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Nos robaron el mar

Escrito por Ramón Ojeda Mestre en Viernes, 06 Noviembre 2015. Publicado en Historia, Opinión

El capitán Ramón Arnaud Vignon fue un mexicano ejemplar que murió defendiendo para México la isla llamada Clipperton o de la Pasión. Su sacrificio fue en vano. Conozca su dramática historia y la de su familia en el libro “Clipperton Una Historia de Amor y Gloria” de Gabriela Arnaud, su nieta. Si es usted de los que todavía creen que pronto tendremos el inventario del patrimonio insular de México, lo felicito, aunque el INEGI diga lo que diga, pues Sojo ya se va como otros y otros se irán, pero tampoco lo encontraría allí puesto que por un árbitro sesgado perdimos ese pedazo de patria como bien dicen la autora del libro o el narrador Ramón Arnaud Rovira.

Hoy, poco a poco y en todo el país, vamos perdiendo la oportunidad de ver el mar, las playas o sus acantilados, dunas y roquerío. Tenemos diez mil kilómetros de litorales aproximadamente y, aunque no tenemos una ley de costas, existe el derecho a verlas cuando menos y a tocarlas con las plantas desnudas del pie, pero hasta eso nos han ido quitando los indescriptibles que llegaron incluso al punto de aprobar que se vendieran a extranjeros y la Constitución se modificó, como dijo Clint Eastwood, el hijo del flaco Stan Laurel, por a Fistful of Dollars. Qué vergüenza de legisladores y demás calaña.

En La Paz, BCS o en San Sebastián, España, en la Habana o en Miami, en Barcelona o Santander hasta el más humilde puede ir a dar un paseo a la orilla del mar por sus malecones, pero en lugares como Los Cabos: San José del Cabo, Cabo San Lucas o Cancún ya no se puede admirar ese regalo del Universo. Han entregado a las infectas miasmas de la corrupción permisos para bardear larguísimos espacios que dan a la carretera. ¿A quién se le ocurre tapar la vista del mar en las carreteras escénicas o costeras e incluso cerrar esas carreteras para que no pase el peladaje y se tenga que ir por las carreterillas de la ignominia, interiores, alejadas o semiocultas, para que no molesten la vista nez en l´air de los extranjeros, con su prietez o sus carcachonas empolvadas “de importación”? Las bardas no solo son para que usted no pueda ver el mar en Los Cabos y otros destinos de playa, sino para que tampoco pueda pasar a tocar la arena propiedad de la nación y hoy es de las empresas extranjeras, de facto, pues usted greasy mexican no puede pasar.

No es que no haya habido autoridad federal que hiciera cumplir las leyes, no, es que los gobiernos han ido dejando que se viole flagrantemente la reglamentación de Zofemat (Zona Federal Marítimo Terrestre), particularmente en los más bellos sitios de Quintana Roo o Baja California Sur. ¿De qué sirve que investigadores amantes de México como Micheline Cariño, Aurora Breceda, A. Ortega o L. Castorena, se quemen las pestañas escribiendo el impactante libro “Evocando al Edén, conocimiento, valoración y problemática del Oasis de los Comondú”, para ayudarnos a entender a México, a asumirlo y defenderlo, si lo estamos convirtiendo en denigrante tianguis donde todo se vende y se compra sin reglas o ética? Agradezco a José Hevia que me haya abierto las luces respecto a este tesoro bibliográfico de la tierra de las pinturas rupestres y las misiones.

Como los que nos han robado la vista al mar no han leído la historia y la arqueología creen que no pasa nada cuando de lucrar se trata. En el pecado llevarán la penitencia. El cielo a veces “perdona” como Bergoglio a Maciel, pero el océano nunca. El mar, espejo de mi corazón (dijera Alberto Domínguez en Perfidia), es insobornable, inalienable e indomable. Por eso nos manda los huracanes, ciclones y tsunamis. Háganle como quieran, cumplo con advertir al gobiernito.

 

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Ramón Ojeda Mestre

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