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Y seguimos pidiendo la palabra: LOS BRAZOS DE LA ETERNIDAD

Escrito por ¡Y seguimos pidiendo la palabra! en Martes, 05 Diciembre 2017. Publicado en Cuento, Literatura, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

El día de mi muerte se acercaba, estaba rodeado de mis hijos, nietos y de mi empleada  Lauren. Eran la única que realmente me quería, a ella nunca le importó mi dinero, es increíble que una  chica de 18 años  me cuide con tanto cariño y paciencia,  quizá sienta un poco de compasión por mí, que soy un pobre viejo retirado de los campos de batalla,  tuve el honor de conocer  al general Aureliano Buendía, aquella vez que luchamos contra el ejército de la guerra cristera, estábamos hartos de  que la iglesia influyera en los asuntos del gobierno, hartos de escucharlos gritar  ¡Viva Cristo Rey!  Ah cómo me acuerdo de esos momentos, siempre se los cuento a Lauren porque mis nietos están hartos de escucharme.

Papá, papá ya vas e empezar, deja de meterle ideas a nuestros hijos, ellos no están para oír tus locuras, ya deberías…

Morirme ¿Verdad? lo único que les interesa es mi dinero pero no les daré el gusto  “como dice el dicho cría cuervos  y te sacaran los ojos”.

Ya cállate viejo deja de molestar.

  1. Mocha,  Acompáñeme al patio para que me siga contando eso de los cristeros, está requeté interesante.

Gracias hija tú eres un ángel en esté frio invierno,  la primavera que  colorea  una boca fría que se acerca a la muerte.

No sé preocupe Señor.

Yo era un estorbo para mis hijos, de que me sirve tener dinero,  si estoy más solo que un perro, con ella hubiera sido tan feliz. Flor se murió, hace ya catorce años,  lo único bueno es que pronto estaré con ella, es a la única mujer que he amado en mi vida.

La conocí  cuando el coronel Buendía  me llevó a un burdel para festejar el triunfo contra los cristeros, era la más hermosa de todas, sus ojos verdes, su pelo largo, rizado, su piel blanca como la nieve y su mirada tímida.

Mira te presento al Sr. Moncha  es parte de mi ejercito.

Hola Sr. Moncha.

¿Cómo te llamas niña?

Flor, Flor Ma…

Qué más da Moncha, si para lo único que sirve son para darnos placer, Flor tráenos algo de tomar, que sea Whisky, sí dos  Whiskys.

Sí, señor.

Es muy bella,  es un ángel.

No sé ilusione Moncha, mujeres como éstas no tienen porvenir, son putas al fin, con cualquiera les vuela la mecha.

Claro que no, ella es diferente, sus ojos verdes me lo dicen.

¡Qué va!

Aquí tienen sus bebidas.

Gracias.

Espera, dime tú nombre, anda bonita de ojos verdes.

Flor María.

Pasaron  varios días de no ver a Flor María en el burdel de doña Jacinta,  el coronel Buendía no entendía de aquel amor que yo sentía por Flor,   todos los días asistía puntual a ese lugar con la esperanza de ver a mi ángel; hasta que me entere que un doctor la había comprado y se la había llevado lejos de  Pornai. La busque por los pueblos cercanos a Pornai y me dijeron que se la habían llevado a la ciudad.

Cuando terminamos  nuestra misión en ese pueblo,  decidí  ir a la ciudad a buscar a mi ángel,  la ciudad era tan grande que pase años buscándola.  

Un verano de 1928   caminando por el parque conocí a Gabriela  era bonita pero no tanto como  mi Flor.

Sr. Se le cayó una foto.

Gracias.

¿Su esposa?

No,  es mi madre.

Mi nombre es Gabriela Paz.

El mío Arcadio Moncha, militar del ejército Buendía.

Después de un tiempo de entablar amistad con Gabriela, empecé a sentir cariño, la esperanza de encontrar a Flor se iba apagando,  por lo que  Gabriela y yo nos casamos tras un año de habernos conocido;  tuvimos tres  hijos o más bien tres cuervos.

De niños los complacíamos comprándoles juguetes, de adolescentes con automóviles  y  enviándolos a colegios particulares. Sin duda mis hijos fueron y son muy materialistas incapaces de tener muestras de cariño conmigo pero sí con su madre.  Ella lo era todo para ellos, y  yo siempre fui un estorbo.

No diga eso señor, usted es muy bueno, se esforzó por complacerlos.

Lauren,  hija mía ¿alguna vez  te he dicho que  tienes un gran parecido a Flor?

¿Qué cosas dice señor?

¿Crees en la reencarnación?

De pronto me vi rodeado de mis hijos, nietos y de mi empleada  Lauren,  sentí que mi cuerpo ya no era mío, vi la luz de la nueva aurora, Flor estaba ahí  extendiendo sus  brazos hacia mí, por primera vez sentí el amor, el verdadero amor, por fin  estaría junto a ella hasta la eternidad.         

Todos mis bienes pasaron a manos de Lauren para que pudiera continuar con sus estudios. 

 

Autora: Abril Tejeda Rodríguez

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