
Crisol Internacional: “Vamos hasta la cima: Monte Jaya, Nueva Guinea”
El desafío de escalar y, literalmente, conquistar una montaña sigue siendo el sueño de algunos, especialmente de los amantes de la naturaleza. Bien nos podríamos preguntar: ¿por qué esta ilusión persiste e inspira? Consultando algunas fuentes de la psicología moderna y combinándolas con experiencias personales, encontramos que subir a una montaña representa una búsqueda fundamental, un autoconocimiento singular, la superación personal y, también, el sueño de libertad.
Se coincide en que, «más allá de "conquistar" la cima, el ascenso ofrece una experiencia de autorrealización y una desconexión total de la vida moderna». O bien, como lo expresó el alpinista italiano Reinhold Messner: «La soledad es una fuerza que te aniquila si no estás preparado para superarla, pero que te lleva más allá de tus posibilidades si sabes aprovecharla para tu propio beneficio».
Profundizando en el tema, también hallamos que, al enfrentar un entorno natural extremo, podemos identificar nuestras fortalezas y debilidades, poniendo a prueba nuestra tolerancia a la frustración e, incluso, la toma de decisiones ante situaciones de riesgo. No cabe la menor duda de que estar en contacto con la naturaleza siempre resulta reconfortante y, desde luego, nos permite una escapatoria del ruido y el bullicio de las ciudades, del caos social y del posible estrés cotidiano para vivir plenamente EL HOY Y EL AHORA… es decir, el presente.
Escalar la montaña puede ser ese momento de estar con el YO de forma intensa, entre vitalidad y fatiga, liberando emociones y despejando la mente. Es más, los especialistas de la psicología deportiva señalan que «una vez que una persona logra dominar una montaña, su cerebro se adapta y necesita buscar desafíos aún mayores para continuar su crecimiento personal». Estas condiciones pueden fomentar una mayor resiliencia emocional y el mindfulness, o atención plena, que nos ayuda a vivir mejor.
Ahora bien, en la lejana Oceanía aún hay muchas maravillas por descubrir, y una de ellas son, definitivamente, las selvas tupidas y misteriosas de Nueva Guinea, así como sus montañas poco exploradas y conocidas. Justo allí se encuentra la montaña más alta del continente: el monte Jaya, también conocido como la Pirámide de Carstensz o Puncak Jaya (que significa en la lengua aborigen “victoriosa o triunfante”). Cuenta con una altura de 4.884 metros sobre el nivel del mar y se encuentra en la provincia indonesia de Papúa. Se conoce también por ser una de las famosas Siete Cumbres (Seven Summits), un circuito que agrupa a los picos más elevados de cada continente (incluyendo la Antártida y distinguiendo entre Norte y Sudamérica): el Monte Everest (Asia), Aconcagua (Sudamérica), Denali —antiguo Monte McKinley— (Norteamérica), Kilimanjaro (África), Elbrús (Europa), Monte Kosciuszko (Australia/Oceanía)* y el Macizo Vinson (Antártida).
Su ascenso es considerado muy desafiante desde el punto de vista técnico y destaca por ser la cumbre montañosa insular más alta de todo el Planeta y el pico más alto de Oceanía. Está ubicado en las montañas Sudirman, o Dugunduguoo, al oeste de la zona montañosa de Papúa, la mitad oeste de la isla principal de Indonesia, que está en una zona frecuentemente sacudida por terremotos; cabe resaltar también que es el punto más alto entre el Himalaya y los Andes.
La montaña recibió su nombre en honor al explorador neerlandés Jan Carstensz, quien fue el primero en avistar los hoy ya desaparecidos glaciares en el año 1623; sin embargo, su hallazgo no se tomó en serio en aquel tiempo en Europa, ya que nadie creía en la existencia de nieve cerca del ecuador. Así, la historia se corroboró casi tres siglos después, en 1909, cuando otro montañista holandés de nombre Hendrikus Albertus Lorentz, junto con seis indígenas de la tribu dayak kenyah provenientes de la isla de Borneo, ayudaron a la expedición y el redescubrimiento de la montaña sin alcanzar su pico. Eso ocurrió medio siglo después, en 1962, cuando el famoso alpinista austríaco Heinrich Harrer (célebre por su libro Siete años en el Tíbet) y tres amigos (P. Temple, R. Kippax y B. Huizenga) alcanzaron su cima.
En la actualidad, el acceso a la montaña se regula por permisos gestionados a través de agencias turísticas que se hacen cargo de las excursiones. El ascenso de esta enigmática montaña, que se levanta sobre la isla como uno de los últimos faros, es un símbolo de resiliencia, magnificencia y un monumento recordatorio del calentamiento global, ya que sus glaciares tropicales han sufrido durante los últimos siglos (entre 1850 y 1972) significativos retrocesos debido al aumento de la temperatura. Prueba de ello ha sido la desaparición de los glaciares Carstensz, Firn, Puncak Trikora y, en fechas más recientes (en el año 2000), del glaciar Meren.
Ascender el monte Jaya es considerado como una de las escaladas más exigentes en comparación con la lista de las Siete Cumbres. La ruta estándar y más recomendada es por la cara norte y a lo largo de la arista de la cumbre, que es toda de superficie de roca dura. A pesar de la cercanía de una gran mina, la zona es altamente inaccesible para los escaladores y el público en general, requiriendo una travesía de 100 km desde la ciudad más cercana con aeropuerto, Timika, hasta el campamento base, trayecto que normalmente se tarda entre 4 y 5 días por vía, para hacer eco al lema: “Vamos hasta la cima del Jaya en Nueva Guinea”. Así, como nos recuerda el famoso escalador austriaco Heinrich Harrer: «Llega el día en el que uno se da cuenta de que el camino hacia la cima queda grabado tan gratamente en la memoria como la propia cima...».
P.S.:https://expedtribe.com/en/the-alpinist-mindset-survival-psychology-behind-climbing-mountains/
https://riseandsummit.co.uk/the-psychology-of-climbing/
Neill, Wilfred T. (1973). Twentieth-Century Indonesia. Columbia University Press.








