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Los diálogos de Ortro. Capítulo I y II

Escrito por Ramón Cuéllar Márquez en Viernes, 02 Mayo 2014. Publicado en Literatura, Política

Capítulo I y II

Ramón Cuéllar Márquez

 

El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos.

 Marcel Proust

 

En un mundo enfermo hasta los fuertes están enfermos.

 William Olaf Stapledon

 

 

 

1

 

No faltaba mucho para que esquivara el impacto con el otro automóvil. Cuando abrió la puerta del cubículo Polo se quedó sorprendido al ver en el escritorio un sobre blanco con su nombre. Rasgó el papel, sacando una hoja:

 Tengo y necesito información importante. Me pondré en contacto.

Venía sin firma, el trazo de las letras indicaba prisa. Reflexionó unos instantes sobre cómo un mensaje de ese tipo le llegó en pleno siglo xxi: cualquier texto podía enviarse en forma de bites con mayor privacidad.

—Aunque el internet es tan inseguro —murmuró—, un abanico de posibilidades.

Guardó la hoja en el saco para ir en busca de Cirse, la secretaria de su jefe, una mujer atractiva, pero de facciones hoscas.

Con una taza de café en la mano, Polo entró a su estudio para encontrarse una vez más en el chat con Jano, quien vivía del otro lado del mundo, también en una isla. En las últimas semanas las pláticas lo motivaron a escribir de nuevo, aunque por el momento no tenía espacio ni tiempo, hacía mucho que el cursor no fluía a través de los párrafos. Al abrir la puerta del estudio observó que Rocío, su mujer, tenía los libros apilados en el suelo.

—De seguro dirá lo de siempre, que no le gusta que las cosas estén en un solo lugar —suspiró, jalando la silla para sentarse frente a la computadora—; lo malo es que los deja así por semanas. Luego me sale con que “te los muevo para que no termines escribiendo en las paredes”; ni que me fuera a desquiciar, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?

Esperó unos segundos hasta que la luz de las ventanas del programa, acompañada de la música característica, se expandió en la pantalla. Dio varios cliques a diferentes cuadros para llegar al sitio donde estaba Jano. Carraspeó hondo; tenía la nariz obstruida por la mucosidad que generaba el cigarro. Ahí estaba. Puso la flecha en un icono. Aguardó unos segundos para recibir una respuesta. Con Jano se había acostumbrado a no usar la simbología de los internautas, sino que escribía con los intervalos debidos, sin encimar diálogos y con palabras completas.

—Por aquí andamos… ¿cómo estás, Polo? —escribió Jano.

—Bien… regreso del trabajo.

El huso horario de Jano no era el mismo; por lo menos los distanciaban ocho horas, o cien meridianos, como se puede ver en cualquier mapa.

—Ya es medianoche por allá… —tecleó Polo con rapidez.

—Sí… es muy rico… está silencioso… me deja escribir.

—Cómo me gustaría disfrutar de ese placer —anotó Polo, al tiempo que tomaba un sorbo de café.

—Sólo hay que hacerlo, te lo he dicho… nada del otro mundo.

—Pues a veces creo que sí… la burocracia roba energía… Cuando llego a casa sólo quiero ver televisión…

—¿En serio?

—Penosamente lo confieso… Pero… dime… ¿qué hay contigo?

—Ya sabes que terminé mi novela El caballero se ha posado… Te mando el archivo para que le eches un ojo.

—A ver si puedo… Como dije… el trabajo seca el cerebro.

—En un tiempo libre quizá.

—Procuraré… Oye, aparte de ésa… ¿ninguna en puerta?

—Sólo unas ideas… Cosas que platico con mi mujer… A veces pasan semanas sin nada… Me atoro muy seguido… Y eso que no soy burócrata...

—¿Cómo?

—Perdón, bromeaba… A veces digo tonterías… No he andado bien… Trato de evitar la situación de Helena.

—¿Por lo de sus papás?

—Sí.

—Caray, qué historia tan cansada.

—Por ahora es inútil… Mira, ya no hablemos de eso… mejor cuéntame cómo van las elecciones… En la televisión… en los periódicos de por acá dicen que van parejos los candidatos principales…

—Te diré… a pesar del trabajo que tengo, prefiero ver a los toros desde la barrera…

—Ya sabes cómo funciona…

—Uta, que si no…

—Sí… muy atinado el uta… ¿Cuándo serán las elecciones?

—Dentro de tres semanas.

 

 

 

2

 

 —Cirse, no pases llamadas —gruñó Federico, cerrando la puerta de su oficina. Una vez dentro abrió con cuidado el enorme sobre manila que traía bajo el brazo. Sacó dos fajos de billetes. Se sentó en el sillón para verlos—. Ya me lo dieron, ahora ¿qué sigue?

 

Hacía varios años que Jano decidió cambiarse de domicilio, yéndose al otro lado del mundo. Un día tomó el avión para dejar atrás familia y amistades. Tenía que haber algo más.

—Quiero cambiar de ambiente —dijo a todos, seguro de que el entendimiento llegaría antes que el dolor de la separación. Nació y creció en un país que dio cobijo a sus padres, quienes huyeron de una dictadura y de una guerra civil. Jano se sentía ajeno a la ciudadanía de Polo, por eso buscó en las profundidades de la Biblioteca Nacional los barruntos de su identidad, topándose con los libros de caballería y con la poesía juglaresca de la Edad Media. Descubrió en varios mamotretos la vida que otros investigadores no veían, incluso se compró un par de libros que le aseguraron eran de la época, además de objetos que pertenecieron a armaduras antiguas, con tal de concebir, decía a todos, las luces y las sombras de ese periodo.

