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Y seguimos pidiendo la palabra: MOTOROLA STAR TAC 70

Escrito por Rodrigo Bazán en Domingo, 09 Abril 2017. Publicado en Cuento, Literatura, Narración, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Es cierto: siempre he sido muy nervioso, pero no puede afirmarse que perdiera la razón. Mi dolor, como podría llamarse esta enfermedad, agudizó mis sentidos y mi oído percibe cuanto puede oírse en la tierra y el cielo. Pero, sobre todo, escucho muchas veces el infierno. ¿Puedo ser, entonces, un demente? Dame un momento y verás cuánta cordura hay en mi narración, aunque no la veas en lo que nos ocurre.

Los teléfonos celulares me molestaban mucho, pero al paso del tiempo debí conseguir uno porque sin él perdía oportunidades volviendo al local tras cada trabajo; como fontanero eso no me convenía y al final ...

¿No sabes qué es un fontanero? ¡Qué curioso, como tú llamaste pensé que sabrías! Quiero decir, el lavabo que arreglé es del lindo baño en tu departamento, parte de tu hermosa vida, supongo ...

¡No! Sería un plomero si trabajara soldando fugas con plomo; reparaciones vulgares para un oficio vulgar. Yo, en cambio, hago llover sobre tu cuerpo cuando entras en la regadera. Yo me aseguró de que una fuente mane y puedas lavarte la cara y despiertes y te despejes antes de empezar el día aunque, por supuesto, tú crees que sólo soy el tipo al que llamas cuando tu vida se llenó tanto de mierda que hasta el escusado lo sabe y se desborda, ¿no?... entonces normalmente vengo, abres la casa y no me miras siquiera, me llevas al baño, preguntas cuánto va a costar porque no quieres porquería en tu vida pero tampoco hacer esfuerzos por limpiarla (y a fin de cuentas el dinero es eso: un esfuerzo consolidado). Discutimos el precio. Te explico lo que es un cople, por qué los necesitas y la dificultad que supone ajustarlos bien y finalmente me dejas tranquilo. Trabajando solo puedo, al fin, domesticar nuevamente la tubería de tu casa, me pagas, cierras la puerta y te olvidas de mí: el vaho de podredumbre ya no invade tu sala ni tus sueños y eso te pone contenta; yo únicamente soy quien vino a sacarte toda la porquería de encima y he cumplido mi función. Si ya no me necesitas, ¿por qué tendrías que ocuparte de mí? ...

Cierto, ahora no hice eso, pero hablaba de circunstancias normales y tu pregunta sobre fontanería me distrajo, disculpa ... Mh, ah sí: te decía que compré el celular y pude tomar trabajos desde la calle. Mi vida mejoró mucho y empecé a trabajar fuera del rumbo en que me moví siempre: la ciudad se abrió ante mí, deseosa de que la conquistara y yo quise poseerla por completo, feliz de conocer cosas nuevas y otra gente. Fue entonces que me encontré con ella.

Cómo acabamos en la cama no es, en realidad, importante. Sobre todo porque nada de eso va a pasar contigo ... Sí, bueno: llamó desde un departamento cercano al Jardín Juárez porque el fregadero estaba roto y la casa era de una amiga suya que estaba de viaje, dijo. Y después, en algún punto, mientras me afanaba de rodillas frente a la tarja, volvió a la cocina sin bragas y sentándose sobre el filo del mueble me hizo comerle el coño muy despacio, dándome siempre instrucciones precisas, lloriqueando de placer y exitación aunque, también, casi menos ocupada en sentir que en dirigirme.

Mucho después, cuando terminé el arreglo y ya me iba, me pidió una tarjeta mientras sonreía y me decía: “Gracias”.

No pude más que sonreírle.

‒Gracias a ti.

‒No, gracias por la tarjeta‒, me dijo.

Mi teléfono sonó y ella se reía.

‒Soy yo, llamando para que tengas mi número. ¿Me llamarás? Me gustó mucho‒. Me arrancó el celular de las manos porque yo la veía como un imbécil y lo apagó. Me lo tendió mientras parecía pensar en otra cosa y entonces empezó a manipularlo como si buscara algo. ‒¡Guau, que viejo es! Casi no puede recibir mensajes. Pero bueno, ya puede mandarte el tono, creo. ¡Listo! Ahora tienes mi número y mi sonido especial para que no me confundas.

No llamé porque me dio miedo. Pero a ella no.

La segunda vez que nos vimos me citó en un hotel de paso, barato y sucio donde, sin embargo, la tarde se nos hizo madrugada sin que me cansara de su cuerpo o ella dejara de provocarme a seguir. Sentí que me adormilaba un momento y desperté poque el amanecer era frío. Ella no estaba; llamó días después, preguntando dónde trabajaría, si podía alcanzarme, si podíamos mejorar lo de la casa de su amiga. Pensé que sólo era una fantasía: dejarla cumplir un deseo porno, adolescente, con qué demostrarse que podía coger con desconocidos o chupársela a un hombre tan ajeno a su mundo como un fontanero. La di la dirección.

