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TU NOMBRE

Escrito por Patricia Valenzuela Lugo en Martes, 09 Enero 2018. Publicado en Amor, Literatura, Poesía

Cualquier pretexto es bueno para escribir tu nombre…
 
 
Sobre todo cuando mi pensamiento divaga sin poder concretar nada que pueda llevarme por el camino hacia la certidumbre. Es entonces, cuando escribir tu nombre se convierte en la única certeza.
 
Te escribo para que sepas que transito por un túnel largo y solitario.
Llevo tanto tiempo en su interior que se ha vuelto mi parte más áspera. Sólo y con mucha frecuencia, merodean  recuerdos no gratos que me atormentan y  le dan a mi cabeza esa inefable  pesadez. Una especie de inicuo aturdimiento que me aleja de todo y todos. Cuando eso sucede, tengo la sensación de que estoy a nada de ser abandonada por la cordura. Es entonces cuando de nuevo mi única luz emana de las letras, de ocho letras: tu nombre…
 
Ahora, los perros ladran con tanta insistencia que me desquician. Están en el patio, del otro lado de la ventana y, sin embargo, parece que están junto a la cama donde reposo mi cuerpo y mis pensamientos en esta carta.
Me cuesta retomar las ideas, las palabras que tenía para contarte. Por fin cesaron de   ladrar,  el transeúnte siguió su camino.
 
<<Escribo en mi mente las letras de tu nombre, no importa cual, todas me llevan a él.>>
 
Pero déjame que te siga contando.
 
Hay días en que siento como si fuese caminando sobre una cuerda floja. Tambaleándome por la vida con los puños apretados hasta herirme con las uñas la piel. El corazón palpita como si paradógicamente fuesen sus últimos latidos. Lanzando un  eco ensordecedor sin resonancia.
 
En otros, parece que cayera en cámara lenta en un abismo infinito. En esos instantes mis manos tratan de asirse a algo que no identifican, pero qué más da si de todas maneras no pueden lograrlo. Los dedos resbalan y yo sigo cual pluma en el aire… cayendo.
 
Cómo pesa este presente pasado que se me dificulta cada vez más soportar.
 
Son o han sido tantos rostros y voces que con ellos formo un collage mudo y amorfo. Sin nada y con todo.
 
La mórbida ecuación de mi vida me ofrece como resultado un lúgubre futuro.
 
<<Nunca el alfabeto cobró tanta importancia, porque con él puedo formar una sola palabra, tu nombre…>>
 
Soy tan poco de lo que aparento.
 
Quiero dividir  ésta pesada carga contigo. Tú aceptaste, ¿acaso ya lo olvidaste? 
 
No encuentro nada que me ayude a  avivar las cenizas de mi  ánimo. Hasta parece mentira que no hace mucho estuviera haciendo planes. La incertidumbre de manera imperceptible ha caído sobre mí cual velo de novia e impide que perciba la realidad de manera clara y transparente. Y si (te) escribo es porque mis manos solo responden a un impulso primario. El cerebro y el corazón nada tienen que ver en esto.
¿Cómo podría ser eso? Si nunca se han puesto de acuerdo. Viven cada uno por su lado virando en direcciones opuestas. Hablando mal uno del otro.  No hay consenso que los haga ponerse de acuerdo. Mientras, acá afuera vivo en una ficción perpetua.
 
<<Siguen las letras saltando en desorden,  de cualquier forma me llevan siempre a tu nombre…>>
 
¿Dónde está la esperanza?, ¿cómo pude permitir que me la arrebatara el tiempo? ¿Cómo le permití a la amargura tanta confianza? Ahora se ha posesionado de mi ser interno, pretendiendo cobrar de piso el derecho. Y Sin bastarle eso, ha invitado a su íntima amiga la tristeza a vivir conmigo –y por supuesto, con ella-.
¿Cómo hago para expulsarlas si están tan arraigadas? Sin que en el intento termine desmembrada.
 
Soy prisionera en un cuerpo que grita y llora entre barrotes hechos de ansiedad. Bajo un oxidado candado cuya llave he perdido.
 
Soy como una niña que agazapada en un oscuro, solitario y frío rincón de la vieja casa,  espera el contacto de los brazos que le brinden consuelo. De una voz cuyas palabras no sean gritos. Niña que no desea volver a sentirse acorralada en la penumbra bajo  inquietantes y lascivas miradas.
 
Mujer (auto) crucificada  que pide desesperada que la ayuden a quitarse los clavos de hastío  y melancolía, para así poder descender de la inmensa cruz que la mantiene en agonía. Harta de auto flagelarse. Sin embargo y a pesar de sus lacónicos sollozos, parece que todos se han vuelto ciegos y quedado sordos, mientras ella se desangra.
 
Ya no me queda voz.  
 
Me quedan en cambio letras que ahora dirijo a ti y que además uso como pretexto para escribir  con ocho letras, tu nombre…
 
En ésta tibia y apacible tarde de junio. En el íntimo espacio de mi cama.

 

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