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Y seguimos pidiendo la palabra: CHASQUIDO

Escrito por Rodrigo Bazán en Miércoles, 10 Octubre 2018. Publicado en Literatura, Política, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Então disse Deus a Noé: O fim de toda a carne é vindo perante a minha face;

porque a terra está cheia de violência; e eis que os desfarei com a terra

(Génesis 6:13)

 

Mi abuela decía que El Castillo está ahí desde que la tierra salió de nuevo a flote y que alguna vez oyó a unos hombres contar ‒mientras asaban carne en la orilla y las luces en el cielo de la noche se esforzaban por brillar más que la ciudad al otro lado del agua‒ que de ahí viene todo lo vivo, todas las parejas de los Abuelos de Antes, con los que empezó todo.

            ¿Recuerdas la tarde que nos metimos en él? Las lluvias hicieron subir el manglar y nos pareció fácil trepar por estribor. Te veías hermoso escurrido de agua y tensando los músculos para izarte sobre la borda. Entonces nadabas mucho más rápido que ahora, aunque no fueras el cazador siempre mortal en que te convirtió el tiempo. No, no es que extrañe cómo eras, pero veo las diferencias: nadie puede pasar tanto tiempo con alguien y no aprenderse su piel entera; hoy la tuya es, con mucho, menos lisa que entonces... tiene la cicatriz, por ejemplo.

            No los vimos. Nunca pensamos que hubiera jovencitos escondidos en las ramas bajas de la planta fuerte; quizá porque nos daba tanta curiosidad que cuando pudimos subir no resitimos sin ir a verla. A veces todavía, cuando me adormezco en la orilla del agua recuerdo su carne dura en el vientre mientras intentaba treparla y las ramas llenas de hojas que casi no me dejaban ver dónde caminaba sobre la cubierta. Y vuelvo a ver la luz filtrada entre esa maraña verde y el cielo atrás, como la adivinanza azul de un pez que se escapa en el río. Por eso creímos estar solos hasta que fue tarde.

            Vi una rama moverse y me detuve. Se balanceaba adelante y atrás pero tenía la piel lisa. Me acerqué como una estúpida: sin levantar antes los ojos. Y cuando estuve cerca resultó que la rama no lo era, sino una pierna a la que le seguía el cuerpo delgado de un muchachito que me veía desde lo alto de la verdadera rama, perpendicular a su pierna.

            Pensé que me iba a atacar: abría aterradoramente los ojos y gritaba muchísimo. Me asusté más y chasqué los dientes; sólo eso: un abrir y cerrar de mandíbulas claro pero no amenazante para que supiera que no quería nada con él pero que no estaba indefensa. Y ése fue el gran error porque entonces apareció el otro, el grande, agitando en la mano algo que parecía una hoja de palma pero era negra y zumbaba en el aire cuando lo movía de una lado a otro sobre mi cabeza mientras avanzaba y retrocedía, quizá sin saber cómo atacar, pero metiéndose entre el más pequeño y yo.

 

Empecé a sentirme acorralada y me eché hacia atrás. Quería asustarlo para abrir un espacio, entre la borda y él, que me permitiera bajar al agua de nuevo, aterrada, además, por lo torpe que me he sentido siempre en tierra. Entonces te vi llegar de reojo, por la derecha, e írtele encima como la vez que los jabalíes se metieron en el nido y saliste a la orilla con todo el impulso de tu cuerpo, más por espantarlos sin que pudieran pisarnos los huevos que para realmente cazar a alguno de los más chicos.

            El muchacho saltó hacia atrás, y abierto el espacio que necesitábamos, me gritaste que escapara, que ahora mismo me seguías. Me tiré al agua sin pensarlo pero asustada de no ver cómo terminaba la lucha a mis espaldas. Me sumergí y avancé tan rápido como me dejaba el miedo. Sólo después te sentí nadar a mi lado, dejabas una fina estela de sangre y te costaba impulsarte porque te habían cortado cerca de la axila derecha. No paramos hasta saber que habían dejado de perseguirnos. Entonces,  al otro extremo del manglar, en una orilla desde la que ni siquiera puede verse El Castillo, emergimos y en la arena empezó a secarse el corte que el tiempo convirtió en esa marca que te distingue.

¿Te acuerdas de esa tarde en El Arca? ¡¿Qué miérdas hacían esos cocodrilos ahí?! ¡Ja,ja,ja: recuerdo tu cara de susto! Menos mal que piqué al más grande con el machete y ambos se echaron al agua. Parecían macho y hembra y como que él la quiso defender para que corriera antes. Sí, ya sé que tú no les hiciste nada; y también me pregunto cómo se subieron al barco y por qué estaban ahí. Suerte para ellos que aún no tuviéramos el rifle, ¿no? ¿Te imaginas si hubiera matado a aquella bestia enorme? ¡Medía como seis metros! … ¿Cómo que tres? ¿Estás loco? Alguien me contó que muerden con tonelada y media de fuerza y miden hasta ocho metros y pesan mil kilos ¿cómo iba a medir sólo dos metros? … Si, bueno, dijiste tres, pero da igual: medía más y tú estabas tan espantado que por eso no te acuerdas, pero si ocurriera hoy quién sabe cómo acabaría: entonces nadabas mucho más rápido que ahora. No, no es que extrañe como éramos, pero veo las diferencias, hermano: nadie puede pasar tanto tiempo con alguien y no ver los cambios.

 

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