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Los partidos: partidos y compartidos

Escrito por Ramón Ojeda Mestre en Lunes, 02 Febrero 2015. Publicado en Opinión, Política

Ya les gustó el menáge a trois. Mal de muchos, consuelo de lerdos, reza una de las piezas clásicas de la paremiología universal, pero ni de paliativo les sirve a las configuraciones electorales llamadas partidos políticos. El sustantivo era Partidos y el adjetivo era políticos. La avalancha de errores y la putrefacción que se auto-infligieron los derivó al revés. Políticos partidos y en Partidos partidos, peor todavía, se convirtieron por auto mutilación y connivencia en partidos compartidos.

El día que decidieron los partidos y sus cancerberos ingresar en la línea negativa o en la descalificación y en una batalla de pastelazos de lodo, firmaron su sentencia de muerte, su acta de defunción y su necropsia. Por el mismo epitafio de "quien se lleva se aguanta" o en el principio consignado por Justiniano: "do ut des". Doy para que des. Estaba escrito hace mil años, que quien siembra vientos cosecha tempestades, pero la soberbia y la estulticia hicieron presa de sus ambiciones y creyeron los unos que podían descuartizar a escupitajos viperinos a los otros y los otros a los otros y éstos a los de más allá y cantó el sabio Chico Ché: se armaron los cañonazos.

Sin medida ni clemencia, se sacaron sus trapotes al sol, se exhibieron como lo que son y como la calumnia les pintaba. Los medios, la electrónica y los métodos de espionaje, no dejaron títere con cabeza, ni hueso sano a los beligerantes y así llevamos más de quince años con una lluvia de Augías y un hedor político que llega allende nuestras fronteras y esta escatología electoral acrece, se regodea y los partidos políticos incorporaron una cláusula de obligatoria capacitación coprofágica.

Qué espectáculo maloliente y salaz, qué manera de destruir el objetivo democrático. Harakiri partidista al que coadyuvan las increíbles barbaridades y sinvergüenzadas de sus personeros en el gobierno. Concurso de trapacerías que mancilló a todos los partidos en los últimos tres lustros y a la concepción misma del estado y la democratización. No pudimos avanzar, no dejaron, los propios que dizque habían nacido para ir hacia la democracia, los dizque sine qua non. Si sumamos lo que le cuestan los partidos, la publicidad, las elecciones, los tribunales y los electos al pobre pueblo, podemos entender por qué estamos en esta situación de pobreza familiar por todo el país y nos podemos explicar por qué florece la envenenada Toloache delictiva si son tan delincuentes los que persiguen como los perseguidos.

Los partidos han llegado a un punto de minusvalía y desprestigio, que tienen que pagar por evento. PPE. Tienen que pagar al que asiste y tienen que centavear al sufragante cada vez más oneroso. Ya no es la tortita y el refresco engordador hecho de agua pintada y azúcar, no, ahora es de tele para arriba. Room service exigen los acarreados y obligan a los depredadores electoreros a pasar por la gente a su casa, a su colonia, a su ejido. Qué bonita familia.

Y ni así; la mayoría no vota, ni alambreando la masa sufragal alcanza siquiera la mitad de los habitantes o del inyectado padrón o lista nominal, como le quiera usted bautizar. Vasos comunicantes, mientras más desprestigio de los partidos y candidartos, más dinero a las dizque elecciones y con la Ley de los rendimientos decrecientes cada vez son menos los votantes, aunque cada vez sea mayor el volumen demográfico, es decir, aunque seamos muchos, los votos son menos, proporcional y absolutamente. Agregue que un partido se puso vivo e hizo que los demás se dividieran y atomizaran, entonces los partidos obtienen menos y menos votos y como dizque en la democracia se gana por un mísero votillo, pues entonces aunque la caballada sea flaca y el "votín" sea magro, el que ganó, ganó, aunque sea con flaco "bonche" sufrágico. Los más no votan y eso, cuenta.
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Ramón Ojeda Mestre

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