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Y seguimos pidiendo la palabra: LA CIUDAD QUE EL DIABLO SE LLEVÓ DE DAVID TOSCACA

Escrito por Demián Soto en Domingo, 07 Junio 2020. Publicado en Novela, Cuento, Escritores BCS , Literatura, Poesía, Poesía de BCS, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

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David Toscana (Nuevo León, 1961) es un escritor que provoca curiosidad, tan sólo hay que espiar un poco en su biografía para darse cuenta de ello. Ingeniero de formación, comienza a escribir a los 29 años. Pertenece al grupo que algunos críticos llamaron “Los bárbaros del norte”, por pertenecer al grupo de escritores del norte del país, junto con nombres como Cristina Rivera Garza, Patricia Laurent Kullick, Daniel Sada, etc. Esta denominación, que empezó siendo peyorativa por parte de algunos críticos, agrupaba sus acusaciones en la falta de cultura y la lejanía del autoproclamado centro cultural del país: “donde comienza la carne asada, termina la civilización”, sentenciaban –muy a pesar de nombres como Alfonso Reyes o Gabriel Zaid. La nominación no disgustó a algunos de los agraviados y es común que se llamen a sí mismos bajo ésta misma. La producción de David Toscana contiene nueve libros, entre los que destaca El último lector (2005) y Los puentes de Königsberg (2009).

La ciudad que el diablo se llevó narra la amistad de cuatro hombres adultos en la Varsovia inmediatamente posterior a la ocupación nazi y aún controlada por el ejército rojo. Estos personajes construidos por David Toscana son arquetípicos de los vicios que siempre acompañan a la guerra: Feliks es un comerciante sin escrúpulos que subsiste a partir de la reventa de artículos provenientes de robos, asesinatos y saqueos, su seña distintiva es su rostro de niño. El autor jugará toda la novela con esta distinción fantástica; Kazimierz, que tiene un amor no correspondido y cuya máxima aspiración de subsistencia es conseguir un empleo que no desea como conserje en el Liceo. Vive en la casa abandonada por una familia judía, es este sencillo acto –la rapacidad- Toscana describe la faceta más cruel del antisemitismo, aquel que no fue producto de un largo proceso histórico y/o cultural, sino de la simple sobrevivencia; el padre Eugeniusz, el personaje que empieza siendo el más humano de todos, para ir convirtiéndose gradualmente en una caricatura, en un autoproclamado santo cuyo mayor milagro es bailar hasta hacer de su sotana un coqueto vestido de la mejor corista de Varsovia; finalmente tenemos a Ludwik, el enterrador del cementerio. La simbolización obvia casi obliga al personaje ¿quién mejor para contar una historia de una ciudad con más muertos que vivos que el enterrador local? Estos cuatro personajes se unen a través de una aventura en donde se salvan de ser ejecutados por los alemanes gracias a la astucia de uno de ellos. A partir de ese momento asumen una suerte de hermandad en donde el alcohol siempre estará presente. Entonces tenemos al comerciante, el religioso, el enterrador y el antisemita como perfectos consortes en este homenaje a la muerte de una ciudad, a la marcha fúnebre de David Toscana.

                A lo largo de la novela, se cuenta, a la par que la vicisitudes de estos cuatro desgraciados, la historia del novelista de la ciudad, que por razones inciertas había perdido su novela, de la cual apenas recordaba el inicio:

“Si uno sigue el curso de Vístula, desde su nacimiento en los montes Cárpatos hasta donde dios le preste fuerzas, habrá de encontrarse una noche con la ciudad taciturna y misteriosa que lleva el nombre de Varsovia”.

Esta sencilla descripción geográfica lo atormentará a lo largo de toda la novela, imaginando que es robada y adaptada a realidades ajenas a la suya. La lógica del novelista indica que si los alemanes han saqueado su ciudad, no sería muy descabellado que un plagiador le arrebatara la fama que le correspondía:

“Si uno sigue el curso del Danubio, desde su nacimiento en la Selva Negra hasta donde el Fürer le preste fuerzas, habrá de encontrarse una noche con la ciudad espléndida e imperial que lleva el nombre de Viena”.

