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Y seguimos pidiendo la palabra: No soy yo...

Escrito por Fernando Cázares en Martes, 07 Noviembre 2017. Publicado en Cuento, Literatura, Narración, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Aquella mañana abrí los ojos como todos los días, después del molesto e insistente sonido de mi despertador que había interrumpido mi sueño de manera amenazante. Aun un poco adormecido  busque aquellas pantuflas que se habían atrincherado debajo de la cama y entre bostezos llegue al baño, me situé frente al lavabo y abrí la llave del agua que parecía correr muerta por las tuberías. El agua helada de invierno lograría poner este sistema en funcionamiento de nuevo como cada día.

Tras lavarme la cara levante la mirada hacia el espejo y el reflejo que ahí encontré me dejo petrificado; los ojos, la nariz, la boca… nada de esa horrible imagen me pertenecía. Ese rostro no era el mío, no es que fuese una cara peor o mejor que la mía, solo que esas facciones me eran del todo desconocidas no era yo, pero ahí estaba, mirándome fijamente a través de un espejo.

Nervioso y angustiado me vestí a toda prisa como alma que lleva el diablo y fui a aquel bar de costumbre donde olvidaba penas y convivía con la concurrencia de media noche. Nadie pareció reconocerme, entre la muchedumbre pude ver a algún  otro amigo mío que hacia como si no me  conociera. Ni siquiera el dueño del lugar; con quien tantas risas y momentos había pasado quiso reconocer a quien se ocultaba detrás de este extraño rostro, todos mis esfuerzos eran vanos.

De camino a casa de mis padres, donde había crecido cuando chico, me encontré con algún otro viejo amigo conocido que igualmente evitaba mirarme fijamente o como si fuera un simple extraño, así como el que pasa al lado de cualquiera de las miles de personas con las que nos encontramos por la calle .

Cuando llegue, me situé frente a la puerta de la casa de mis padres y toque el timbre. Logre escuchar los tacones de mi madre que se acercaban a la mirilla del otro lado de la puerta, después un gran silencio pude distinguir los pasos sigilosos de los tacones que se alejaban como huyendo de un vendedor a domicilio.  Volví a tocar el timbre con mucha insistencia, golpee la puerta y los llame a gritos por sus nombres. Después amenazaron con llamar a la policía y algunos vecinos curiosos habían salido de sus oscuras viviendas a ver el origen de aquel escándalo, decidí rendirme y bajar las escaleras desconcertado y con lágrimas en la cara.

El miedo se estaba apoderando de mí, mi mundo se estaba derrumbando y me encontraba solo a la mitad de una muchedumbre  de la cual nadie podía reconocerme. Repentinamente, casi de la nada escuche una voz. Al principio no creí que fuera real, no creía estar totalmente cuerdo, pero si, aquella voz se refería a mí y estaba llamándome  por mí nombre.  Ellos me habían conocido y estaba cruzando la calle para hablar conmigo. Eran Susana y  Ramiro, un par de chicos que había frecuentado por años. Sin mediar palabras, mientras Ramiro tomaba uno de mis hombros, Susana me tomo la mano y me miro fijamente a los ojos con esa mirada picara tan suya y me pidió la acompañara. Solo tenía la certeza de que aunque para el resto del mundo me hubiera convertido en un extraño,  para ellos no lo seria y a su lado jamás volvería a sentirme solo. 

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