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Y seguimos pidiendo la palabra: NO ABRAS NUNCA LOS OJOS

Escrito por Ramón Cuéllar Márquez en Lunes, 02 Abril 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Los aplausos sonaron. Héctor caminaba entre las mesas con aplomo, seguro de que esa noche sería la mejor de su vida. No tenía por qué no ser así: la pobreza, los sinsabores y los fracasos habían quedado atrás. Miró de reojo la mesa donde estaban su esposa y sus dos hijos. Ella sonrió; los niños levantaron los brazos para gritarle cualquier cosa. Ojalá su pequeño hermano nunca se hubiera ido. Cruzó entre las mesas, escoltado por las miradas de los invitados. Subió los cuatro escalones de la peana, donde lo esperaban las autoridades que le entregarían el premio. Se sentó junto a los hombres y mujeres que lo acompañarían en los próximos minutos. Echó un vistazo rápido a las mesas: ahí estaban sus viejos amigos, algunos empresarios y políticos que lo auxiliaron en los momentos clave.

Uno de los hombres de la mesa de honor se levantó para fungir como maestro de ceremonias. Contó un par de anécdotas con la intención de enmarcar el evento al que asistieron. Resaltó las virtudes de Héctor, su trayectoria y sus logros. Anunció al primer orador, quien dejó la mesa, dándole una palmada en el hombro al homenajeado. El estertor de los aplausos se escuchó de nuevo. Todos de pie.

Pasaron tres oradores más. Ninguno dejó de halagarlo.

Se acomodó la corbata discretamente: su turno estaba cerca. Resultaba irónico que ese tipo de ceremonias lo habían aburrido durante años porque las autoridades jamás concretaban una buena idea. Por supuesto, no era su caso. El maestro de ceremonias lo anunció y Héctor se levantó, nervioso, abrochando el botón del saco. No dejó de sonreír. Se paró frente al micrófono, ajustándolo a su altura. Abrió el fólder que llevaba en la mano. Sus palabras debían ser las más hermosas del mundo...

Pero eso, de pronto, dejó de existir. Parpadeó somnoliento: había soñado con intensidad una vida de treinta y ocho años, con papá y mamá, con esposa e hijos, boda y nacimientos, una niñez y una adolescencia, preparatoria y universidad, éxitos y fracasos, miedos y angustias, alegrías y tristezas (¡todo era tan real!). Lo que había vivido día por día se extinguió en un instante, colapsándose en sí mismo cuando abrió los ojos. Se observó con detenimiento las manos y luego el cuerpo: él era un niño, ¿o es que volvía a serlo? Parpadeó de nuevo: amanecía. Miró alrededor buscando algo con qué taparse. Hacía frío. Confundido, recordó que su madre y su padre los dejaron a él y a su hermano resguardados en su casa de madera. Estiró los brazos y las piernas. Respiró un par de veces. Se tocó el cuerpo para comprobar que había despertado. No comprendía por qué no había cobijas; de hecho, no estaba acostado en su cama, sino en un montón de papeles. Miró para un costado y para otro. Si tenía un hermano, ¿dónde estaba?; de seguro jugando, como siempre. Una frase saltó de pronto: “A esa edad los niños no piensan.” Si mal no se acordaba, eso había dicho su mamá antes de encargárselo. Sacudió la cabeza y observando alrededor para cerciorarse del lugar. En definitiva no era la casa de madera. Se incorporó para caminar hacia la salida. Ésta era de cartón negro muy viejo, las telarañas se distribuían por todas partes, síntoma de abandonado. ¿Cómo había ido a parar allí?, ¿y su hermano? No lo veía por ningún lado. Su madre lo había dicho muy claro: “Cuidas a tu hermanito, Héctor, no lo vayas a dejar solo, mira que es muy ocurrente. Acuérdate que sólo tiene tres años.” Aun su padre había remarcado la necesidad de que tenía que quedarse con él porque no podían llevarse a los dos. “Tenemos que ir a comprar mandado para la semana; ya no tenemos nada que comer. Sería muy engorroso que nos fuéramos los cuatro. Además, no nos vamos tardar. Ahora eres el hombre de la casa, tienes doce años y puedes hacerte cargo de la situación. No me defraudes.”

Caminó unos pasos. De pronto, tropezó con un bulto. Trató de ver en la oscuridad qué era aquello —una insignificante luz entraba por una rendija—; lo palpó con las manos. Era un cuerpo pequeño, de niño. No respiraba. Tocó el pecho para percibir el latido del corazón. Ni un sonido. Lo empujó un par de veces para despertarlo; era su hermano. “Despierta, despierta”, dijo, susurrando. Como réplica: el silencio. Embistió con más fuerza, intentando causar un efecto preciso. “Por favor, no te quedes aquí… No te hagas el dormido, ándale… No sé dónde estamos, ¿tú sabes?” Lo jaló hacia la puerta para sacarlo. Resoplando, hizo un nuevo esfuerzo para levantarlo y llevarlo hasta la luz. De inmediato sintió que el cuerpo estaba fláccido, como un trapo. Con el escaso sol matutino, vio su rostro: lo tenía destrozado, la sangre casi seca. ¡Estaba muerto! Con susto, con los ojos muy abiertos, lo aventó. El cuerpo cayó como una bolsa de agua. ¿Qué había sucedido? Comenzó a llorar sin control. Se sentó en el suelo, con la mente desbordada por imágenes que iban y venían, inquiriendo una respuesta congruente.

