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Y seguimos pidiendo la palabra: EXTRAÑOS VISITANTES

Escrito por Carlos Palacios en Viernes, 09 Marzo 2018. Publicado en Literatura, Política

Mi abuelo solía contarme historias de su niñez y sobre todo, de la comarca de donde él vivía.

Una vez me contó que el lugar del que provenía se caracterizaba por su desconfianza paranoica hacia los extraños. En los tiempos de antaño, la comarca era visitada con frecuencia por viajeros que iban de paso, para descansar y reponer provisiones.

Sin embargo, las constantes visitas no siempre eran beneficiosas. Como resultado, los habitantes aprendieron a no dejarse fiar por los desconocidos. Durante las noches atrancaban las puertas y ventanas. Nunca paseaban solos una vez que el sol se ocultaba. Y en especial, jamás, jamás se atrevían a entablar una conversación con extraños.

Pero alguna vez el pueblo fue diferente o al menos eso creía mi abuelo. Todo ese recelo derivaba de hacía tiempo, mucho antes de que mi abuelo naciera.

Durante esa época, cierta vez llegó un grupo de viajeros. Tanto hombres como mujeres vestían ropajes de distintas pieles de animales, eran altos, musculosos y velludos, mayormente los hombres.

Se instalaron a las afueras de la ciudad, donde erigieron un pequeño campamento. Desde el primer día en que llegaron, hasta que se fueron,  su presencia fue inquietante para los habitantes, no sólo por su aspecto rudo, sino por sus hábitos poco ortodoxos, como preferir la carne cruda. El mismísimo carnicero los  vio horrorizado engullir dos terneras recién despellejadas, y el tabernero fue  testigo de su sed insaciable.

Luego de tantas quejas e inconformidades, el alcalde de entonces, se armó de valor y les pidió que dejaran el pueblo y siguieran con su camino. Los  forasteros  prometieron retirarse, pero al finalizar la semana aún estaban ahí.

El alcalde continuó insistiendo, hasta que finalmente se vio obligado a enfrentarlos, y accidentalmente, el alcalde mató a su líder al empujarlo contra una holla de aceite hirviendo. El aceite le quemó el rostro y la  carne ampollada se le cayó en pedazos. Sólo así, los forasteros regresaron al bosque.

Aquella noche que siguió a la partida de los forasteros hubo luna llena, y fue especialmente fría. Los perros no dejaron de ladrar y hubo quienes aseguraron haber escuchado aullidos provenientes del bosque. A la mañana siguiente los ciudadanos despertaron con la noticia de la muerte del alcalde. Lo hallaron destripado en su cama. La ventana de la habitación estaba hecha añicos, las paredes presentaban profundos rasguños y había pelo y sangre por donde quiera. Incluso encontraron enormes huellas en la alfombra.

Rápidamente se formó un grupo de hombres armados con fusiles, trinches y palas, que partieron a la caza de la bestia responsable. Sin embargo, al indagar en el bosque lo que encontraron no fue un oso (que eran muy comunes en la zona), sino los restos del campamento y las vestimentas andrajosas de los extraños.

A medida que siguieron las huellas de las botas, notaron que éstas se convertían en marcas de garras. Y el rastro llevaba de regreso a la ciudad.

 

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