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El albañil sagrado

Escrito por Ramón Ojeda Mestre en Viernes, 07 Febrero 2020. Publicado en Columnistas, Columnistas BCS , Cultura, Ramón Ojeda Mestre, Sociedad

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Algún día, cuando no seamos tan soberbios, ni tan miopes o mezquinos, habremos de reconocer la grandeza y aporte de quienes ejercen el arte, oficio o profesión más antigua de la humanidad. Desde luego me refiero a los albañiles, mujeres y hombres, que hicieron posible el avance civilizatorio del homo sapiens pues le dieron el primer cobijo permanente donde lo requería, una vez que pudieron emigrar de las cuevas aleatorias, insalubres y riesgosas.

Las pinturas rupestres, de hace 40 mil años, de Altamira o las de hace 10,000 años en Baja California Sur, las más grandes del mundo, dan constancia de esas moradas temporales o efímeras y cómo, a partir de allí, pudieron surgir los primeros albañiles que hoy con su trabajo sufrido, y provenientes de todas partes del país, con su humildad a cuestas, han hecho éste y todos los países, edificatoriamente grandes.

Alabo más a los albañiles itinerantes presentes y pretéritos de Baja California Sur, porque cargar ladrillos o cemento y mezcla a temperaturas de 40 grados, bajo un sol incinerante o calcinante y por un salario miserable y explotador, tiene su chiste, sobre todo cuando estás lejos de tu familia y tus amores y has venido de las sierras de Zongolica o de la Mixteca o de las montañas de Guerrero o de Chiapas o de Puebla o de donde sea que la pobreza y el ánimo de luchar le llevaron lejos de los suyos con el corazón henchido de generosa esperanza.

Los albañiles son mis gigantes, aunque sean anónimos y por eso escribo este artículo, casi con una mano, pues la otra la tengo “torcida” por andar jugando beisbol a mis sin cuenta años. Si no fuéramos tan ruines, aquí en Los Cabos deberíamos de construirles un monumento a los albañiles, en lugar de tratarlos con tanta discriminación y desprecio o bajeza, a grado tal, que los llaman despectivamente “chúntaros” o de otras denigrantes y pedantes maneras.

Cosa rara, la palabra albañil, es árabe, igual que la palabra alarife. Los textos más antiguos de la historia, cuando menos los que conoce este rumbero y jarocho tecleador de veras, los de Uruk y el Código de Hammurabi, de hace cinco mil años, que ya le daban una significación importantísima a los también llamados alarifes y sentenciaban: “Si un albañil construye una casa y su trabajo no es correcto y la casa se derrumba matando al dueño, el albañil será castigado con pena de muerte” Y si no mató a nadie el derrumbe, el albañil tendrá que reconstruir toda la casa a su costa.

Si no me cree, y desde luego tiene la obligación y el derecho de hacerlo, vaya al museo de Louvre en París, donde está esa magnifica pieza de piedra negra en caracteres cuneiformes acadios, escrita en babilonio antiguo o en Sumerio, una lengua semítica hoy extinta, eso es en la región de lo que hoy es Irak, cerca del Éufrates y el Tigris.

El Código dedica seis leyes a la construcción de la casa, desde la 228 a la 233 (ambas inclusive). A través de ellas se regula, tanto el precio que debe pagarse por el trabajo de la construcción, como las responsabilidades civiles y penales por una edificación defectuosa y las consecuencias derivadas de esta anómala circunstancia.

En estos dos últimos ámbitos, el de la responsabilidad civil y penal es donde el Código ofrece una regulación más abundante. En una comparación con el derecho vigente existente en las zonas más próximas a nuestra cultura occidental, puede apreciarse una gran similitud en lo que se refiere a la regulación de la responsabilidad civil, mientras que la responsabilidad penal se presenta en el Código de Hammurabi con una crudeza difícilmente asimilable desde nuestra concepción moderna del derecho.

Cuentan que Inanna, diosa Sumeria del amor, la belleza, el sexo, el deseo, la fertilidad, la guerra, el combate y el poder político, le robó la escritura al dios Enki cuando estaba borracho y se la dio a la humanidad. Nótese que Enki era el Dios de la Sabiduría y saque usted sus conclusiones. Y si ve la foto de la Diosa Inanna se dará cuenta clara de qué pasó. Yo no soy nadie para andar chismeando con usted adorable y bella alumna o maestra mayor de edad, ni menos con usted, chateador irredento.

El Corán, la Biblia, Los vedas, y muchos textos religiosos, reconocen, justamente, el valor de los albañiles.

Según Souto y Ocaña  y Míkel de Epalza en su obra “El Corán y sus traducciones propuestas” la nomenclatura de los trabajadores de la construcción no está clara en las fuentes, que aportan diversos términos; banna' (de donde «albañil»), sani', pl. sunna' («artesano»), rakhkham («marmolista»), naqqasli («escultor», «tallista»), 'arif, pl. 'urafa' (de donde «alarife»)...eran empleados para designar a oficiales y peones, en algunos casos evidentemente especializados, aunque en otros este punto no es comprobable. Por encima se encontraría el muíiandis («técnico», «geómetra», «ingeniero»), que en ocasiones aparece combinado con ellos; al-mutiandis al-banna', muhandis al-banna'in, muhandis al-'urafa'...

