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Mitos, cuentos y leyendas sudcalifornias: LA MUJER DE LA PLAYA

Escrito por Francisco Amador García-Cólotl en Miércoles, 21 Noviembre 2018. Publicado en Literatura, Mitos, Cuentos y Leyendas sudcalifornias. , Narración

A sus escasos seis años, Francisca, llamada cariñosamente Pachita, corría en las tardes por aquella playa inmensa que se abría en una herradura gigante hasta donde los cerros se volvían azulados por la distancia y el mar se teñía de tonos verdes y azules desde la orilla hacia las profundidades, con manchas negruzcas esparcidas en partes someras donde las algas marinas creaban una alfombra densa, hogar de los caballitos de mar, hermosos potritos afianzados a las ondulantes extensiones de aquellas plantas acuáticas conocida como lama, criaturas fantásticas que las corrientes marinas movían en una danza suave y de profunda concentración como los vientos que mueven las ramas de los árboles en la brisa de invierno. La luz solar en la península, luz radiante que los pintores celebran por la intensidad con que resalta los colores y las formas, había que ser aprovechada para jugar y aventurarse en las cercanías por los pocos niños de aquella época sin energía eléctrica, aquella época de reuniones alrededor de las brasas de intensos anaranjados de una estufa rústica apenas caída la noche, tiempos en que los grandes fascinaban a los pequeños con relatos de piratas y barcos encallados, de grandes hazañas en la pesca, de encuentros furtivos con manadas de coyotes, de voces provenientes del mar y, por supuesto, de sirenas hermosas que dejaban profundas huellas emocionales en quienes las veían. Pachita conocía historias heredadas oralmente de generación en generación mediante la plática amena de las reuniones nocturnas alrededor de la mesa y armonizada con fugaces explosiones de la leña y las brasas de la estufa en un ambiente con olor a café y a humo, a frijoles y a tortillas, a pescado y a sal, a ciruelas y pitahayas y, lo que conectaba su sentido del olfato con sus recuerdos, el dulce olor de los dátiles cristalizados.

Vivía la familia de Pachita a la orilla del mar. La casa, construida en un terraplén natural con altas palmeras de dátiles, se refrescaba por la bondad de la sombra de éstas. Pachita jugaba con alguna muñeca traída de la ciudad, puerto donde las mercancías de muchas partes del mundo confluían en la región traídas en los barcos que atracaban en el puerto libre, pero ella prefería salir a caminar o correr por la playa. Un punto negro sobre la playa, manchada de restos de algas arrojadas por las corrientes, donde sobrevolaba un nutrido grupo de gaviotas, alertaba a los niños, como otras veces, de la muerte de algún animal y que el mar había arrojado a la playa. El cadáver de un enorme lobo marino, depositado en la arena mojada de la playa, hacía que los niños corrieran nomás se enteraban de hallazgos tales como ese para curiosear y divertirse. Si el animal tenía pocas horas muerto, los niños más audaces se paraban sobre aquella mole oscura y resbalosa. Brincaban contentos sobre el cuerpo del mamífero, rebotando y cayendo a veces sobre él o la playa por lo resbaladizo de éste. Los adultos, cincel en mano, removían los colmillos para confeccionar un recuerdo en forma de colguijo de collar o llavero. Así transcurrían las tardes para Pachita, entre los juegos y las correrías en la playa.

Frente a la casa de la familia, a la orilla del mar, había un espacio de piedras grandes que continuaba desde aguas bajas. El pequeño arrecife de piedras, lugar donde se pescaban los pericos o loras, salía como una columna de piedras en la bajamar. En aquellas piedras de la orilla, Pachita jugaba y platicaba muy animosa. Su mamá la observaba de vez en cuando y fruncía el ceño cuando la veía hablar y reír como si platicase con alguien aparte de su muñeca. Hablaba y se dirigía a alguien, guardaba silencio escuchando a su interlocutor imaginario y luego contestaba. Había veces que pasaba toda la tarde platicando y jugando en las piedras. Luego contaba a su madre de barcos que navegaron por aquellas aguas, de cómo preparar comida para su muñeca y, para sorpresa de su madre, cantaba canciones de cuna desconocidas para ella mientras arrullaba a su inseparable compañera. Su madre, curiosa, indagó sobre aquellas canciones y relatos de los que hablaba. Pachita confió a su madre que en las tardes, cuando salía a las piedras frente al mar, platicaba con una mujer rubia, muy hermosa. Ella se sentaba en una roca redonda y veía insistentemente al mar. Platicaba con Pachita y la aconsejaba sobre los cuidados de su muñeca. Su cabello rubio y largo se mecía aun sin viento y brillaba hermoso bajo la luz reinante mientras duraba la tarde. La mujer era muy buena, sonreía y a veces se ponía triste y platicaba con Pachita de muchas cosas de las que ya no pudo describir.

Pachita, como la mayoría de los niños y niñas, dejó de ver y platicar con amigos invisibles nomás asomó la adolescencia. Pasó mucho tiempo y sucedieron muchas cosas en la familia; crecieron los niños, algunos se mudaron a otro paraje, los más se casaron, emigraron otros, fallecieron los viejos, creció el pueblo. La mujer hermosa de cabello rubio apareció apenas en los relatos contados a los nietos y bisnietos de aquella mujer que de niña no comprendía la importancia del hecho que su familia estaba fundando una comunidad, viva hasta nuestros días. Con el paso de los años, los pescadores se organizaron para formar una cooperativa y acordaron construir una empacadora de pescado en el terraplén de los dátiles, donde vivió la familia de Pachita en la fundación de la comunidad. Una horda de albañiles al mando de la maquinaria pesada trabajó muchos días en el terreno. Cierto día, las labores se pararon y muchos curiosos acudieron a la construcción. Los trabajadores, en las zanjas hechas para los cimientos, encontraron una osamenta. Dicen los que vieron aquellos restos, cuando los habían ya exhumado, que se trataba de una mujer envuelta en jirones de sábanas. Su cabello estaba casi intacto, pegado a la tela y lleno de tierra. La occisa era dueña de una larga cabellera rubia.

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Comentarios (4)

  • Victoria

    Victoria

    02 Septiembre 2014 a las 19:07 |
    Hola.
    Me gustaría felicitar a este colaborador, ya que sus historias o cuentos me deleitan. Creo que las descripciones pueden llevarme a imaginar todos los lugares que él nos comparte.
    Saludos
  • Sra. María Elena Rodríguez

    Sra. María Elena Rodríguez

    02 Septiembre 2014 a las 19:23 |
    Felicidades por sus narraciones.
  • Rosario

    Rosario

    02 Septiembre 2014 a las 19:25 |
    Me gustan mucho sus historias. Sin duda logra que el lector se imagine cada detalle.
    Saludos
  • Francisco

    Francisco

    21 Noviembre 2014 a las 18:54 |
    Gracias por sus amables comentarios, el autor.

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