frente a mí tan vulnerable, hubiese querido entrar en su sueño y en el subconsciente preguntarle si seguía extrañando a mi padre. Que me dijera qué sentía al entrar a la recámara que compartieron por tanto tiempo y sin remedio, dejar a la penumbra de la noche abrazarla en silencio. Cómo le había hecho todos estos años para sonreír, sin de seguro tener el ánimo para hacerlo. Por último, porque parecía que despertaba, si no hubiese deseado mejor ir a su encuentro, en vez de estar dándole batalla a la vida en ese momento en ese cuarto de hospital. 
 
Sí, despertó y nos miramos. Platicamos de todo y nada. A ratos se perdía en cavilaciones. Yo, para confortarla y hacerle menos inextricable los días, esa tarde; encendí la computadora portátil que guardaba en mi bolso, elegí canciones que ambos, ella y mi padre escucharon en su época y las hice sonar en volumen bajo. No sé si logré mi propósito. Por lo que a mí respecta, lo único que me causó fue una profunda y dolorosa nostalgia, añoranza de mi padre. Ella continuó despierta pero ausente, no me atreví a preguntarle nada. Sólo la música se interpuso entre nosotras en esos momentos que se hicieron interminables. Alguna que otra vez la sorprendí mirándome de soslayo, como quien desea preguntar algo y no se atreve. De haberlo hecho, de haberme preguntado cualquier cosa, no habría yo encontrado las palabras, frases o enunciados para responderle, porque la voz se me ahogó en lágrimas que agolpadas en la garganta, impedían que cualquier sonido saliera por mis cuerdas vocales. 
 
 Andy Williams seguía cantando. 
 
Con disimulo ella cerró los ojos de nuevo, claramente fingió que volvía a dormir para no tener que disimular sus emociones ante mí. No tuve duda de eso. O por no querer o poder hacerle frente a las mías, por demás evidentes. Por fortuna y de manera abrupta, como la efervescencia de cualquier botella al ser destapada, varias voces se hicieron escuchar a la vez, en distintos tonos, algunas risas. Todas conocidas. Eran las visitan que llegaban. Hermanos, sobrinos. 
 
Mi madre solo entonces volvió a abrir los ojos y sonrió complacida de ver otros rostros, escuchar nuevas voces y sobre todo y en su estado, no sentirse comprometida ante la idea de tener qué, después de tantos años, consolarme por la ausencia de mi padre. 
 
Yo apagué la música y respiré profundo, porque sin duda y sin planearlo ellos nos habían salvado. 
 
De pronto sentí una húmeda caricia sobre mis pies descalzos, era mi mascota que por fin había despertado. Al saberse observado ladró y movió el rabo. Dejé mi taza de café y el libro sobre la mesa para acariciarlo. El siguió retorciéndose agradecido. Me levanté del sillón junto al ventanal de mi recámara y suspendí la música. 
 
El sol proyectó sobre mi cara sus rayos que prometían un día cálido, ideal para pasear por las calles adoquinadas del centro. Eso hice. Me calcé uno de mis vestidos favoritos, el corto y floreado, unas sandalias. Tomé mi bolso con un libro y agua embotellada. Brownie con su correa al cuello y yo, salimos dispuestos a dejar todo atrás, disfrutar del día y la libertad que la vida una vez más nos ofrecía. Ha fabricar recuerdos. 

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