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Y seguimos pidiendo la palabra: LA VERDADERA HISTORIA DE LA RANA

Escrito por Miguel Ángel Avilés Castro en Sábado, 06 Octubre 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Era de los más buscados. Por eso se había hecho cirugía plástica y liposucción.  Perdió cuarenta Kilos, se injertó cabello y ya tenía otra identidad. Se trataba, no obstante, de  Quirino Tallas Alcoverde (a) La Rana, y mientras otros lo querían meter, él hacía mucho que estaba adentro.

Los anuncios de la PGR describían hasta la más exigua seña. Pedían informes sobre un hombre “de 120 kilos de peso, 1.80 de estatura, de  51 años de edad, lampiño, nariz chata, tez blanca, pómulos y mentón salientes, de alta peligrosidad, que tenia  malformaciones muy claras, que tenía dimensiones anormales del cráneo a la mandíbula, que tenía protuberancias en la frente, que lo apodaban “La Rana “, que era de aspecto Sinaloense, que usaba la hebilla de su cinto al lado izquierdo, que tenía una virgen de Guadalupe tatuada cerca del corazón, que sus cejas eran pobladas, que andaba  en automóviles último modelo y que era admirador de la banda El Mexicano.”

El penal de Tijuana no podía ufanarse de tener entre sus filas a tan distinguido personaje. El Pueblito guardaba a grandes capos, pero ninguno con esas características. Entre ellos estaba Milton Carlos Dos Santos, un mexicano de padres Brasileños cuyas generales y media filiación registrada en la boleta de ingresos decía ser de San Pedro Garza García N.L., de 40 años de edad, de profesión maestro de primaria, de religión Testigo de Jehová,  de 80 kilos de peso, de 1.77 de estatura, de cabello ralo color negro, de nariz afilada, piel oscura, labios gruesos, con una mancha en el tórax, que le apodaban El Profe... que había sido detenido en el mes de Marzo de 2005 luego de un tiroteo, y que estaba a disposición del Juzgado Cuarto de Distrito de Baja California como probable responsable del delito de homicidio calificado, portación de arma del uso exclusivo del ejército y daño en propiedad ajena doloso.”

Por eso a los custodios nunca les pasó por la cabeza que esas muñecas a las que aquel día les quitaron las esposas eran mas preciadas que la vida de ellos mismos. Les bastó pedirle sus generales, darle un zape como bienvenida, indicarle que pusiera las huellas,  llamar al médico para que lo revisara, solicitarle que firmara, e invitarlo a cruzar el umbral  de lo que sería  su morada  a partir de esa mañana.

Lo ubicaron en una hacinada celda de indiciados. Ese día compró Marlboro rojos para todos.

A partir de entonces el gentil hombre, convivió con robacarros, violadores, incumplidores de obligaciones familiares, asaltabancos, defraudadores, conductores punibles, Clonadores de tarjetas,  golpeadores de mujeres, y ex directivos bancarios.

Tres días después lo llevaron a otra celda y pronto dominó el terreno. A la semana ya no le faltaba nada pues El Güero Chichón le boleaba diariamente sus zapatos, La Marquesa le cocinaba  y le lavaba la ropa y  El Ruso Rivera,  legendario boxeador local, le enseñaba a tirar guantes.

A nadie le extrañaron las cicatrices que dejaba al descubierto cuando se quitaba la camisa.. El Profe o  Don Charly o El Pele  como también se le empezó a decir, pasaba la mañana en el cuadrilátero a las órdenes de El Ruso Rivera, a mediodía daba clases como voluntario del INEA y las noches las dedicaba a la lectura sobre la vida de Jehová.

Pero nunca falta un pelo en la sopa (y menos en la Yegua de un penal). Poco a poco se fueron  atando cabos. Que por qué esa pancita, que por qué no volteaba cuando le gritaban por su nombre, que por qué ahora andaba tan restiradito, que si por qué nadie de sus visita hablaba como los regios, que por qué se enojaba cuando le preguntaban por esa muesca que tenía en una nalga, que si dónde le llegaba el dinero para pagarle al Güero Chichón, al Ruso y a la Marquesa, que si por qué le metían tan buena comida, que por qué tiene visita conyugal con mujeres diferentes, que por qué El Fernando, ese hombre oscuro y corpulento de casi dos metros,le saltaba al primer cabrón que quería tumbar al profe, que si por qué lo sacan todos los domingos del penal para que fuera a practicar el tiro al blanco.

¿La rana????  ¡No mames! ¿En un lugar de provincia? ¡Uta’ qué vergüenza!!!

La duda pronto se convirtió en rumor y el rumor en noticia. Un columnista de la capital del país tocó el tema y fue la caja de resonancia para los demás medios. Una de las principales televisoras abrió su noticiero de la noche con una imagen de hace cinco años donde aparecía La Rana  en estado natural, “junto  a otros dos narcotraficantes y un subdelegado de la PGR acribillado recientemente en un parque de la capital del país cuando paseaba a su Chow Chow”, según detalló la nota.

