• werr
  • werr
  • werr
  • wer
  • weeee

Y seguimos pidiendo la palabra: LO HICE

Escrito por Fernando Cázares en Sábado, 04 Mayo 2019. Publicado en Literatura, Narración, Poesía, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Lo hice, como es debido, sin temor a que se me juzgase. No es que haya perdido el juicio, no,  porque la poca razón que aún me queda me da para saber que nunca lo tuve. Es, en su totalidad, un recuerdo demasiado vago; de aquellas borrosas y polvosas memorias de antaño que he logrado escudriñar entre los inmensos galerones donde las guardo.

Tendré que vivir con eso atosigando mi conciencia, no es que me sea del todo agradable, pero sigue viviendo dentro de mi memoria; escondiéndose por ahí, con el único fin  de ser recordado alguna vez, quizá,  solo para un deleite pecaminoso. 

Eran las cinco coma cuatro de la tarde, no pasaban de las seis. Usualmente justo a esa hora del día el sol desfallece hasta los cuarenta cinco y se deja mostrar vacilante frente al  gran ventanal. Mal momento para sentarse en el escritorio de papá. Seria acertado decir que plantarse ahí haciéndole frente a los rayos de sol es un acto de locura, y lo es. Pero como tal, yo no conllevo ese tipo de conductas, no, yo me había situado de espaldas, dejando proyectar mi sombra en el librero del fondo.

Es una sombra larguirucha, delgada, sí, pero no esquelética; por que de serlo no proyectaría sombra tan simpática. Fue en algún momento que ojear libros de Víctor Hugo comenzó a resultarme demasiado superfluo, o quizá fue que empezaron a fundirse con mi sombra, o ese sonido, o ese maldito lápiz.

Sí, ese pedazo de madera de pino mal oliente que requiere que se le saque punta cada veinte minutos. Si se lo piensa bien no tiene ningún sentido; uno lo utiliza, se acaba y se saca punta, después se utiliza y así sigue un ciclo, demasiado sistemático si me preguntan. Por qué no hacer un lápiz que sea solo punta, o solo lápiz.

 

!El lápiz¡, sí, tenía que sacarle filo. Estaba empeñado en realizar mi utópico delirio; ''solo punta, o solo lápiz''.  Tome a Víctor Hugo por escudo, y como gladiador de la antigua Roma volteé para hacer frente al león que representaba el astro rey. El sol ya había descendido hasta los treinta y tantos y me abrí paso entre los rayos moribundos  haciendo uso de mi espada de madera y carbón.

Llegado a mi destino final, no muy lejos de la posición que anteriormente ostentaba, me situé frente a mi objetivo. Era una de esas maquinas traga madera que se acaban el lápiz  si a uno se le va la mano dándole  más que un ligero empujoncito. Todo lo que entra en esas maquinas desaparece como si de un hoyo negro se tratara.

Llevados los veinte minutos en la labor de volver mi lápiz "solo punta''  esa ya no era mi primera prioridad. No es que el sonido del motor de aquel monstruoso sacapuntas no opacara el suyo, pero le era imposible no hacerse notar. La había observado un par de veces, me percate tiempo antes de que ella rondaba por ahí.

También la estaba observando hace un rato por el gran ventanal, pero no me había causado impresión alguna. La escuche, si, una o dos veces, nada más. No le tome importancia en aquel entonces.

Ahora me tenía embobado, ni siquiera pude terminar de  afilar mi espada. Desde el gran ventanal se daba una vista de ella que era de más espectacular. Podía obsérvasela toda. Iba y venía por los jardines de enfrente, paseaba entre los automóviles, y en ocasiones, en un acto más extraño que normal, hacia pequeñas pausas cerca de los botes de basura como mirando de reojo que es lo que había en su interior. Era hermosa, su vestido a negras rayas hacia que en  sus paseos entre las flores se fundiese entre ellas.

Pero yo no era más que un mortal; condenado a mirarla de ese lado del cristal. Tendría que conformarme, nunca podría siquiera entablar conversación alguna, o llamar su atención como lo hacen aquellas apestosas flores coloridas de la casa de junto. Aunque me estuviera mirando, tenía la ligera impresión de que le era demasiado irrelevante. 

Pero me estaba mirando, y por consecuente la miré. Parecía que de una manera tímida trataba de enviar un leve saludo. Entonces se fue acercando, sus ojos negros se hacían cada vez más grandes a la distancia, pero para mí aún era pequeños. Eran dos manchas negras, en ellos se reflejaba tristeza, frialdad y una profundidad como si se pudiese ver en el mismísimo fondo de su alma.

Llegó hasta el patio de atrás y cruzó sin pedir permiso. Dio un par de vueltas, carentes de sentido por los alrededores. Luego se detuvo cerca del rosal, olió algunas flores, y esta vez se situó frente al gran ventanal.

Comenzó a dar pequeños golpeteos en el cristal, como pidiendo la dejara entrar. Me encontraba petrificado, inmóvil. Sus golpeteos se volvieron más insistentes y violentos, al cabo de un rato se tornaron en azotones. Es de esperarse, naturalmente, que no recuerde con detalle tal atrocidad, pero por alguna extraña razón le permití la entrada.

