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La pitonisa

Escrito por Patricia Valenzuela Lugo en Martes, 13 Marzo 2018. Publicado en Literatura, Narración

Dicen que mujeres como ella todo lo saben, todo lo adivinan. Qué con sólo ver entrar a las personas a ese cuarto oscuro donde los aguarda, puede darse cuenta de lo que les aqueja; del mal de amores que traen a rastras, de la deuda económica que los asfixia, del padre desconocido a quien se extraña; en fin, dicen los rumores de la gente del barrio donde ella vive, que nada se le escapa.

Además, por si fuera poco, dicen  se mete en el pensamiento  de los que por ahí desfilan y lo espulga sin compasión, hasta dejarlo expuesto a través de su bola mágica. Qué con solo pasar su mano por encima del cuerpo que acude a que le de auxilio, puede sentir la vibra, buena o mala de cada persona, qué como aroma dulce o amargo, despide. Qué puede observar el aura del individuo a la primera mirada. En fin, qué nada, absolutamente nada se le puede ocultar por más disimuladas que se hagan las incautas –por lo general- quienes son las que con más frecuencia acuden a visitarla.

Recurren a ella, a la pitonisa- todo tipo de personas, sin importar la clase social ni el nivel intelectual. Solteros, casados, viudos y divorciados y amantes. Jóvenes y no tan jóvenes; hombres y mujeres (intermedios y remisos la visitan por igual). Lo hacen porque van en  búsqueda de soluciones cuando se sienten atrapados, cuando los problemas los apabullan y se sienten temerosos, cuando les urge encontrar salida a un conflicto que no son capaces de resolver por sí solos. Sobre todo, cuando a toda costa desean recuperar el amor perdido. Cuando las oraciones no fueron suficientes, ni los santos de cabeza, ni los diezmos en la iglesia. Cuando todo recurso terrenal y espiritual ha fallado. 

Van en busca de la pitonisa aquellos que están indecisos de qué camino tomar, con quién quedarse, o de quién irse. Los que desean se les adivine el porvenir a través de una bola de cristal o una carta de naipes. Hay quienes desean saber el color de ojos, la estatura y el nombre de su futuro esposo, o con quien han sido traicionados, en este caso, hasta el nombre, dirección, teléfono y CURP piden. El miedo es el camino que los lleva a ese lugar, donde  ella, la pitonisa, los espera dentro de un ambiente espiritual, místico y enigmático que de entrada atemoriza aún más al inseguro consultante.

Hasta verla, tenerla en frente, -envuelta en una bruma  grisácea provocada por el incienso que hace cosquillas en la nariz y estornudar al ahí presente- a ella, a la que lo sabe todo, a la que no se equivoca, a la que los salvará del precipicio, no sin antes dejarle sobre la mesa bien enrolladitos, dos o tres billetes de respetable denominación.

Antes de dar por terminada la sesión, la pitonisa aconseja no contar a nadie lo ahí vivido, lo platicado, ni lo experimentado. Quedándose muy satisfecha de haber podido contribuir a discernir, a ver claro pues, a los muchos inocentes que buscan su consejo.

El creyente, al abandonar el lugar donde se llevó a cabo la sesión, se pierde en un mar de gente, envuelto en sus pensamientos, quizá feliz por tener la solución en sus manos sintiendo que le han devuelto el alma al cuerpo o desanimado por la certidumbre de no poder alcanzar sus deseos más anhelados.

La verdad, debo confesar sin pena, una vez hace ya varios años recurrí a ella. Busqué en los periódicos y encontré –para sorpresa mía- que eran varias las que se anunciaban. Yo siempre supuse que solo existían en el “interior del país”, allá lejos, donde la alfabetización es mucho más precaria que por estos desérticos lugares bañados por la brisa del mar Bermejo. Acá, donde el segundo idioma es el inglés y el lugar preferido para vacacionar es Disneylandia.

