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El cristal de Melissa II

Escrito por Ramón Ojeda Mestre en Lunes, 16 Septiembre 2019. Publicado en Columnistas, Columnistas BCS , Cultura, Literatura, Ramón Ojeda Mestre, Recomendaciones, Sociedad

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De momento se sintió como noqueada con la noticia. No supo qué contestar y entendió por qué aquel famoso poeta tabasqueño, que tanto le gustaba, había escrito que el hombre siente que su “hermoso lenguaje se le agosta en el momento mismo del quebranto”[1]. Quedó enmudecida y confusa.

Todo parecía ir de perlas en la Fundación y en el preciso momento en que el pequeño Aris entraba a la escuela Primaria, le salían con que las oficinas de la Fundación en Atenas iban a cerrar por falta de apoyo de los patrocinadores de Alemania y de Holanda y que a Melissa le ofrecían sólo dos opciones: recibir una modesta liquidación de seis meses de sueldo o irse como asistente del contador Franz Haub quien ya tenía una oferta de trabajo en Gotemburg, Suecia.

Si se conformaba con el dinero, le alcanzaría apenas para unos cuantos meses y debía ponerse a buscar trabajo de inmediato allí en Atenas o ir a lo más seguro e irse con el Contador Haub hasta la península nórdica, donde le habían contado que el frío era tremendo. Desde luego pensó en regresarse a México, pero cómo iba a poder educar al pequeño Aris si ya no tenía realmente a nadie en Los Cabos, ni en ningún lado realmente.  Estos últimos años, las personas y los sentimientos se habían ido desvaneciendo y todo su mundo idílico, aunque estrecho, era su trabajo y el travieso Aris con sus ojotes negros y sus pestañas que parecían de anuncio de revista.

Esto fue un miércoles, exactamente como había caído en miércoles el día en que mataron a su amado y el mismo día de la semana en que su abuela había muerto en el pueblo lejano. Todo se agolpaba en su cerebro, fechas, casos, ideas veloces e imposibles de retener, como si fuera una película que pasaran a tal velocidad que no se lograra entender nada.

Le ocurrió algo curioso, no pudo recordar siquiera la cara del padre de Aris, ni el rostro de sus amigos de México o la bonachona cara de su abuela. ¿Por qué de momento todo se difuminaba, se iba como agua entre las manos? Quedó como dormida con los ojos abiertos y se sintió incapaz de tomar una decisión. Esa terrible patología de quienes viven una crisis existencial aguda. Cada uno tiene un umbral o nivel de tolerancia al dolor o a la angustia y el de Melissa parecía que se hubiese vuelto ínfimo. No se dio cuenta siquiera cómo llegó a la escuela para recoger a su hijo y llevarlo como robot a la casa.

Se dejó caer sobre la cama y dejó que el indefenso Aris fuera devorado durante horas por la televisión sin control materno. Ella se abandonó al sueño, Un escape morfeico, u onírico tal vez. A las cinco de la mañana despertó como todos los días y se sintió rara. Vio al niño literalmente tirado frente a la tele encendida, profundamente dormido. Entonces recordó vagamente lo que había ocurrido y se preparó el café más fuere que pudo e inició el ritual para arreglar las cosas y ropa del niño para ir a la escuela y ella al trabajo. ¿Al trabajo? Y un miedo o estremecimiento recorrió otra vez su sensibilidad entera. Si ya no habría trabajo. Solo tendría que ir a recoger su dinero o presentarse contrita a decirle al pelirrojo Señor Haub que se iría con él a donde dijera.

¿Qué caso tenía llevar a Aris a la alharaquienta y alegre escuela del barrio, si tendrían que irse muy pronto para otro país? Dios mío, pensó. ¿Por qué soy tan indecisa, tan incapaz de tomar decisiones, si antes no era así, qué había pasado con ella, con la Melissa optimista, audaz y “echada pa´ delante”? Tal vez debería ir a la iglesia, pero se dio cuenta que llevaba años sin ir a iglesia alguna.