El Gobernador tuvo que declarar, pero adujo incompetencia y le dejó el paquete al fuero federal. El delegado de la PGR inició una investigación y sometieron al ya próximo retador de “El Torpedo” Aravena (campeón welter interceldas, categoría veteranos) a rigurosos exámenes de DNA para descartar “”tan descabellada ocurrencia”      

También rastrearon los archivos y encontraron coincidencias: La Rana había participado a principios de los 90 en Guadalajara en el asesinato de un jerarca de la iglesia católica y allí, el certificado médico lo constataba, había recibido un impacto en una nalga con proyectil de arma de fuego del uso exclusivo del ejército nacional.

A los días renunció el director del penal y cuatro guardias. La Rana voló, fuertemente  custodiado, al penal que está cerca de Toluca y durante muchos años no se supo nada de él.

Han transcurrido dos sexenios y hasta ahora se sabe que La Rana sigue purgando su condena. En conocido  diario de la capital regiomontana del pasado jueves 31 de Marzo  de 2018  aparece una nota donde pide, suplicante, la intervención de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, pues durante todos estos años las autoridades penitenciarias le han negado el beneficio de la libertad anticipada, exponiéndole en un escueto resolutivo que firma el Consejo Técnico Interdisciplinario, que no ha lugar a atender su petición porque, según el departamento de Psicología,  el interno sigue  teniendo su YO fragmentado.                     

Enla foto que aparece en el rotativo se le ve con el ceño fruncido y una jovialidad en su cara que contrasta con su edad. Tiene el pelo cano y luce unos lentes gruesos que hacen ver más amplia su nariz afilada. 

Hasta esa celda en la que ahora se guarece La Rana ha llegado Mireya Cuevas y su fotógrafo, “El Flaco” Ceceña, una mancuerna de periodistas dueños de una gran fama, gracias a su semanario de nota roja “Rostros Con Rastros”.

Mireya Cuevas, una mujer de cuerpo frondoso y boca amplia, cabello tupido y nalgas lisas, catequista en sus ratos libres, acude por quinta vez a ese penal. En las otras cuatro ocasiones le fue imposible convencer al director para que la dejara entrar. “El Flaco” Ceceña aún sin esos tres dedos que le faltan a su mano derecha, sabe su oficio y dispara con emoción su cámara frente a los reos que posan en bola para la foto.

Esa parte del Cereso es un extenso galeón anclado en tierra donde caben todos. Una gran sección de madera y mantas construida por órdenes de Jesús Isa, el director de todos los patíbulos del Estado, para la protección de los internos privilegiados como “El Caballo” Guzmán y “EL Cuervo” Martínez, tan sólo dos ejemplos de hombres que habitaban ese espacio capitaneado por Noe Consuelo, un tipo de prominente boca y delgadez extrema, que había sido designado por el gran señor de los penales para ser el mandamás de ese territorio.

Mireya Cuevas y “El Flaco” Ceceña caminan acompañados de Jesús Isa y dos guardias hasta el final del aposento. Llegan a una celda levantada con tablarroca y pedazos de cartón. El director toca a la puerta y ésta es abierta por un viejo canoso y esbelto que se ajusta temblorosamente unos anteojos. Con una seña obvia es presentado con los reporteros. Quirino Tallas, dice él al tiempo que estira la mano y agarra los dos dedos que le quedan al “Flaco” Ceceña. Lo mismo hace con Mireya y los cuatro pasan a la habitación.   

Afuera el cielo se encapota. Un nublado oscuro se estaciona por un rato. A los lejos, como desde una grabadora, se escucha a “Los Alegres de Terán”

Mireya le muestra a La Rana la nota donde apareció su declaración. Le dice que entrevistarlo. La Rana voltea hacia donde está el director y éste aprueba con la cabeza. El Flaco Ceceña se aparta tantito distancia y lanza el primer flachazo. La Rana le pide que se sienten y acerca un tambo para que Mireya deje caer sus nalgas lisas.   

Nací en Badiraguato Sinaloa que quiere decir “Arroyo de muchos cerros” o simplemente “El Arroyo de las montañas”. Mi madre era una india “Tebaca” y mi papá en cambio era de los indios “Pacaxes”. Ellos se dedicaron siempre a la agricultura hasta que mi padre murió de viejo. Fuimos diez hermanos y una hermana, pero ya nomás quedamos seis. Dos murieron cuando estábamos chiquitos, a los demás los mataron por andar en estas chingaderas.

