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Y seguimos pidiendo la palabra: EL GNOMO BAJO LA CAMA

Escrito por Carlos Palacios en Lunes, 23 Abril 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Narración, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Hugo era un niño de diez años sin nada especial a la vista. El era flacucho, de ojos vivaces y en especial, muy serio.

Se había criado en una modesta casa ubicada en La Rioja. Perdió a  su padre en la guerra cuando tenía tres años, y ahora sólo le quedaba su madre. A pesar de tener una lúgubre y solitaria infancia, Hugo siempre estuvo acompañado por Pingo, un perro labrador que lo seguía a donde fuese.

Muchos de los que conocieron a Hugo afirmaban que estaba loco, debido a que aseguraba ver pequeñas criaturas jorobadas y repugnantes: con dedos huesudos, largas orejas puntiagudas y una sonrisa maliciosa siempre en sus labios.

Según él, estas criaturas deambulaban por todas partes: bajo las escaleras, en los roperos, sobre los estantes y en los jardines. Aunque también los había visto esconderse bajo los coches, entre los arbustos y había uno en especial que se ocultaba bajo su cama. Es por eso que Hugo prefería la compañía de Pingo, pues el perro siempre los ahuyentaba.

El problema era a la hora de ir a la escuela. Pingo no podía acompañar a Hugo durante las clases, por lo que todos los días se sentaba frente a la acera, esperando  la salida del muchacho.

En cuanto a Hugo, era marginado por sus compañeros desde que manifestó que también veía a esos diablillos rondando por el patio de la escuela. Los demás niños no solían hablarle, se burlaban constantemente y le ponían apodos a sus espaldas.

Un día la escuela se quedó sin luz debido a que los fusibles estaban rotos. Esa vez, la maestra Dolores mandó a llamar a la madre de Hugo, pues lo sorprendieron varias veces hablando sobre gnomos y otras suposiciones ridículas.

Preocupada por su hijo, su madre comenzó a llevarlo a terapia con un psicólogo que le recomendaron en la escuela. Dos meses después, mientras Hugo esperaba afuera del consultorio del psicólogo, lo escuchó hablando con su madre. Le explicaban cuál era la situación en la que se encontraba su hijo, y creían que había la necesidad de internarlo. Sin embargo, nunca lo llegaron a internar pues su madre no lo permitió.

Una lluviosa tarde de julio, la madre de Hugo, escuchó un gran alboroto en el cuarto de su hijo. Al subir con él, lo encontró sosteniendo una lámpara y un bate de béisbol. Pingo gruñía a su lado.

-¿Qué sucede?

-¡Está otra vez bajo mi cama! -gritó Hugo.

La madre de Hugo tomó la lámpara, mas no vio nada bajo el mueble. Ese siempre era el problema. Por más que se esforzaba por creer en las palabras de Hugo, jamás notaba algo diferente. Le devolvió la lámpara y le dijo que acomodara su cuarto pues esa tarde, la tía Margo llegaría de visita, luego de sus vacaciones en la India.

Más al rato, la madre de Hugo comenzó a sentir tormentosos dolores de cabeza, por lo que apenas regresaron del aeropuerto, se retiró a dormir.

Fueron los insistentes ladridos de un perro lo que la despertaron. Todo estaba oscuro y afuera continuaba lloviendo. Bajó a la sala, donde encontró a su hermana sentada viendo la televisión.

-¿Dónde está Hugo? -preguntó al tiempo que se tallaba los ojos.

-Lo he mandado a dormir ya -explicó su hermana.

-¿Y Pingo?

-¿Quién?

-¡El perro! -aclaró casi molesta-. ¿Dónde está?

-Ah, ese perro. Apestaba, y estaba muy mojado -respondió la tía Margo-, así que lo saqué. No he logrado hacer que se calle desde entonces.

La mujer se quedó sin aliento. Corrió a la ventana; efectivamente, Pingo estaba en el jardín, ladrando frenéticamente hacia la habitación de Hugo. Un gélido chispazo de adrenalina le recorrió el cuerpo mientras subía las escaleras. Notó que las manos le temblaban al girar la perilla de la puerta.

 Y finalmente lo vio.

Ahí, encorvado sobre la cama, estaba una nefasta criatura de piel viscosa y llena de pústulas. Tenía grandes ojos redondos, y los labios se le contraían en una horrible mueca cada vez que masticaba, mostrando sus pequeños dientes punzantes, con los que devoraba el cuerpo inerte de Hugo.

  

 

 

 

 

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