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LOS DIÁLOGOS DE ORTRO. Capítulo III y IV

Escrito por Ramón Cuéllar Márquez en Viernes, 23 Mayo 2014. Publicado en Literatura, Política

Capítulo III y IV

3

Cirse vio venir a Polo; como adivinando a lo que iba, lo detuvo en seco:

—Sí, yo puse ese sobre ahí, hoy temprano.

Él guardó silencio porque la mudez pareció oportuna sólo por un espacio de tiempo.

—¿Quién lo trajo?, no tiene nombre —inquirió.

—Vino un niño, me lo dio en la mano, dijo que era para usted —aclaró, desenfadada.

—¿Sin que sospechara?, digo, con eso de que todo indaga.

—Lo único que hice fue ponerlo en su escritorio. Y sí, todo pregunto porque es mi función. En este caso el muchachito voló sin que pudiera hacer otra cosa. Ni modo que corriera como loca detrás de él.

—Qué raro.

—Lo sé. A todo esto, ¿qué es lo que dice? —preguntó ella, con curiosidad.

—Cosas sin importancia. Me intrigó que apareciera de pronto en mi escritorio… No sucede a diario… De todos modos, gracias. Oiga, por cierto, no comente nada.

—¿Por qué?, ¿es un asunto grave?

—Por los rumores; ya sabe cómo circulan los chismes, más si es algo anónimo. Hay que ver cómo tiene imaginación la gente, por eso nunca platico de mi vida personal.

—Dígamelo a mí, las paredes oyen. A veces pienso en la renuncia, pero me doy cuenta de que son rollos de los ociosos.

—Hay muchos que piensan en la inmortalidad del cangrejo. De cualquier manera, ahí le encargo.

El resto del día trató de olvidar el asunto, dedicándose al trabajo del jefe. En ocasiones gozaba las discusiones, otras se aburría por lo absurdo de los debates, enfrascados en asuntos tan nimios como el de si los consejeros electorales debían portar teléfonos celulares durante las sesiones o si debían ir al baño durante una votación importante.

El actual trabajo se lo había conseguido un influyente. La adaptación tardó en llegar porque los horarios de oficina no eran su costumbre.

—Estoy hasta la madre de andar de freelance —le recalcó a su interlocutor para convencerlo de su necesidad laboral.

—Bueno, no te quejes, has tenido —contestó aquél, animándolo—; cuando vayas con Federico, procura estar cerca… No pierdas detalle de cada una de sus palabras, sólo así te tomará en cuenta; vuélvete indispensable, su sombra, su ventosa y nunca trates de demostrar que sabes más que él.

Poco a poco conoció a todos los consejeros, sus modos de pensar, sus actitudes, sus humores. Con el pasar de los meses transitó por los rincones más intrincados del Consejo Electoral. La sala de cómputo era un enorme salón donde confluían políticos, redactores, especialistas, matemáticos, asesores e intendentes de limpieza.

—Es como un hormiguero gigante —le explicó a Rocío, cuando recién lo contrataron.

Federico, su jefe, era un hombre que sabía disponer de su oficina. Resultaba un buen administrador para esos asuntos, aunque hosco para pedir las cosas. Polo aprendió rápido lo que debía hacerse, ejecutando las indicaciones de cada día, cargando siempre tarjetas para anotar lo que escuchaba, calendarizando cada uno de los movimientos, sugerencias, citas, hasta que mecanizó el proceso. Federico descansó en su persona la agenda del día, incluyendo los proyectos por escrito, además de los discursos que tenía que dar en las sesiones de consejo. Al llegar la noche, Polo sólo tenía ganas de ver televisión o dormir.

 

 

4

—Hola, otra vez por acá —escribió Polo.

—Qué bien, me da gusto leerte —respondió Jano.

—Hay que comprarnos una cámara.

—No, ya sabes, me gusta más escribir… Mantiene activo… imagino crear.

—Bueno, es cierto… A mí también me gusta el tecleo… Las ideas fluyen sin dilación… Ja… Qué mamerto, ¿no?...

—Hace días que no te veía.

—Es que salgo tarde del trabajo; llego rendido… Rocío me reclama por no estar con ella… Ya me dijo: O tu jefe o yo… Siente que el tipo le roba horas a nuestra vida… que pongo más cuidado a la oficina.

—¿De plano?

—Figúrate cómo es… siempre la encuentro enojada… como si yo tuviera otra.

—La verdad no te envidio… me pasa lo mismo con Helena… sólo que para ella mi jefe o la otraes la computadora… La veo ir y venir por los cuartos… por el pasillo… Hace ruidos con los cubiertos… con los platos… todo por llamar la atención.

—¿Lo logra?

—A veces… Otras, va directamente hasta mí, abrazándome para que sólo me acueste junto a ella… No le gusta estar sola…

—Igual Rocío… es incansable… Por cierto, ¿ya empezaste tu novela?

—Como te digo, no es fácil… Hago unas líneas, las borro, empiezo de nuevo… Así, hasta lograr nada… a veces siento que la página en blanco se ríe de mí… He empezado varios proyectos… pero los destruyo porque no avanzo… Me falta la historia, una muy buena… Leo mucho los diarios para encontrar algún pretexto, sobre todo la nota roja…

—Espera, el teléfono está sonando…

—Bien, espero…

—Ya… Perdón, ¿me tardé?…

—¿Quién era?

—Un mudo, alguien que habla, cuelga, en fin… Ya tiene días.

—Tu mujer pensará que tienes amante. De por sí.

—Para nada… ¿a qué hora se tiene una?

—Cierto… Oye, no me publicarán El caballero se ha posado.

—Ésa no es una buena noticia.

—Sí, lo sé.

—¿Por qué?

—Cuestión de línea editorial.

—Ya habrá algún editor interesado, así nace la fama, ¿no?

—Eso espero… más bien quisiera olvidarme del asunto… lo que sí sé es que nos odiarán nuestras mujeres.

—¿Por qué?

—Por el Chat.

—No entiendo.

—Por sumergirnos en la pantalla, pasamos horas.

—Rocío dice que el internet es adictivo.

—Sin duda… yo no dejo de frecuentarlo… Después de mis clases me clavo en la red buscando cualquier pendejada… Pura ansiedad.

—¿Así de plano?

—Estoy consciente: el internet sirve para un carajo.

—Es el escape perfecto… Pero ya no quiero hablar de eso… Polo, ¿cómo siguen las cosas por allá?

—¿Te refieres a las elecciones?

—Sí.

—No sabemos quién ganará.

—Así son esos negocios.

—Tú lo has dicho… De la noche a la mañana las cosas cambiaron.

—¿Tú qué piensas?

—No sé… Hace unos días me dejaron un sobre con estas palabras: Tengo y necesito información importante. Me pondré en contacto.

—¿En serio?

—Resistí comentarlo con alguien… incluso con Rocío.

—¿Qué harás?

—Nada… Desconozco de qué se trata… Cirse lo dejó en mi escritorio… que un niño lo entregó y salió corriendo.

—¿Sin más?

—Así es, por ahora es lo único…. Bueno, ya me voy… es tardísimo…

—Eso… Oye, disculpa, no te pregunté por Rocío.

—Está bien… Sabes, no te he dicho una nueva…

—¿Cuál?

—¡Vamos a ser papás!

—¡Muy bien!… ¡qué valor el de ustedes!... ¿cuánto tiempo tienen?

—Tres meses… Hace poco lo supimos… Será niña.

—¡Ya lo saben?

—¿Qué quieres?, somos primerizos: la curiosidad nos ganó.

 

 

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