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Un mar marchito

Escrito por Ramón Ojeda Mestre en Sábado, 11 Agosto 2018. Publicado en Columnistas, Cultura, Opinión, Política, Sociedad, Sustentabilidad

Pareciera que los gobiernos de nuestro país aborrecen al que quizá es el bien más preciado del patrimonio nacional. México tiene cerca de dos millones de kilómetros cuadrados de territorio en lo que podríamos considerar como tierra firme, incluidas las penínsulas de Baja California y de Yucatán y el incógnito número de islas en el Golfo de México, del Caribe, el Golfo de California y el Océano Pacífico, sin embargo, la superficie que México posee de mares, entre la Zona Económica Exclusiva y el mar patrimonial, es de cerca de tres millones de kilómetros cuadrados.

México llegó al siglo XXI con una deuda tremenda hacia sus cuerpos oceánicos. El Reglamento de la Ley General de Pesca y Acuacultura Sustentable tiene más de diez años de retraso y ni Felipe Calderón ni Enrique Peña Nieto pudieron destrabar los nudos oscuros y tortuosos de los intereses mercantiles que impidieron su actualización. Tampoco los tres presidentes anteriores junto con el actual han podido lograr que el Congreso de la Unión, en las diversas legislaturas, lograra sacar adelante una Ley de Costas indispensable cuando somos un país que cuenta con diez mil kilómetros de litorales, tres mil del lado del Golfo de México y siete mil en el Pacífico y Golfo de California.

Son muchas las deudas que tenemos hacia ese gigante bonachón y temperamental que tanto alimento y riquezas o placeres nos ha proporcionado y le negamos con nuestras corruptelas, nuestras ineficiencias y nuestras mezquindades y desidias gubernamentales, expedir el Reglamento de la Ley de Aguas Nacionales que tiene también más de diez años de retraso y hace que en este Montessori espantoso que hemos sufrido en los temas del agua y del mar, prácticamente todos los municipios costeros descargan sus aguas cloacales, sus aguas negras o servidas, directamente a las nobles aguas de los océanos a través de grandes ríos o de pequeños arroyos agraviados por ser usados como drenaje.

Cada día inventamos nuevos programitas para no tirar un popote o dizque para asignarle presuntuosa y perversamente espacios denominados Áreas Naturales Protegidas cuando no somos capaces siquiera de evitar que le lleguen directamente millones y millones de toneladas de basura de todo tipo, lo mismo por el Río Lerma que por el Grijalva, el Usumacinta, el Blanco o el Suchiate y lo acidificamos minuto a minuto, las veinticuatro horas del día, con procesos de eutrofización o eutroficación por vía fluvial, acabando con flora y fauna marinas o desquiciando el equilibrio ecológico cada vez más frágil.

Hay lugares como Grecia en donde ya no se permite meterse al mar por la playa con bronceadores o protectores de la piel o cremas de cualquier tipo, incluso ni siquiera se permite bucear con tanques, del daño que se le ha hecho al reino de Neptuno o Poseidón, aunque para nosotros lo mismo podría ser Chaac o Ehécatl. Nuestras deudas con el mar son infinitas. Sí, contamos con una Ley del Mar y con una Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar al igual que Leyes Ambientales que finalmente se incumplen y estamos pagando ya ese exceso de descargas orgánicas a los océanos y su única defensa es la proliferación de sargazos que ya se han vuelto problema en Baja California Sur y toda la Península de Baja California. Lo de la ZOFEMAT, la zona federal marítimo terrestre es una escandalosa burla de corruptelas y patrañas de tal magnitud y obviedad, que se necesitará cirugía mayor para sanar esas pústulas escandalosas de apropiación ilícita.

Se nos olvida que las más de las entidades federativas son costeras y parecemos no recordar también que México vive económicamente cada vez más del turismo tanto extranjero como local y que gran parte de sus visitantes llega a hacer turismo de playa, turismo de mar, de pesca, de deportes acuáticos o simplemente de disfrute visual y estético. Pero hasta esa riqueza turística está llegando a su límite por la saturación de cruceros, yates y lanchas o de disputas sociales por las playas y las afectaciones a manglares, humedales, esteros, oasis, dunas, acantilados, arrecifes y comercio informal playero ilícito. La permisividad devino en corrupción y en nauseabundas componendas. Las marinas y puertos no cumplen con las normas ambientales elementales de poseer drenajes y controlar los aceites y desechos.

Las deudas con el mar se nos han acumulado al punto tal, que hemos llegado a los umbrales de la quiebra y este próximo Congreso de la Unión que entra el primero de septiembre y el gobierno federal que inicia dentro de ciento veinte días tienen la gravísima responsabilidad no sólo de revertir los errores o de impedir que se sigan acumulando, sino de definir e instrumentar una nueva e intensiva política pública respecto a los mares, las islas, las costas, los ríos, la navegación y las actividades económicas del mar.

Que no se repita nunca jamás el tremendo error que realizó el actual gobierno con ese monstruo anti ambiental, absurdo y megalómano llamado Nuevo Puerto de Veracruz o el de Tuxpan, para satisfacer apetitos de lucro sin respeto alguno al mar, a los arrecifes o a la histórica población portuaria, hace algunos días aquí mismo en La Paz se llevó a cabo una reunión de paga para legitimar una nueva norma llamada 178 y otra con la intención aparente de considerar Área Natural Protegida todo el territorio de B.C.S. sus litorales y otras áreas. Es tal la voracidad economicista que se nos ha olvidado el binomio fundamental del hombre y la naturaleza. Ningún dinero nos va a alcanzar para pagar la deuda con el mar.

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Ramón Ojeda Mestre

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