En realidad, fue el café turco bien cargado el que empezó a hacer sus efectos. Como que empezó a despabilarse o espabilarse y a acelerarse. Le dio un beso al buen Aris que seguía tirado en el suelo junto a la tele, ya apagada y le dijo suavemente al oído: buenos días mi jirafito. Así le decía desde que empezó el Aris a estirarse como a los cuatro años, aunque también lo nombraba así porque decía Melissa que las jirafas tienen pestañas muy grandes y se las había enseñado al niño en el gran zoológico de Atenas.

Le empezó a preparar una pita o tortilla de harina ligeramente fermentada, con jocoque y Kalamata o pasta de aceituna negra que tanto gustaba a ambos, con un buen aceite de oliva traído de Creta, de los olivares de la familia Mazokopaki[2] y un jugo de naranja que le hacía apretando naranja por naranja de la zona de Pirgos[3] y que eran suaves y dulces.  El olor delicioso despertó al tragoncillo de Aris, que en realidad ni cuenta se había dado de los trances que había pasado su mami el día anterior y el mismo quedó noqueado de tanta tele en un solo día. Abrió los ojos, feliz de que iba ir otra vez a la escuela donde se la pasaba bien cuando menos esos primeros días.

Lo bañó a la carrera y ella hizo lo propio mientras él desayunaba, despreocupado y alegre. Le puso tres higos en una bolsita de tela con sus iniciales AB, una galleta grande y una cajita encerada con agua de coco para su almuerzo y a camino. En siete minutos estaba dándole el beso de despedida a la puerta de la escuela y ella se dirigió a afrontar su destino sin tener la más leve idea de cuál camino iba a tomar.

Llegó demasiado temprano a la oficina de la Fundación y la encontró cerrada. Decidió ir a buscar un jugo con el jorobadito que los hacía de frutas múltiples de la temporada y tenía mucha clientela. Se le antojó uno de dátil con melocotón y agua con mucho hielo pues el calor empezaba apretar. Se sentó en la primera banca que encontró bajo una sombra para disfrutarlo. Le supo tan delicioso que se hubiera tomado otro de no haber sido por que recordó que tenía que ir a tomar el toro por los cuernos.

Llegó a la oficina que seguía cerrada y esperó bajo la sombra del frondoso almendro de enfrente a que llegara Haub quien no se hizo esperar mucho. El metódico Franz primero pendió los enormes ventiladores de aspas de cedro y luego prendió su Radio con música clásica, encendió la cafetera y cuidadosamente puso tres cuchardas rebosadas para que de ninguna manera quedara ligero ese su primer café del día. ¡Guten Morgen! Melissa le dijo por segunda vez. ¿Qué decidiste? Y vio una sonrisa pícara en la cara de Melissa.

Listo, Señor Herr Franz, las dos cosas. Me da mis seis meses y me voy con usted a Suiza cuando usted diga. ¿A Suiza? Exclamó el rubicundo Haub. Yo te dije a Suecia frau Melissa, le corrigió sonriendo también él.

Bueno, a Suiza, a Suecia o a donde sea, pero quiero que mi hijo tenga una buena escuela y yo un trabajo interesante pues quiero que me enseñe contabilidad y lo que sea necesario para que me paguen mucho dinero. 

-Bueno, bueno, hmm, tanto como eso no sé, pero sí ganarás más que aquí en Atenas y te alcanzará para comprarte un abrigo de borrego para el frío y otro para tu pequeño. Con tu dinero tendrás que pagar el boleto del camión, tren y barco para llegar hasta Gotemburg. [4]

Por segunda vez en poco tiempo la duda hundiría sus filosos puñales en el alma de Melissa. ¿Qué es la vida sino un camino diario de dudas y decisiones que terminan en la muerte?

Continuará.

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Acerca del Autor

Ramón Ojeda Mestre

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