La busqué para tratar de entender por qué él, tan inteligente, tan erudito, tan ecuánime y amándome como me dijo e hizo sentir tantas veces, tuvo que recurrir a una pitonisa para definir lo nuestro. 

La busqué para probar que detrás de la irracional creencia –de él- se escondía una racional cobardía –también de él-.

Así, con esa determinación, aproveché un viaje fuera del lugar donde vivía, para ir al encuentro de esa mujer, que me daría una idea de por qué él, se dejó guiar por los consejos de alguien como ella. Por qué él, prefirió escuchar a esa otra mujer y no a mí, por qué él, prefiero creer en las cartas que le echaron, que en los latidos de mi corazón al tenerme entre sus brazos, al hervor de mi sangre al besarlo y no a las lágrimas que corrían por mi rostro el día que le abrí la puerta para dejarlo partir.

Entré a esa casa, a ese cuarto, a medio día, cuando el sol esparcía su calor sin distingo. Ni un soplo de viento hacía. El claxon de los automóviles que circulaban por la avenida, apenas me permitieron escuchar las preguntas que me dirigía “mi pitonisa”, en tono de confidente, mirándome fijamente a los ojos, porque el ruido entraba de lleno por la ventana abierta que daba a la circulación, donde dicho sea de paso, esperaba mi amiga, impaciente a que yo regresará con las noticias.

Al ir tirando las cartas sobre la mesa, fue describiendo lo que en ellas veía y, de vez en cuando, me miraba de soslayo, esperando obtener un indicio de que iba por buen camino en sus augurios y predicciones. Mientras yo, me mantuve inexpresiva, aguantando una mueca de ironía. Así, durante 20 minutos, más o menos.

La fútil retórica de la mujer con aire misterioso, a mí no me sirvió de nada, a menos que convencerme de la mediocridad de un ser humano, bueno de dos, –de ella, la pitonisa y de él, el hombre que yo inútilmente amaba- sirviera para algo. Por lo contrario, me miró con una mezcla de sorpresa y extrañeza al escuchar al final de la cita los motivos que me habían orillado a requerir sus servicios (curiosidad, le dije) porque rechacé todo lo que me ofreció (limpias, amuletos, velas, muchos sortilegios más), inclusive una pócima para hacerlo regresar a mí.

Nada de lo que me dijo sobre los acontecimientos de mi vida se acercaron ni tantito a la realidad de un pasado casi inmediato y poco tiempo transcurrió para que, por supuesto, ninguna cosa de las que me dijo que pasarían, sucedieran, cosas que ahora forman parte de un pasado muy, muy remoto.

Al salir de esa habitación llena imágenes de santos y vírgenes, calaveras, escapularios e incienso, y no sin antes dejar sobre su mesa el correspondiente donativo “voluntario”, me sentí satisfecha de haber despejado mi curiosidad –que por fortuna no mató al gato-, y defraudada al darme cuenta como una pitonisa (otra, no ésta) vino a echar abajo “un amor tan grande” con argumentos tan pequeños.

A pesar de eso, salí sonriendo y  preguntándome por qué tanta gente recurre a charlatanes en busca de soluciones que no son capaces de encontrar por ellos mismos.

Al llegar al auto donde seguía mi amiga esperando, lo primero que hice fue todo lo contrario a lo que la pitonisa me recomendó: le conté todos los pormenores de mi encuentro con esa mujer, al final de la narración, ambas reímos por varias razones, pero la principal, por haberme atrevido  a hacer esa visita y ella –mi amiga-  a ser mi cómplice.

 

Por último, confirmé mis sospechas: las pitonisas tienen nombre y apellido y en vez de bolas de cristal, tazas con asientos de café y cartas de naipes; tienen líneas telefónicas y correos electrónicos. Y lo más importante, que el amor, el amor no se resuelve a través de bolas de cristal ni cartas para predecir el futuro.


Pintura: Macias. Pitonisa (España)

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