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Y seguimos pidiendo la palabra: LOS DIÁLOGOS DEL ORTRO XXXV Y XXXVI

Escrito por Ramón Cuéllar Márquez en Sábado, 12 Julio 2014. Publicado en Literatura

35

 

—Ojalá hubiera ganado. Todas las fuentes del país apuntan a que ganó el de oposición. Nosotros lo confirmamos con gente del otro lado del mundo —explicó la tía Julieta.

Sin señales de Helena. La impaciencia de Jano engordaba cada vez más. Dejó el vaso de agua en la mesa. Allí se encontraba la ex poeta, planteándole callar sobre lo que ocurría en los noticieros, mucho menos informarlo por internet; según su punto de vista, no debía alimentarse la noción de dos ganadores; “la gente terminaría confundida, sería un escándalo, ¿se da cuenta?”, subrayó, sonriendo. Jano notó que la voz no correspondía con el verdadero estado de ánimo.

—Dígame, ¿cómo lo hace? —preguntó, hastiado.

—¿Cómo hago qué?

—Una voz agresiva con una cara muy contenta.

—Parte de las buenas costumbres.

—Supongo que se referirá a que el infierno mental ya lo superó.

—¿Perdón?

—Sí, a que es usted muy feliz porque acopló perfectamente las emociones.

—¿Se burla de mí? —cuestionó, alterada, aunque con la misma sonrisa.

—Sólo subrayo una simpleza.

—Presiento que me juzga. Una cosa sí le digo, soy una mujer muy feliz, ¿comprende? —remarcó.

—Eso lo puedo ver con claridad, ex poeta.

—No me provoque.

—Julieta, vamos al grano, la cita no era para esto; hay otra razón. Se supone que nos veríamos los tres.

—Sí, existe un motivo importante.

—Casi lo adivino: Helena —dijo, sarcástico.

—Mi cuñado le informa que su hija no regresará.

Jano retuvo la respiración.

—¿Cómo? —gritó, golpeando la mesa.

Julieta volteó para todos lados, incómoda porque odiaba los escándalos.

—No se ofusque, queremos hacer las cosas bien.

—¿Las cosas bien?, ¿a qué se refiere?, ¿a que me calle?

—A un acuerdo.

—Mi relación con Helena está fuera de todo negocio; pregúntenle a ella si acepta lo que traen entre manos.

—Ya lo hicimos.

—¿Qué dijo?

—Por supuesto, como siempre, se opuso, así que tomamos medidas drásticas.

—¿De qué tipo?

—Mi cuñado autorizó para que la internaran en un centro de rehabilitación para adictos. Quieren liberarla del conflicto en el que vive.

—Están yendo demasiado lejos, ni siquiera fuma tabaco.

—Su mamá asegura que usted la droga. Es inexplicable que una muchacha de su clase social se involucre con un escritor pobretón.

Las palabras de Julieta dieron en el blanco: Jano se revolvió en su silla, luego se levantó, furioso, tomando a Julieta por la solapa de la blusa.

—¿Drogada?, ¿enloquecieron o qué?

Los clientes del café reviraron hacia la mesa; un hombre se dirigió a ellos. Julieta hizo una señal.

—Todo está bien —dijo, indulgente.

El hombre retornó a su mesa sin dejar de observarlos.

—Jano, hágame caso, le conviene. Mi cuñado le dará mejor vida.

—Los demandaré por secuestro.

—Nadie le hará caso. Mi cuñado se encargó de que Helena firmara un compromiso con él.

 

 

36

 

El aire fresco de la mañana encontró el rostro de Polo, el primero que recibía con menos tensiones. Tras varios días de encierro, salió a la calle. El policía no mintió cuando dijo que lo dejaría en libertad, pero con agentes que lo vigilaban día y noche.

Iba por la calle escabulléndose de sus guardias porque vería a Dagnino, quien se había puesto en contacto a través del correo electrónico, haciéndose pasar por una vieja amiga de la universidad. Él supo de inmediato que se trataba del hombre D porque utilizó palabras de los otros mensajes, de tal modo que pareciera una nota inocente de alguien que invitaba un café.

Primero caminó despacio para dar la impresión de que no huía, luego corrió lo más que pudo, hasta que sus piernas comenzaron a flaquear. Se recargó en una de las bardas. Buscó por todos lados, sin que hubiera nadie a la vista. Se irguió para continuar a lo largo de la avenida, pero una voz lo detuvo.

—Polo, lo he seguido desde hace varias calles, ¡qué difícil alcanzarlo! Los policías andan cerca, así que seré breve —dijo el hombre que se apersonó frente a él.

—¡Dagnino, me sorprende!; nos veríamos en el café.

—Ahí peligramos; lo mencioné para despistarlo, así ni sus vigilantes sospecharían.

—Bien, entonces, al grano.

—Sé dónde está su esposa.

—¿Perdón?, ¿mi esposa?

—Sólo escuche. Ella está bien, sin complicaciones de embarazo.

—Espere, más lento, ¿cómo sabe eso de Rocío?

—Ya dije que preste oídos. Su mujer se halla en un sitio seguro, la regresarán hasta que pase todo.

—¿Se implicó usted con Federico?…

—Sólo quería darle ese dato sobre su esposa.

—Me dejará en ascuas, quiero verla —suplicó Polo.

—Sea paciente, a su tiempo —pidió, retirándose.

—Espere…

—Me comunico con usted.

Dagnino subió la solapa de la gabardina para salir caminando a zancadas hasta que se perdió.

Debía regresar cuanto antes. Dio unos pasos, pero una mano cayó sobre su hombro.

—¿Conque haciéndote el perdidizo?

Polo volteó bruscamente: era uno de los policías.

—¿Por qué corriste, estúpido?, ¿quieres que te pongamos una madriza o qué?

—Salí a desentumirme…

—Esas son mamaditas, vimos cómo volteabas para todos lados. Ejercicios, eso no te lo cree ni tu pinche madre. Lo que querías era fugarte.

—Está equivocado —subrayó Polo, tratando de darse seguridad—, tenía las piernas entumecidas de tanto encierro.

—Ya nos estás cansando con tus imaginaciones. Si por nosotros fuera, ya te hubiéramos puesto en tu madre. Todo por El Jefe que lo impide; agradece que estamos de buenas.

Polo entró a su estudio. Esta vez lo acompañaba uno de los policías. Encendió la computadora para fingir que revisaría documentos; de cualquier manera sabía que lo estaban dejando usar la máquina a propósito. El agente lo veía de vez en cuando desde el comedor.

—Carajo —chilló Polo en voz baja, nervioso porque deseaba que el internet le diera nuevas noticias. Sin embargo, permaneció inmóvil.

El hombre tomó el control de la televisión.

—Hoy toma protesta el presidente electo —soltó—, ¿quieres ver cómo se cruza la banda?

 

 

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