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Y seguimos pidiendo la palabra: A. C.
Me gustaría que las tardes lluviosas de estos domingos
vivieras frente a mi casa.
Miraríamos detrás de los cristales nuestras figuras
y sus rompimientos por los cuchillos del agua.
Haríamos retroceder con nuestros dedos ávidos
el vaho —ese aliento de la tarde de los vidrios—,
sus vagos e imprecisos mapas.
Y en medio de nosotros, húmeda de la lluvia,
la espiga del silencio levantada.