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Membresía

Escrito por Patricia Valenzuela Lugo en Martes, 29 Agosto 2017. Publicado en Cuento, Literatura, Narración

Entré a navegar por la internet buscando una de tantas páginas dónde suscribirme para encontrar pareja. Era la primavera del año 2009, el mes de mayo estaba para ser un poco más precisa, por expirar. Todavía podía salir al balcón de mi cuarto, ver la inmensidad del mar e imaginar la llegada de Cortés, sí, por el Cortés -y su horda de españolitos ingenuos y deteriorados- que vinieron a traer la viruela, entre otras cosas a tierras mexicanas, sin el agobiante calor, la humedad y los insoportables mosquitos cuyo blanco siempre era yo.
 
Desde el balcón podía fumar a mis anchas y ver pasar desde lo alto, a la gente que caminaba por la calle, absorta cada una en sus pensamientos.
Mi estado emocional rayaba en el desastre. La relación con mi amante a “distancia” acababa de  terminar.  Eso me mantenía cuativa las 24 horas del día, sumida entre la melancolía de lo perdido y la incertidumbre de un futuro “sola”.
 
Animada por mis amigas, fue entonces que me lancé e investigué todo sobre esas páginas que  dicen, ayudan a encontrar el amor. Para ser sincera,  no esperaba encontrar a nadie que lograra despertara mi interés,  al contrario, solo para confirmar mi escepticismo, fue que decidí hacerlo y entonces poder decirles a ellas, a mis amigas, que eso era la más grande farsa.
 Para no hacer el cuento largo,  me suscribí -en el nivel más básico y económico, por supuesto- haciendo el respectivo pago a través de tarjeta de crédito. Y Pensándolo bien, con ese dinero me hubiese podido comprar 2 o 3 libros.
 
Empecé armando mi perfil. Me describí en lo físico y en lo emocional (un poco, porque se trataba de encontrar, ¿qué no?). Cité mis preferencias con respecto a la comida, la música y la lectura. Mis sitios preferidos para vacacionar, mi deporte predilecto, religión, ocupación e ingresos. Sí, en este punto fui lo más exacta posible. Me di cuenta de que la mayoría dejaba en blanco ese espacio, como si tuviesen miedo que los tacharan de ambiciosos, caza fortunas o de pobres… de plano. Yo hice lo contrario, anoté cuanto ganaba al año y cuanto deseaba que fuesen los ingresos del prospecto que se animara. Además, dejar bien claro que tenía que ser inteligente, educado; cariñoso; que le gustaran los niños y que no quisiera tener más (tres son más que suficiente). Que no fuera comunista ( al menos de los que quieren tomar el poder por vía de las armas), que le gustara la música de cello y la buena literatura. Al terminar de escribir, borrar, escribir y volver a borrar, quedé satisfecha con esa parte de “mi perfil”.
 
El siguiente paso fue subir una o varias fotografías mías, porque según, la persona que subía más, tenía también más probabilidades de encontrar pronto a su ideal. Así que ahí estoy buscando las mejores o para ser más clara, las menos peores. “Por fin, ahora sí quedó listo”, me dije satisfecha. Antes de dar click para aceptar y que todo se guardara, releí todo lo que escribí y reí pensando: “Parece que más que encontrar, quiero lo contrario. Porque con tanto requisito que pido nadie me va a pelar. En fin, nada pierdo con intentar, además ya pagué, ahora lo desquito”. Click…
 
Poco a poco empecé a recibir “guiños”, propuestas de amistad, vaya. Yo leía el perfil del personaje en turno y con alguno que otro me pasó que no pude terminar de hacerlo, ya sea por su mala ortografía, por la falta de hilaridad en las ideas o por ambas cosas. Eso me hizo desistir de continuar, no una, sino en varias ocasiones. Otro caso que “deseché” de ipso facto, fue el de un tipo que sus ingresos eran irrisorios (a éste sí lo tacharon de pobre, eso le pasa por arriesgado). No soy ambiciosa, pero no iba a entrar a “guatepeor” (y con esto no me estoy refiriendo  al “amante a distancia”). Así se sucedían mis días, -mientras el mes de junio avanzaba parsimonioso- llegar de trabajar y antes de nada, revisar el sitio. Mis más reciente obsesión.
Encontré sombrerudos, con bigote, sin bigote, calvos, greñudos, con aretes, musculosos, hipies, albinos, morenos, muy morenos, tatuados, sexagenarios, empresarios, policías, viudos, divorciados, solteros, snobs, de todo… pero ninguno me llenó el ojo.
 Ya, una vez comprobada mi teoría de que por ese medio era más que imposible encontrar el amor, -y decepcionada en el fondo-,  decidí claudicar en la búsqueda y espera. Fue entonces que, un día  recibí la invitación para entablar conversación. Sus letras y sus ideas me inquietaron y hasta puedo decir que me sorprendieron. Revisé su perfil y cumplía con varios puntos de los que yo buscaba, así que  respondí. ¿Su pseudónimo?: Freedom. Yo elegí como pseudómino, el nombre de la protagonista de mi libro preferido. Recuerdo que lo que más me impactó, fue que al leer su primer mensaje, casi casi hubiese podido jurar que había sido escrito por “amante a distancia”. Eran sus mismas frases, el mismo modo de expresarse, su intachable ortografía, su buena redacción. Quise llegar rápido al final del texto para poder darme cuenta de quién era en realidad la firma, lo hice, y aún no siendo quien creí, esa expectativa que se generó en mí, me animó a interactuar con el desconocido.
Fue así, que “Freedom”  y  “Protagonista de novela” empezaron a intercambiar ideas, notas, comentarios y detalles sobre sus vidas. Y claro, me convencí de que no era quien yo creí y deseé.
 
Sin embargo… no vayan a pensar que acabé por creer que en esos sitios se puede encontrar en realidad el amor, no, no fue así(todo lo contrario).
 
La relación prosperó –de manera virtual-, como toda relación que inicia, creí haber encontrado al hombre perfecto, al hombre que diosito me tuvo guardado después de tanto tiempo y tantos rezos. Al hombre con quien llegaría a vivir mi vejez.  Y al poquito tiempo sucedió lo lógico, concertamos una cita en un punto medio de su ciudad y la mía y nos conocimos en persona. En ese encuentro, la primera señal de que tenía que detenerme la pasé por alto y me seguí como caballo desbocado. Cegada por la efímera ilusión de la novedad. Empezamos una convivencia a veces a distancia, a veces no. Viajamos por muchos lugares hermosos de la República Mexicana.  La relación con la familia y amigos más cercanos de cada uno se dio, a pesar de mis propias, secretas e “infundadas” dudas. Sin embargo, el tiempo me regresó la cordura y se llevó el enamoramiento (¿o al revés?). Poco a poco empezaron las diferencias, las discusiones, el no ponernos de acuerdo. El estira y afloja. Los buenos momentos se diluyeron entre el orgullo, la soberbia; el hartazgo; la decepción y el desenamoramiento.
 
Al final, él terminó yéndose y yo agradeciéndoselo. Tres años después.
Hasta la fecha, no he vuelto a abrir una página para suscribirme y buscar el anhelado amor.
Un año después, sin esperarlo –sin desearlo tampoco- el amor me encontró a mí. Sin necesidad de membresía.

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