Corrí izquierda y derecha ambas puertas del ventanal. Se introdujo en el cuarto de estudio como alma que lleva el diablo, yendo  de una habitación a otra por la parte inferior de la casa. Hizo una ligera pausa por la cocina, inspeccionó cada rincón, pero al no encontrar nada de su interés volvió a donde estaba mi humilde compañía.

Se detuvo, finalmente, en el escritorio de papá. Se posó ahí, desfalleció, se dejó mostrar, era toda mía. Yo la observaba desde una esquina, ataviado de impresiones. La miré con cautela; me llené de su forma, de su belleza, de su aroma y de sus colores. Ahora su vestido a rayas que tanto le había envidiado a las flores  estaba todo a mi merced.  

Pero comencé a sentirme temeroso. No es que le tuviera miedo a su presencia misma, no, ni a la magnificencia que como tal representaba. Ni siquiera temeroso de que las flores volvieran a quitármela de nuevo. Era otro pensamiento que ahora me atormentaba.

¿Cómo podría criatura tan hermosa andar en la vida por ahí? De seguro si la dejara salir volvería a pasear vacilante por entre los jardines. Se movería tambaleante entre los automóviles otra vez, olería de nuevo las flores de la casa de junto y peor aún, le he enseñado como meterse por los ventanales. 

 Y es que no concebía la idea de que anduviese errante por  ahí metiéndose en algún ventanal  y posándose en otro escritorio para deleite ocular de alguien que no sea yo.  Ya mi padre me lo había advertido un par de veces; que  cuando se deja entrar a una criatura de esa naturaleza, ya no se le puede dejar salir.

Tuve que hacer pedazos mi alma, al mismo tiempo que la hacía pedazos a ella. Me acerqué cauteloso al escritorio, armado con mi lápiz de una sola punta, tratando de hacer mostrar en mí alguna señal de hostilidad. Pero fue en vano. Ella no estaba hecha para que la maltratasen, no conocía siquiera la maldad. 

Grité amenazante en dos  ocasiones, pensando que se iría por donde llegó, pero no. Incluso  le arrojé mi lápiz,  que pasó rozando uno de sus lados. Ella yacía inmóvil, sin mostrar inquietud alguna, y sólo estaba postrada ahí, mirándome.

 Mis más profundos adentros querían que se marchara; verla salir por el ventanal luciendo aquel lindo vestido, huyendo de la situación que estaba por acontecer en ese horrible espacio. Pero hizo caso omiso de mis insinuaciones.

Me acerqué, esta vez más de lo que lo había hecho antes, quedando tan cerca de ella que podía escuchar su respiración y apreciar con demasiada claridad cada parte de su cuerpo.  Entonces rodeé la parte derecha del escritorio con mis brazos, y sin que ella lo notara, busqué con mis traviesas manos en los cajones inferiores aquel artefacto. Era un artefacto de uso preventivo, solo para emergencias, y especialmente diseñado para acabar con el tipo de amenazas como la que ella representaba. 

Jale despacio la perilla del segundo cajón;  las aceitosas correderas hicieron imperceptible el sonido, así evitaron alarmarla y revelar mis oscuras intenciones. Cuando por fin puse mis sucias manos sobre el diabólico artefacto lo desenfundé de la cajonera en uno de esos movimientos que parten el aire en dos.

Cerré los ojos, y después de pasarme el antebrazo por el sudor en mi frente  propiné sobre ella una serie de contundentes y secos golpes con intenciones de aplastamiento haciendo uso de mi artefacto de acción preventiva.  No hubo parte de su cuerpo que quedara libre de tan tortuoso castigo.  Seguido de esto le precedió un largo y profundo silencio. Pude sentir que ahora la mía era la única alma viva que deambulaba por esa habitación. 

 Los músculos de mis ojos se encontraban trabados, pareciera que esas  dos partes del cuerpo que no tienen conciencia ni razón se negaran a ver tan atroz escena. Cuando por fin cedieron, lo que vi me dejo atónito. 

Es imposible describir la manera más horrible en la que se encontraba desmembrado su cuerpo. Fue, quizá, que para ese entonces ya había perdido  el juicio, pero no pude contar las partes en las que estaba dividido todo su ser.  Su vestido de rayas negras perdió toda forma posible, la profundidad de su mirada ahora se había tornado plana, no pude ni siquiera descifrar el paradero del segundo de sus ojos,  llegué a pensar que con tan fuerte golpeteo hubiese quedado pulverizado o reducido a porciones microscópicas.

El antiquísimo escritorio de papá había sido escenario de uno de los crímenes más impunes  y él aún no lo sabe. Pero es cómplice, en parte,  por haber dejado el arma del delito en un lugar de tan fácil acceso.  Y lo es, también, por no poner en las ventanas limitaciones que prohíban el acceso a tales criaturas de la naturaleza, puesto que a él nunca le han gustado las abejas.

Acerca del Autor

Déje un comentario

Estás comentando como invitado.