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Y seguimos pidiendo la palabra: FESTÍN DE MEDIA NOCHE

Escrito por Carlos Palacios en Martes, 11 Septiembre 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Narración, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Pronto será media noche. Afuera está tan calmado que me provoca escalofríos. Cómo envidio a la gente del pueblo que duerme tranquilamente en sus camas; mientras yo estoy aquí, bajo la luz de mi lámpara, cansado y con el culo congelado a causa del frío.

Escribo esto porque al amanecer estaré muerto. Lo sé, lo presiento. Sólo espero que alguien sea lo suficientemente sensato como para leer este texto y hallar en él las pistas necesarias para darle fin a esos demonios.

Soy el aguacil Claudio Baston. Resido en una de las comunidades más pintorescas del país. Hace un par de semanas instalamos nuestro primer telégrafo, y antier estuve hablando con el nuevo alcalde acerca de la implementación de automóviles.

Sinceramente, no veo la necesidad de hacerlo. El pueblo no es muy grande, y el dinero puede emplearse en otras cosas. Además, los ciudadanos aún no han podido olvidar la muerte del antiguo alcalde, después de casi medio año; y no creo que acepten de buen agrado sustituir a sus caballos por máquinas.

Este lugar solía ser diferente. Ahora el aire huele a muerto, y cada mañana luce más triste y gris que el anterior. Las plantas se marchitan, los animales se enferman, la gente se ha vuelto antipática. La única que siempre está alegre es la señorita Veronika. Llegó al pueblo hace casi un año, y pareciese que ya había estado aquí antes. Es ella quien le da alegría al pueblo, resalta como si fuese una flor aferrándose al invierno, y por dios que hace una rica tarta de manzanas. La señora Norris  no deja de insistir con que Veronika está tocada por el diablo, por el simple hecho de su cabello rojizo. Si tan sólo esa vieja supiera lo que es estar cara a cara con el demonio, no diría esas cosas de la señorita Veronika.

Bueno, eso es cosa aparte. Mi tiempo se agota. La pesadilla que estoy por contar inició hace tres meses, al norte de la ciudad, en la deshabitada mansión Salazar. Los relatos de la gente afirman que aquella mansión es el hogar de una nefasta calamidad. Y me consta que es cierto. Numerosas desapariciones habian tenido lugar cerca de la mansión, por lo que decidí visitar la mansión Salazar.

Eran cercas de las cuatro de la tarde cuando salí. Cabe mencionar que la señora Norris vino a visitarme momentos antes de partir. Se veía agitada, y en sus ojos pude notar cierto temor. Me entregó un ajo que depositó en la bolsa de mi saco. Ignoro la utilidad del ajo, pero me hizo prometer que no me lo quitara de encima.

Casi anochecía cuando llegué al portón. Esta parte de la historia es muy nebulosa en mi memoria. Todo fue tan rápido que mis anticuados sentidos apenas pudieron comprender lo que pasaba. Recuerdo haber amarrado mi caballo junto a la verja del portón, después caminé hacia la puerta. Una helada ventisca me hizo regresar. Una sombra, y... nada. Todo se volvió confuso.

Después de eso recuerdo haber despertado en una de las habitaciones del segundo piso de la mansión. Cómo y quién me había llevado hasta ahí, lo ignoraba entonces. Era ya de noche. ¿Cuánto tiempo permanecí inconsciente? No lo sé. Cuando la cabeza dejó de darme vueltas, me levanté de la empolvada cama. Me faltaba el saco, y mi revolver había desaparecido de su funda.

Sin hacer ruido, abrí la puerta y salí de la habitación. La casa entera estaba oscura. Anduve pegado a la pared, atento al menor aviso de peligro. Los oídos me zumbaban, pero logré mantener mis nervios a raya. Fue así como logré llegar hasta la entrada principal.

Justo cuando estaba por girar la perilla, escuché un ligero gemido a mi derecha. Me detuve en seco. Admito que las piernas me temblaban pero llevaba una placa en el pecho, aún tenía un deber que cumplir. Me dirigí hacia el ala derecha de la mansión, por un pasillo que me condujo hasta una enorme puerta doble, que supuse sería el comedor debido al sonido de cubiertos y al tintineo de copas provenientes del otro lado de la puerta. Al fijarme en ésta, noté un ligero resplandor que se filtraba por debajo. Otra vez escuché un gemido de horror, seguido por las carcajadas de al menos cuatro hombres. Necesitaba saber qué sucedía al otro lado, pero estaba tan aterrado como para abrir  la puerta.

Finalmente me decidí por espiar a través del picaporte. Lo que observé ahí me petrificó. Del otro lado de la puerta un macabro festín tenía lugar. Tres mujeres desnudas pendían de cabeza sobre la mesa, las tres tenían el cuello abierto de oreja a oreja; y la sangre que les chorreaba iba a dar hasta una charola colocada bajo sus cabezas. Una cuarta mujer permanecía amordazada en una silla, obligada a observar a los comensales llenar sus copas con la sangre de las doncellas.

Luchaba frenéticamente como animal por zafarse de las cuerdas que la aprisionaban. El miedo había tomado control sobre ella, y unas cuantas lágrimas de desesperación le recorrieron por sus mejillas pálidas al ver a uno de los comensales acercársele. El comensal la tomó por la cabeza, le sonrió para tranquilizarla y bruscamente se la arrancó. Mantuvo la cabeza en alto mientras dejaba escurrir la sangre de ésta, hasta su boca. Los demás vitorearon y alzaron sus copas de alegría.

No pude continuar viendo, me aparté del picaporte y controlé mis ganas por vomitar. Cuando las nauseas se me pasaron, volví a asomarme. Esta vez me llevé una gran sorpresa al ver otro ojo observándome por el picaporte. Solté un grito. Me di la vuelta y corrí hacia la entrada de la casa, pero al llegar a ella, aquellos seres siniestros ya me esperaban ahí. Eran cinco. La sangre de las doncellas aún les escurría por sus bocas.

La única mujer del grupo se adelantó, y estiró la mano para agárrame de la camisa. Retrocedí un par de pasos. En el momento en que su mano estaba por alcanzarme, trastabillé y caí de espaldas. Agité los brazos en un intento por salvarme. Me sujeté de la cortina a mi derecha, que por mi peso cedió; dejando entrar la luz del amanecer.

Cuando la luz del sol golpeó su cara, la mujer soltó un chillido de dolor. Los otros cuatro sisearon mostrando sus colmillos. De un instante a otro, se esfumaron.

 

Fue así como logré sobrevivir, mas mucho me temo no volveré a tener la misma suerte. Luego de que mi corazón hubo vuelto a su normalidad, regresé inmediatamente a la ciudad. Mandé un par de cartas a unos amigos que estoy seguro sabrán qué hacer. Le informé al alcalde lo ocurrido, pero apenas y me prestó atención.

Y aquí estoy ahora, sentado frente a mi escritorio de la comisaría. Esta vez tengo mi revolver conmigo. Dudo que sea de gran utilidad, pero al menos me siento más tranquilo así. He estado pensando que si logro... escuché un ruido afuera. Se acabó el tiempo. Ellos ya vienen, lo sé. Ellos ya vienen, dios mío, ¡dios mío!...

...están aquí.

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