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La carrera de la vida

Escrito por Patricia Valenzuela Lugo en Martes, 11 Septiembre 2018. Publicado en Columnistas, Columnistas BCS , Deportes, Literatura, Narración

"Y me esforcé en aislarme y en reducir todo lo posible el mundo que percibía en esos momentos."  (De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami).
 
Hoy escribo y les comparto mi experiencia como corredora, cuáles son mis pensamientos, qué veo y siento cuando recorro esos kilómetros que pueden considerarse muchos o pocos, dependiendo de quien me lea.
 
Me inicié hace ocho años más o menos, cuando conviví con alguien que corría. Veía a esa persona correr mientras yo sólo caminaba rápido varios metros atrás de ella. Sin embargo, me entraban unas ganas terribles de echar a correr, que un día así nomás, me atreví a hacerlo y empecé a trotar. Ese día descubrí una de mis grandes pasiones y de las más maravillosas sensaciones.
 
En muchas ocasiones cuando veo a otras personas correr, me cuestiono cuáles podrán ser sus pensamientos, en ninguna de ellas me he atrevido a preguntar, porque me parece una cuestión muy íntima. Necesitaría tener mucha confianza con la otra persona para hacerlo. Nadie tampoco me lo ha preguntado. 
 
Corro de tres a cuatro veces por semana. Al principio lo hice en la pista, luego en el campo de beisbol de la unidad deportiva y ahora lo hago en el andador y en ocasiones por el centro del pueblo. Llego a hacer hasta siete kilómetros que me saben a cuarenta y dos. Hasta ahora es mi mayor logro, aunque desearía poder llegar a los diez.
 
Hubo un tiempo que tuve que parar porque me lesioné la rodilla izquierda por excederme en el entrenamiento y no descansar ni un solo día. Todos los días durante dos semanas estuve corriendo de seis a siete kilómetros. Entonces no me explicaba esos piquetes y punzadas en las piernas, una especie de descargas eléctricas. Además del dolor que se agudizaba por las noches y que cedía un poco con analgésicos. Bueno, hasta que me vi forzada a ir a consulta médica, me dijo el doctor que sufría de tendinitis  -de la rodilla- y que el resto de las molestias eran por el exceso de ejercicio. Así que tuve que resignarme a parar casi seis semanas, recibir fisioterapia y continuar con antiinflamatorios y analgésicos, para poder restablecerme (todavía hay momentos en que me duele si el esfuerzo o la distancia es más intenso o larga de lo habitual).
 
Pero bueno, ¿qué es lo que pienso cuando corro? Esa es la pregunta que quiero responderles a ustedes que me leen, aunque no me lo hayan preguntado. 
 
Cuando corro me formulo preguntas sobre situaciones o cosas que veo al avanzar. Por ejemplo: ¿por qué las personas no depositan la basura en los contenedores? A lo largo del andador hay varios, aún así, prefieren tirar su basura en la banqueta o jardineras (latas y botellas de cerveza, vasos y platos de unicel, bolsas de plástico) que cuando hace viento van a dar al mar. 
Sería tan fácil mantener nuestros espacios limpios...
 
Encuentro además muchos perros sin dueño, famélicos a leguas y sedientos no sólo por falta de agua sino también por un poco de afecto. Hembras que es obvio  tienen poco de haber parido; quien sabe donde estén sus cachorros que con seguridad en un par de meses multiplicarán el número de perros sin hogar. 
Si tuviésemos todos la cultura de la adopción y esterilización canina...

Descubro cada mañana a algún hombre o mujer tirados o deambulando en las playas negras en estados deplorables, no sé si de ebriedad o drogadicción perpetuos, en apariencia perturbados de sus facultades mentales. Alguno de ellos sin evidenciar pudor, defeca al aire libre. Todas estas personas comparten una característica en común: están olvidadas y marginadas por la sociedad. Ignoradas. Les pasamos de lado y de largo aguantando la respiración para que su hediondez no perturbe nuestro sentido del olfato. 
Si fuésemos más empáticos...
 
Coincido casi todos los días con una joven señora acompañada de cuatro niños que deduzco son sus hijos y cuyas edades oscilan entre los diez y tres años. Siempre van de prisa, casi corriendo, supongo para que no se les haga tarde para llegar a la escuela. La veo y trato de imaginar su vida, su rutina, sus carencias y deseos. La dejo atrás.