—Mi fantasía suprema es una armadura completa —le dijo a Helena, su pareja, una mañana, cuando contemplaban una tienda de antigüedades.

—Conque no vayas a ponerla en el piso donde vivimos, mira que nada cabe, ¿eh? —repuso, asustada de que Jano introdujera algo así en sus vidas.

No obstante, lo suyo eran los libros.

—Cuando leo, cada libro es un dejarme impregnar por el olor a plomo de las letras —proclamaba en los tiempos de la universidad—, capaz de crearme una realidad que nunca he experimentado.

—Se me hace que fumas tinta —le replicó alguien, burlándose porque aquello se antojaba más para el desvarío.

—Al contrario, el olor a papel viejo, el encuadernado, el pegamento exigen leer; es como cuando comes: primero haces digestión con los olores.

Argumentaba que la isla donde nació era demasiado aldeana. Tal idea prosperó cuando tomó cursos con un escritor, Jacobo Mazuk, quien iba de pueblo en pueblo dando talleres literarios; Jano lo apodaba “El Hacedor de Estrellas”, en alusión a la película de Giussepe Tornatore, donde el personaje principal recorría pueblos vendiendo la promesa de hacer una estrella de cine en Hollywood a quien se realizara una prueba ante la cámara, cobrando una fuerte suma. Obviamente, se trataba de una estafa.

—Quiero ser escritor de tiempo completo —explicó también a sus amigos antes de irse—, y aquí nunca pasará eso.

Recordaba a Mazuk como un hombre capaz de abordar todos los temas, de cambiar de estilo en cada libro, de influir en sus alumnos de modo significativo. Jano terminó odiando —como Mazuk— las políticas editoriales de la ciudad porque los libros se embodegaban sin llegar a su destino.

—Tengo toda la razón —le dijo a Polo—, por eso me voy, ¿cuándo nos conocerán si no vamos al gran lector?

Por eso, una vez instalado al otro lado del mundo, pidió a Polo que le contara sobre la vida diaria, incluyendo los pormenores de ciertas personas: “¿Qué había sido de Jacobo Mazuk?”, por ejemplo, a quien había conocido durante la presentación de uno de sus libros. En la misma sesión, el escritor ofreció sus servicios para dar talleres de novela. Tanto él como Polo se inscribieron, pero pronto descubrirían que los talleres sólo eran para que el alumno terminara pareciéndose al maestro. Mazuk hacía trizas sus trabajos, en especial los de él, argumentando que así adquiriría sentido crítico, pues el público no tendría compasión a la hora de la verdad.

A las pocas semanas de haber arribado a su nuevo país, o al de origen, si se prefiere, consiguió trabajo dando clases particulares para después colocarse como académico en la universidad de la región. Exploró los lugares que había leído para regresar al espíritu de las calles y edificios que creyó alguna vez ficciones por estar en los libros. Quizá ese era el pábulo de su obsesión con la Edad Media.

Después de años de autoexilio, con la llegada del internet, decidió recontactar a sus viejos amigos de la Universidad Nacional; primero a los más íntimos. Sus ojos vivaces buscaron en la red los sitios donde sabía que estaban. Situado entre el pasado medieval de sus libros y las largas pláticas con gente del otro lado de la pantalla, imaginarias por sólo leerlas, se acomodó a su nuevo mundo. En ocasiones platicaba con audio y cámara, pero prefería el tecleo y el ruido de la máquina que dejaba la percepción de estar creando.

Jano logró colocarse entre los escritores del lugar a pesar del rechazo con que fue recibido, pues lo consideraban oriundo de un país bananero. No hacía mucho que conoció a Helena, una mujer que acababa de terminar una relación tormentosa, de la que habló al principio una y otra vez, pero después de meses de encuentros, dejó de hacerlo.

—Oye, es que parecía que seguías enamorada de ese cabrón machista —le soltó, cuando ya vivían juntos. Fue hasta entonces que Jano se acercó a ella sin los temores ni los rencores de ese pasado. Sin embargo, pensaba que en el rompimiento con aquella ex pareja, seguramente tuvieron que ver los padres. Después de un año de relación decidieron vivir juntos a pesar del encono familiar.

 

Ahora estaban en un vínculo cada vez más cotidiano.

Durante la cena, él le pidió perdón por no dedicarle más tiempo. Ella guardó silencio. Lo miró mientras comía con lentitud; al final respondió:

—No me quejo, sé que tus terquedades literarias son importantes, así que me siento incluida como una de tus obsesiones.

—Si lo pones de ese modo.

Al terminar recogieron los platos para dejarlos en la cocina.

—Mañana los lavo —dijo él—, quiero iniciar de una vez por todas la novela nueva.

Jano fue hacia su estudio encontrando el orden de siempre. Helena tenía todo bajo control, incluidos los libros. En la mesa de lectura tenía la versión inédita de El caballero se ha posado, su libro. Lo tomó entre sus manos, lo hojeó, disfrutando el aire que daba en el rostro. “Jo, con que no te conviertas en El Quijote”, le dijo Helena cuando comenzaron a vivir juntos, dadas las horas que Jano pasaba frente al monitor o leyendo. Era tiempo de que su trabajo saliera a la luz. Algunos contactos, convencidos de que se publicaría, lo recomendaron en una editorial. Quizá por eso había preguntado por Jacobo Mazuk porque con él habría una posibilidad extra. Se apostó frente a la computadora para revisar sus correos electrónicos: había uno de la casa editora. Lo abrió con temor. El mensaje decía brevemente que la obra había sido rechazada por su fuerte carga medieval y que la empresa buscaba historias más actuales y rentables.

 

 

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