Desde ayer sus papás se habían ido muy temprano a la ciudad; él había jugado con su hermano casi toda la mañana. Pronto se aburrieron. El pequeño comenzó a decir que tenía hambre. “Aguántate, ya van a regresar y van a traernos comida.” Héctor imaginó los alimentos. “Trata de pensar en que estás comiendo lo que digo.” El niño lo miraba, implorante, con balbuceos a veces descifrables. También él tenía hambre. Ya eran más de las dos de la tarde y habían dicho que regresaban temprano. ¿Y si no volvían?  El niño insistía con sus palabras a medias que el hambre estaba haciendo estragos. Héctor no sabía qué hacer. Vio cómo su hermano rompía en llanto. Tuvo el impulso de correr, de dejarlo hasta que se callara. Recordó las palabras de papá y mamá. Se sentó junto a él para consolarlo con un abrazo. “No llores, ya van a venir, de veras.” Las lágrimas escurrían por la cara del pequeño. Lloraba más y más, sin control. Aguantó el impulso de golpearlo para que guardara silencio. Cerró los puños y se los guardó en el pantalón. Procuró decir palabras que desviaran la atención hacia otra cosa. Entonces se desesperó todavía más. “Vamos a buscarlos, no podemos esperar tanto. Yo también muero de hambre.”

Salieron de la casa, tomando la ruta de sus papás. Caminaron varios minutos. En ese lapso el pequeño no había parado de llorar, incluso sus gritos eran más fuertes y ensordecedores. La exasperación de Héctor se hacía visible cada vez que el niño lo tiraba por el pantalón, pidiéndole que le diera algo. Él lo agarraba con fuerza de la mano, para que no se fuera a caer entre las piedras. Pronto fueron jaloneos bruscos, casi violentos.

El camino de tierra estaba solo, se oía el aullar de los coyotes. Héctor pensó que tenía que darse prisa para encontrar un adulto que los auxiliara; sabía por su padre que esos animales atacaban en grupo a niños indefensos. Tapó sus oídos unos segundos: el pequeño resollaba, soltando las consecuentes mucosidades y enjugando sus lágrimas con la manga de la camisa; de cierta manera, se había tranquilizado. No tenía idea de cómo llegar a la ciudad, ni siquiera sabía qué comercios visitarían.

Tomaron por una pequeña loma, internándose por los árboles. Ya debían ser más de las cuatro. Habían caminado mucho y no se veía que llegaran a algún lugar. De pronto, divisó la casa de cartón negro. Estiró la mano para jalar de un brazo a su hermano, quien había vuelto a pedir comida. Lloraba, conteniendo los deseos de llevarse algo a la boca. “Aquí nos vamos a quedar hasta que amanezca… A lo mejor mis papás ya regresaron.” Ambos se metieron a la choza. Había mucha suciedad. Era obvio que nadie vivía ahí. Héctor buscó un rincón dónde acomodarse. Su hermano hizo lo mismo. Y, de nuevo, el llanto apareció puntual, con más fuerza, exigiendo el alimento que no llegaba. “¡Cálmate!, ¿de dónde quieres que saque comida?” El niño lo veía con los ojos húmedos, sin razonamientos, guiado por el instinto. A las lágrimas vinieron los gritos, los berridos agudos que taladraban los oídos. “¡Cállate, cállate, cállate! ¿Quieres que te pegue para que llores de verdad?” El pequeño gritaba más, no parecía querer silenciarse. Estaba asustado, viendo cómo su hermano mayor acercaba la cara para amedrentarlo. Héctor no pudo reprimir, preso de la desesperación, una cachetada, fuerte, sonora, que hizo que el niño aumentara el tono de los chillidos. “¡Ya, ya, cállate, no tengo comida!, ¿de dónde voy a sacarla? Mira, ¡traga piedras, eso, toma!”, soltó, hastiado de la situación, metiéndole una piedra en la boca. El hermano escupió y retomó el llanto. Sus gritos eran largos y agudos. Babeaba. Héctor buscó con la mano un objeto, lleno de ira, dispuesto a darle para que de una vez por todas apagara los lamentos que lo sacaban de quicio. Levantó una piedra grande que había encontrado a tientas: dio el primer porrazo en la cabeza y el niño voló lejos de él, con bramidos de dolor; saltó sobre el pequeño asestándole golpes una y otra vez en cualquier parte: en las piernas, los brazos, la cara, hasta que dejó de llorar, hasta que ya no escuchó gimoteos. Tiró la piedra. Se echó al suelo, sobre un bulto de papeles. El pecho brincoteaba por la excitación del instante. Se recostó, temblando, metiendo las manos entre las piernas; cerró los ojos para quedarse dormido.

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Comentarios (2)

  • Esteban

    Esteban

    30 Diciembre 2013 a las 11:04 |
    Felicidades Ramón es un buen cuento
  • José González

    José González

    02 Enero 2014 a las 09:54 |
    Felicidades Ramón Cuéllar.

    Tu estilo de escritura es muy agradable y de fácil lectura. No dejes de escribir para beneplácito de los que nos gusta tu trabajo.

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