No se le pasó, sin embargo, y al contrario, empezó a llamar con regularidad para cerciorarse de si mis clientes nos dejarían la casa a solas. Yo aprendí a adivinar su timbre. Aquella melodía que imitaba una cítara y el fondo de supuestas palmadas marcando el ritmo destacó siempre sobre los ruidos de un vagón de metro. En los pasillos del mercado. Como algo distinto al murmullo urbano y el zumbar de las vidas ajenas que consideré inferiores por no ser como la mía: perfecta desde que la compartía con ella. Sonaba entonces el teléfono y era como una fanfarria y una explosión de alegría pues sabía que era el amor quien llamaba, aunque no siempre pudiéramos vernos. Es más: por curioso que suene, muchas veces fue mejor no vernos: para compensarnos yo le hacía una broma que nos salvara de su mal humor y ella se reía de placer, conforme ya con escucharme sólo un momento y preguntar cómo me iba el día, por mandarme un beso y decir “te quiero”.

¡Lástima por ti que terminé por creerle!

Un día sonó el teléfono y cuando intenté contestar descubrí que enviaba un mensaje. Nunca antes lo hizo; según ella le gustaba mi voz. Abrí el buzón como pude, poco acostumbrado a esas cosas y encontré un texto que era de verdad sencillo: decía “te quiero pero no puedo seguir porque no quiero lastimarte”. La llamé y no contestó; una grabación anunciaba que el suscriptor no estaba disponible.

Decidí esperar, llamarla más tarde, no dejar que el miedo me invadiera el estómago.

Por la noche y a la mañana siguiente volví a intentarlo sin lograr nada. Dos días después empecé a revolver cada sitio en que nos habíamos citado, creyendo que la nostalgia podría acercarla a ésa, nuestra ciudad: la que se nos tejió por los baños de otra gente, cuando la penetraba por la espalda y nos mirábamos jadear en un espejo de lavabo, cuando ella galopaba en mi verga abriendo las piernas sobre mí y el escusado que nos sostenía, cogida de mis hombros y haciéndome hundir la cara entre sus tetas a un ritmo que nadie más entenderá nunca.

Incluso volví al departamento en que nos conocimos, dispuesto a preguntar por ella a quien abriera la puerta y lo hallé vacío, en renta.

He marcado su número todos los días desde entonces y siempre responde esa máquina, como un oráculo, y sella mi destino: “el número telcel que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio. Le sugerimos llamar más tarde”. Así que eso es lo que hago: llamo más tarde y mientras tanto debo trabajar y buscarla en cada nuevo lugar donde me solicitan un servicio, cuidar y atender mi teléfono, aprovecharlo 24 horas, 365 días. Esperanzarme.

Al final perdí la expectación y me acostumbré a desear, simplemente, que un día el sonido anunciara su regreso; por eso dicen que estoy loco, por la atención que presto a los teléfonos entre el resto del ruido. Porque distingo a la gente por el tono en su celular más que por su cara. Pareció que el suyo no volvería a sonar nunca y hoy, sin embargo, tu teléfono también lo tiene, lo escuché ahí afuera, en tu buró mientras estabas en la cocina y yo arreglaba el lavabo ...

Estoy contento ¿sabes? Al fin descansará su recuerdo porque ustedes son iguales: hermosas, despiadadas; mujeres que no vacilan en destruirle la vida a un hombre con un mensajito de texto, que nada se cuestionan y juran que cambiar de amante es sencillo y mejor que comprometerse con algo más que la montaña rusa de cogerse un fontanero a escondidas ...

No te asustes, por favor: no va a dolerte. Esta llave Stylson pesa algo más de cuatro kilos y es de hierro fundido: el golpe te romperá el occipital y estarás muerta antes de darte cuenta. Voy a dejarla caer sobre tu nuca sin asomo de duda para no repetirlo ni estropearte el cabello. Se te ve lindo de ése color, aunque no sea el tuyo ... ¿Sabes? Podría machacarte el cráneo y coger tus sesos con los dedos y creo que me sentiría bien al saber qué hay dentro de tu cabeza. Pero no vale la pena ensuciarte el cuarto: tampoco así sabré qué pensaba ella y además le molestaría: siempre fue muy correcta al hablar, y si alguna vez discutimos nunca me insultó ni perdió la mesura; algo le pasó en la infancia y odiaba profundamente esas cosas, así que me esforcé mucho para ser tan pulcro y articulado como ella; y ahora no quiero estropearlo ... ¿Quieres un mazazo limpio como el timbre de un celular, entonces?

 

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