Me encuentro a una pareja que camina tomada de la mano. Hablan entre ellos y se sonríen, contándose no sé que cosas. Tal vez planeen una vida juntos mientras observan el horizonte y al sol asomarse. 
Se ven felices y llenos de esperanza.

Llego al Chute, un pedazo de historia que sigue resistiendo el paso del tiempo ante la mirada indiferente de un pueblo entero. Qué decir de la estructura de la antigua fundición, refugio de indigentes. Cuanta historia desperdiciada, dejada al olvido. 

Conforme avanzo por la avenida Obregón, me llega un delicioso aroma a pan recién hecho; estoy pasando frente a la tradicional panadería El Boleo. Cómo me gustaría detenerme a comprar una concha o una pitaya, pero tengo que continuar y además no llevo dinero.
 
Sigo, sigo hasta dar vuelta a la izquierda por calle once. Allí se ubica la cafetería Café Boleriano. Verla me hace recordar a una mujer que espera su primera hija. Una mujer  que además de inteligente, sensible y trabajadora, me demostró una enorme sororidad en tiempos complicados para mí, cuando apenas y nos conocíamos. Eso lo valoro, agradezco y agradeceré siempre. Se llama Sandra Márquez.
 
Ya de bajada, transitando por la Constitución y con toda la viada, mi carrera se hace más ágil y mi respiración menos dificultosa. Paso frente al pequeño negocio Romo, donde todas las mañanas se ve concurrido por  personas que llegan por café y empanadas de dulce o de carne, burritos de machaca u otras cosas que ahí se venden. Hace meses que descubrí su ubicación y me gustó mucho porque tiene algo de nostálgico, de pueblerino, algo muy de cachanía. 

Y bien, poco a poco me acerco a calle tres, donde decenas de espíritus literarios me cierran el paso. Allí el corazón de Santa Rosalía, late. Es allí el nuevo centro de encuentro de lectores de la comunidad. Es allí donde se ubica desde hace algunos meses la librería La vendedora de libros. Volteo a ver su fachada y sonrío al saber convencida que los sueños sí se pueden llegar a hacer realidad. Esa es la más fehaciente prueba. Me siento muy contenta de haberlo logrado. 
Porque leer nos da sueños...
 
Unos pocos pasos más adelante está la plaza y palacio municipal. De allí también emanan espíritus pero de otra estirpe, de los que se han burlado del pueblo, Espíritus de las personas que se dedicaron a saquearlo, a llenar sus arcas personales con el dinero que nos pertenecía. Entristezco por eso y porque formo parte de un pueblo aletargado que poco o nada ha hecho para revelarse ante tanta corrupción. 
 
Y casi para finalizar mi carrera, observo el bello -por fuera por su estructura y dentro por su contenido- edificio histórico que ocupa la Biblioteca Regional Mahatma Gandhi. Allí los espíritus literarios no duermen, pululan incesantes en espera de lectores que los lleven a sus casas o los lean ahí mismo. Espíritus que no pierden la esperanza de ser acariciados, olfateados, valorados, pero sobre todas las cosas, leídos.
 
Todos estos pensamientos transcurren por mi cabeza mientras mis piernas me llevan a veces con mucho esfuerzo, otras no tanto a finalizar mi recorrido. Pero por poco olvido escribirles que también pienso en el amor. En lo sencillo que es y lo complicado que se vuelve, o lo volvemos, o lo vuelvo, o las tres cosas. En lo feliz que me siento -por sentirlo- la mayoría de las veces. Aunque mentiría si no acepto que en algunas ocasiones también él ha sido culpable de que me sienta triste y decepcionada. 
 
Pienso con mucha frecuencia en todo lo que la vida me da. Lo pienso sobre todo al ver mi  mar tan majestuoso, al ver salir el sol y sentir su calidez. Al caminar solitaria por las playas negras, al estar sentada sobre una roca y escuchar la melodía que provoca el agitar de las  al revolver las piedras. Me siento tan afortunada y por ello agradezco. 
 
Por fin me detengo ya de regreso en el andador, donde camino unos pocos metros más. Estiro, me hidrato y una vez recuperada regreso a casa para disponerme a empezar otra carrera.
La incesante carrera de la vida...
 
 "Sin embargo, poco después de dejar de correr, todo lo que he sufrido y todo lo miserable que me he sentido se me olvidan, como si jamás hubieran sucedido, y ya vuelvo a estar decidido a hacerlo mejor la próxima vez." (Haruki Murakami)
 
 
Lectura sugerida: De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami.

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