La imprecisión, al menos desde nuestro punto de vista, queda manifiesta desde el momento en que a veces se llega a calificar de varias maneras a un mismo individuo. Las nomenclaturas sólo pueden servirnos, en última instancia, a manera de guía general. Según Ocaña, los llamados 'urafa' al-banna'in wa s-sunna' son «aquellos albañiles y artesanos que, por los relevantes méritos contraídos en el ejercicio de sus respectivas profesiones, eran distinguidos por sus propios colegas con el preciado galardón de 'ar;y (conocedor, maestro, perito)». Los 'urafa' al-muhandisin, «alarifes de los técnicos», solían estar vinculados a la realización de proyectos de obras de gran envergadura.

Este Míkel de Epalza ha de ser pariente del maravilloso jurista de Lekeitio Tomás de Epalza, quizá el pensador euskera que más quiere a México, junto con Ángel Mari Loperena o Xavier Ezeizabarrena. Pero el libro de Mikel, editado por la Universidad de Alicante, donde fuera Rector nuestro entrañable amigo y maestro Ramón Marín Mateo, se cuece aparte.

Nada más le digo, en este apasionado y justo articulito en honor de los grandes y anónimos albañiles de México y de Baja California Sur en especial, de todos los tiempos, de siempre, que en la Biblia hay al menos 25 versículos dedicados a los albañiles. Hay muchos libros “secretos” o iniciáticos que mencionan la importancia de los albañiles. Pueden ser lo mismo los chandálas desterrados de la antigua India, los "albañiles" mencionados por Veda-Vyása y Manu, que los fenicios de Herodoto, en el Manava Dharma Shastra o Leyes de Manu.

No se nos olvide cómo cada 3 de mayo en el calendario religioso tienden a celebrar el día de la Santa Cruz, una festividad para todos los mexicanos, al igual que de los albañiles. La historia aceptada por la religión católica, un 3 de mayo, pero del año 292, Santa Elena quien era la esposa de Constancio Cloro, estaba obsesionada por encontrar la Cruz donde había sido crucificado Cristo. En un templo dedicado a los dioses romanos, construido en Monte Calvario, Santa Elena pidió la autorización a su esposo para demolerlo; el 3 de mayo, los trabajadores de la construcción encontraron las tres cruces por lo que se dedujo que pertenecían a Cristo y las otras a los vituperables famosos ladrones crucificados a su lado, Dimas y Gestas. No se olvide que Dimas era el jefe de Gestas en los robos. Bueno, yo tengo otros datos.

Bueno y que me dice de la Masonería, que no sabemos ni desde cuándo existe, pero lo que sí conocemos es que “maçon” o masón significa albañil en francés y de allí se origina ese importantísimo movimiento cultural e iniciático mundial. “La maçonnerie est l'art de bâtir une construction par l'assemblage de matériaux élémentaires, liés ou non par un mortier.”  Si usted le entiende algo a eso, sabrá por qué usan el compás y la escuadra como símbolos.

Según nuestra amiga Wiki,la francmasonería o masonería es una institución de carácter iniciático, filantrópico, simbólico, filosófico, discreto, armónico, selectivo, jerárquico, internacional, humanista y con una estructura federal, fundada en un sentimiento de fraternidad. Afirma tener como objetivo la búsqueda de la verdad, el estudio filosófico de la conducta humana, de las ciencias y de las artes y el fomento del desarrollo social y moral del ser humano, orientándolo hacia su evolución personal, además del progreso social, y ejemplifica sus enseñanzas con símbolos y alegorías tradicionales tomadas de la albañilería y la cantería, más específicamente, del «Arte Real de la Construcción», es decir de los constructores de las catedrales medievales.

Libro inolvidable para entender la grandeza de los albañiles, es El misterio de las Catedrles de Fulcanelli o El retorno de los brujos de Louis Pawells y Paul Bergier. https://es.pdfdrive.com/el-retorno-de-los-brujos-louis-pauwels-y-jacques-bergier-e47260502.html

En México existen hoy 1´300,000 albañiles, pero imagínese cuántos habremos sumado a lo largo de nuestra historia.

No le hablo de las películas que caricaturizan a los albañiles pues me da coraje, aunque las obras como la de Vicente Leñero los reivindican de alguna manera.

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No necesito explicarle a usted culto y sensible lector, que los habitantes precolombinos de lo que hoy es México tenían los más extraordinarios albañiles de la historia de la humanidad, reconózcalo, no sea acomplejado ni malinchista.

Si no, dígame otro país que hay hecho tantas pirámides maravillosas como nosotros antes de la llegada de los europeos. Recuerde a Olmecas, Toltecas, Mayas, Aztecas, o los que quiera. Malinalco, Teotihuacán, Uxmal, Peten, Palenque, Xochicalco, Tajín, Calakmul, Yagul, Monte Albán, Mitla, y cien más, tantas, que no me acuerdo y las que faltan por descubrir o develar. Y las hicieron los sufridos e inteligentes albañiles y maestros prehispánicos. Aunque, si me dobla mi extremidad o me hace manita de nepotista municipal, o sea manita de cochi, reconoceré que como veníamos del Asia, algo traíamos de las milenarias culturas constructivas de China y de la India, pero eso que quede, aquí entre nos, como lo otro, que usted sabe.

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Acerca del Autor

Ramón Ojeda Mestre

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