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Sismo social

Escrito por Ramón Ojeda Mestre en Martes, 03 Abril 2018. Publicado en Columnistas, Cultura, Opinión, Política, Sociedad

El mismo año que nació Gustav Klimt, el gran Víctor Hugo escribió o publicó “Los Miserables” que es todo un tratado terrible de ética, una reflexión sobre el bien y el mal, la ley, la política, la justicia y la religión. Y hoy nos agrede ver o constatar que la pobreza de aquellos tiempos de Dickens o de Víctor Hugo, o los de la conmovedora novela de Mariano Azuela “Los de abajo” o los de mi paisano Roberto Blanco Moheno en “Ya con ésta me despido” o “La Corrupción en México” o los de Luis Spota en “Más cornadas da el hambre”, es nada comparada con la que hay ahorita. Aquí y ahora. Hic et nunc.

Nunca habíamos estado tan mal como en este año aciago de nausea electoral.

El número de personas en nivel de pobreza extrema y aguda se ha ensanchado peligrosamente en este año de 2017 que terminó. Ello se debe a varios factores. El primero es que las políticas públicas, la acción del gobierno, es insuficiente e ineficiente para atender este flagelo, la segunda es que los programas para contener el crecimiento poblacional han fracasado totalmente y entonces la franja más ancha de la pirámide demográfica, que es la de las personas de escasos recursos económicos, genera más seres humanos en situación de estrechez desde su nacimiento, la dependencia demográfica se agrava.

Desde luego que otro de los filos más acuciantes es que el llamado modelo libremercadista o neoliberal no ha alcanzado a ofrecer una salida a este fenómeno de la depauperación, ni siquiera a mediano o largo plazo y ello deriva en que la fábrica de marginados acelera su exponencialidad. Quizá el más desafiante de sus ángulos sea el hecho de que los medios de comunicación rehuimos la tarea de desmenuzar el hecho desde la perspectiva social y sólo lo volvemos una cifra estadística o economicista sin atrevernos a explicar a la población las particularidades de salud pública o de descomposición familiar y social que ello implica.

Se habla de la pobreza de manera nebulosa. No se habla de los piojos, de la insalubridad, del raquitismo, del debilitamiento cognitivo o de la violencia que anida en los grandes conglomerados urbanos de pobreza cruel y agraviante. La falta de agua potable se convierte en un porcentaje simple o en un número absoluto y a otra cosa, no se le aclara a los mexicanos que un niño recién nacido sin agua potable en su casa o si calentador o sin estufa o sin refrigerador o compartiendo la cama con seis o cinco empieza mal su vida y las probabilidades de que termine mal su trayectoria de sufrimiento se vuelve casi una fatalidad.

El tema de la pobreza, de la miseria, de la exclusión por el tipo de ropa, el tipo de modales, de lenguaje o de apariencia, de color o de acicalamiento, de olor o de mirada, le hace ñáñaras incluso a la clase media baja y ya no digamos a la franja dorada. Esta abultada pleca convierte a la pobreza en un tema de cursi filantropía, de caridad eclesial o de fundaciones sinvergüenzas y simuladoras para eludir impuestos o para pagar sus choferes, gasolina y vehículos o rentas de oficinas.

La pobreza ha llegado a extremos terribles. Los menos pobres abandonan a sus familiares más pobres. Los desconocen, los eluden, los esquivan. Los niegan. El gobierno los ha abandonado. Los gobiernos locales también. Los partidos los humillan despenseándolos o corrompiéndolos, prostituyéndolos para ir a votar. Estiramos ya demasiado la liga y hemos perdido dos generaciones dejándolas sin salud, educación, empleo o vivienda. Urge que Anaya, Meade, Margarita y López obrador, se dejen de florituras y de retruécanos y renversés.

La policía debería de acordonar todas esas “favelas” que han proliferado ya en México desde Los Cabos en Baja California Sur, hasta Cancún y Playa del Carmen en Quintana Roo, porque se ha cometido un crimen de lesa humanidad. Prácticamente un genocidio social. Se oyen los lamentos por doquier, de mi desdichada Borinquén. Peligro, la pobreza es fuego, la marginación estopa, y el viento sopla. Houston: ¿Hay alguien allí?

 

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Ramón Ojeda Mestre

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