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Y seguimos pidiendo la palabra: JOSÉ EMILIO PACHECO

Escrito por Efraín Bartolomé en Martes, 26 Junio 2018. Publicado en Literatura, Poesía, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Baja a las soledades del jardín

y de pronto lo espanta tu mirada

Y alza el vuelo sin fin

Alza su libertad amenazada.

                                         

Para los vigesémicos que teníamos veinte años en los dorados setenta, estos versos que entonces difundía la radio resultarán familiares. Los escuché una vez y ya no los olvidé. Los poemas terminan pareciéndose al mar:

Empieza donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes

 

En esos versos había misterio pero también claridad: la misteriosa claridad. Y de esa paradoja se desprendía una emoción. El conjunto dice más que las palabras que lo componen: eso es la poesía.

Luego empecé a saber del autor de aquellos versos: en edad tenía apenas una década más que nosotros, pero en cultura y sabiduría nos superaba por varios siglos. Su nombre: José Emilio Pacheco.

Teníamos veinte años y José Emilio escribía en la pizarra de nuestra fresca memoria: Alta traición, El equilibrista, Mosquitos, Preguntas sobre los cerdos e imprecaciones de los mismos, Los grillos (defensa e ilustración de la poesía), Autoanálisis, Clínica de belleza, Vanagloria o alabanza en boca propia, Dichterliebe, Moralidades legendarias y un feliz etcétera…

Teníamos veinte años. Aspirábamos, con más fuerza que ahora, al título de poeta. José Emilio nos hacía más difícil la tarea. Había escrito advertencias como ésta:

Quisiera ser un pésimo poeta

para sentirme satisfecho con lo que escribo

y vivir lejos

de tu dedito admonitorio,

autocrítica.

 

Agregaba que alrededor de una idea original siempre arroja su maleza la retórica.

Decía que quizá nuestra época nos dejó hablando solos.

Parecía querer desilusionarnos.

Pero seguíamos leyéndolo y confirmábamos que sí tenía sentido nuestra decisión de servir a

la perra infecta, la sarnosa poesía,

risible variedad de la neurosis,

precio que algunos pagan

por no saber vivir.

La dulce, eterna, luminosa poesía.

 

Tuvimos veinte años.

Luego tuvimos treinta.

No me preguntes cómo pasa el tiempo: pasa y es todo.

Uno está vivo y siente.

Mira los elementos de la noche: islas a la deriva,

falsos testimonios y señales de vida en el reposo del fuego.

 

No me sentiré mal:

seguiremos leyendo tus poemas en público y en privado.

Seguiremos dándole su único sentido a la poesía:

hacer que tus palabras sean nuestra voz

por un instante al menos.

 

Esta es mi forma de decirte

cuánto te seguiremos queriendo.

 

Buen viaje, hermano mayor...

 

 

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