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Metal Muerto, capítulo IV: El borrador

Escrito por Francisco Amador García-Cólotl en Viernes, 17 Agosto 2018. Publicado en Novela, Cuento, Libro Recomendado, Literatura, Narración, Poesía

El borrador

 

“There is no time

No time to regret

The eraser’s coming for your life”

The eraser

Hypocresy

 

 

Durante varios días se reservó en casa de un familiar que lo recibió con gusto al saber que dejaba las calles. No salió ni bebió mientras ordenaba sus pensamientos. Los primeros días sin bebida no pudo concentrarse en prácticamente nada; ingería grandes cantidades de agua pegándose a la llave sin lograr saciar la necesidad de alcohol. De noche soñaba a su hijo pidiendo ayuda o llorando entre sombras borrosas. Trataba de auxiliarlo, intentaba gritar, pero sólo lograba emitir alaridos entrecortados que despertaban a su familiar en la quietud de la madrugada. Siguió encerrado, con las manos tensas y torcidas, con el rostro y cuerpo llenos de ansiedad y malestar. Los días pasaron y la desesperación de la abstinencia, las horas de golpear la cama, lleno de frustración y odio, de temblar y apretarse la cabeza con ambas manos y jalarse los cabellos, de beber agua hasta vomitar, dieron paso a cierta calma que lo dejó cavilar su asunto, de enfocar sus energías en lo que tenía que hacer. Repasó mentalmente lo que le dijo aquella mujer, lo pensó y repensó muchas veces; se repitió hasta el cansancio que le quedaba poco tiempo. -Me van a borrar- se decía constantemente y, gradualmente, vio la situación que lo aguardaba; debía apurarse, no podía dejar las cosas así, nada de perdonar ni tener piedad, ni arrepentirse, ni poner mejillas, ni creer en juicios finales; se iría, como había llegado, y después de eso, sería esperado por la nada de la inconciencia, el adiós a toda sensación de placer o dolor, físico o mental. No habría que preocuparse ni por el cuerpo ni por el pensamiento e intentó dimensionar el no existir, el ser borrado, y se dio cuenta que eso deseaba; calmar los gritos internos, los reproches, la soledad, el dolor, las imágenes de su pasado, la normalidad en que se habían convertido la indiferencia, la delincuencia, las matanzas y secuestros, la punzada del hambre, la opresión de la sed. Sería borrado, con ello todas sus miserias. Decidió que sería pronto. Salió hasta el patio de la casa de su familiar y vio aquella moto; no podía creerlo, bajo una lona carcomida por la inclemencia del sol, estaba la moto que adquirió muchos meses atrás y que daba por perdida.

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