El Flaco Ceceña se atraviesa y dispara un par de fotos a la cara de La Rana. Hasta ellos llega el fuerte tronar de un rayo que hace estremecer a Mireya. En el patio  es un ir y venir de reos acarreando sillas, cobijas, y ropa húmeda que hace un momento estaba tendida. La Rana se acomoda los lentes, ve de reojo hacia fuera y continúa:

“Yo empecé en esto desde los veinte años; primero trafiqué con Marihuana: la llevábamos de Sinaloa hasta el otro lado por Nogales. Después empecé a traficar con cocaína. Al tiempo ya andaban casi todos mis hermanos conmigo metidos en esto. Operábamos principalmente en todo el Pacífico, y cuando menos pensamos ya no habíamos convertido en una de las organizaciones más poderosas dedicadas al negocio del tráfico de droga. Así nos mantuvimos por más de veinte años, hasta el gobierno mexicano se vio presionado por el gobierno de Estados Unidos y  no le quedó otra más que echarnos el guante.”

De repente se vio una luz y de inmediato devino un trueno más fuerte y el cielo entonces no tuvo misericordia para nadie. El aguacero arreció  abundante e impetuoso. Las láminas que servían de techo en el cuarto de La Rana se enroscaron como gigantes pestañas y los cuatro quedaron a la intemperie. Se guarecieron en un rincón, hasta que media hora más tarde quedó una  llovizna suave y lenta.

Por fin, gracias a Dios, dijo Mireya al tiempo que se tallaba la cara para escurrirse el agua que le bajaba de la frente.

La Rana se le quedó viendo y frunció el ceño. Volteó hacia el director  y éste hizo una mueca preocupante que no advirtieron Mireya ni el Flaco Ceceña. La Ranaarrastró una silla y se sentó junto a la puerta. Luego. Como en un monólogo, afirmó:

—Dios no existe. ¡Dios no existe!!...gritó tronante.

Cuatro guardias entraron de inmediato a la celda. Mireya corrió y se puso atrás de ellos. “El Flaco” Ceceña lanzó tres flachazos para atrapar la cara descompuesta de La Rana.  

Jehová, señores, Jehová nos traerá el bálsamo anhelado, afirmó con la vista perdida hacia algún punto indescifrable.

Mireya quiso acercársele pero reculó cuando La Rana se quitó sus lentes y  los lanzó con fuerza por la ventana.

Se le metió el diablo, advirtió Mireya y sacó de su bolsa la Biblia que utilizaba en el catecismo. Comenzó a rezar como si quisiera exorcizar a La Rana.

   —¡¡El diablo soy yo!! Gritó descompuesto La Rana casi rozando su cara con la de Mireya.

Esta se abrazó del “Flaco” Ceceña y los dos trastabillaron. El director hizo una seña brusca a los guardias y entre los tres sujetaron a La Rana. De pronto se escuchó el retumbar de otro trueno y lo que era  llovizna suave y lenta se convirtió en una lengua de agua inacabable.

Mireya quiso correr y el Flaco Ceceña la tomó del brazo.  Es Yahveh!, es Yahvet! anunciaba la reportera y volteaba hacia el cielo apuntándolo con su única mano suelta.

Los internos asomaron sus cabezas por las improvisadas ventanas de tela raída. Mireya lo vio y su cara se descompuso a un mas. Son ellos, son ellos, gritaba perturbada:

Ahí estaban la  “La Cabra” Guzmán y “EL Cuervo” Martínez, “El Caballo” Guzmán y  “El Borrego” Rascón y Noe Consuelo. Ella, en su desquicio, los veía doble. El agua, aumentaba de nivel. Por el patio se veían pasar sillas, tambos, zapatos, pequeñas estufas, mucha, muchas latas de comida que arrastraba la corriente cada vez más fuerte.

El Director, hecho un nudo de nervios, pide auxilio desde su radio. Los flachazos del “Flaco” Ceceña se confunden con los relámpagos que iluminan aquel lugar a cada instante. Todos los internos, descalzos y sin camisa, están en el patio. A los lejos se escuchan los gritos sublevados de los demás reclusos. El cielo es un manto oscuro e infinito.

La Rana se suelta de un tirón y corre hacia el patio como un niño enloquecido.  El agua devino entonces con mayor intensidad y las cataratas del cielo se abrieron, y hubo lluvia sobre el cereso por más de cuarenta horas. El aluvión cubrió hasta las paredes más altas y reventaron las puertas del penal  y varios internos de la celda murieron y fueron llevados por la corriente hasta las afueras de la ciudad. “La Cabra” Guzmán, “EL Cuervo” Martínez, “El Borrego” Rascón y Noe Consuelo quedaron irreconocibles.

A Mireya Cuevas y el Flaco Ceceña es hora que todavía no los encuentran. El Director fue localizado una semana después. Estaba atorado en una alcantarilla, desnudo, sin cabeza y mordisqueado por la ratas.

La Rana está a salvo en otro penal de máxima seguridad pero lo alojan en un celda especial para retrasados mentales. Cuentan que de vez en cuando lo dejan salir al patio y ahí se pasa largas horas mirando al cielo, en espera de que llegue hasta él una paloma blanca.

   

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