 

El ejército rojo también lo obligaba a una versión soviética:

“Si uno sigue el curso del Volga, desde su origen en la meseta de Valdái hasta donde se lo permita el Partido, habrá de encontrarse una noche con la ciudad sólida y progresista que lleva el nombre de Stalingrado”.

Todos los personajes dentro de la novela son perdedores, en el sentido más técnico de la palabra. Se pierden mujeres, fe, tiendas, botellas, relojes, guerras, inocencias, extremidades, valor, amantes, una pata de palo, etc. El novelista pierde su novela, que es otra manera de decir que, prosopopéyicamente al perder esas 253 hojas, se ha perdido el alma. En un atisbo de tenue esperanza, imagina el inicio de El tranvía de la muerte, la historia de los cuatro hombres inmortales, la historia de los cuatro que sobraban.

“Si uno sigue el recorrido del tranvía ocho, desde su terminal en la plaza Narutowicz hasta donde lo lleve un billete de veinte grosz, habrá de encontrarse con una ciudad extinta y endemoniada que lleva el nombre de Varsovia”. 

El novelista asume la perdida de la ciudad como la resultante de todas las pequeñas pérdidas acumuladas. Este nuevo inicio, ya libre de ingenuidad y tristemente conclusivo, lo llevará a un renacimiento. Es claramente una analogía entre la ciudad y la novela. Como la novela, la ciudad deberá reconstruirse, en una de esas se llegará a algo bello. En la página 254, en el antepenúltimo capítulo, Toscana nos regala el primer y único guiño de esperanza.

Conforme avanza la historia el novelista tiene un curioso juego de aproximaciones con el padre Eugeniusz, que van desde la declaración del fin del género de la novela hasta la contundente afirmación de que es el género favorito de dios. En lo que coinciden plenamente es en la importancia de los inicios, las diferentes versiones del inicio del novelista contrastan con la santidad forzada que buscaba imponer el religioso:

“En el principio era el padre Eugeniusz y una ciudad en ruinas y la muerte y un río que fluía igual que cuando no había muerte ni ruinas ni ciudad ni Eugeniusz”.

Esta intertextualidad se convierte en mera suplantación cuando decide arrancar la primer hoja de su biblia y arrojar el resto a la fogata. En su locura le propone al novelista que escriba el nuevo evangelio de San Eugenio de Varsovia. Las versiones del novelista, como las del padre tienen de fondo la universalidad de las historias, la adaptabilidad de cualquier discurso a cualquier condición. La misma novela (ya no la perdida, sino la de Toscana) es un grato ejemplo de ello.

El personaje de Feliks es la viva representación del adulto condenado a la infancia perpetua, tanto que Toscana lo estigmatiza a que, a sus más de 60 años de edad, sea confundido con un niño, por su estatura y su rostro infantil. Es probablemente el peor de todos los personajes, en el sentido en que vive totalmente ajeno a su realidad. Siempre escapa a la fantasía, a las salidas fáciles, a los juegos simplones y a las travesuras. Hasta que es castigado y se enfrenta inevitablemente a la realidad. Como suele suceder con estos encontronazos, termina perdiéndolo todo, principalmente su inocencia. Kazimierz es un personaje patético por los motivos equivocados. Su deseo por Marianka, la enfermera que sigue esperando a su Piotr, un soldado que fue su amante, lo hace caer en la peor de las humillaciones. Su búsqueda y reconciliación con los judíos llega cuando se empieza a interesar por Kasia y Gosia, las hermanas que vivieron en el departamento que invadió y que recuerda por las fotografías. El tema judío llega siempre de manera pasiva, casi anecdótica y al servicio de las acciones principales. La ciudad que el diablo se llevó no es, en absoluto, otra novela judaizante, ni una defensa moral al pueblo judío, no busca conmover o educar a través de su sufrimiento. La actitud de Kazimierz al respecto no alcanza a ser una moraleja. Sus móviles son otros. Ludwik es el personaje más interesante de todos, como ya dije antes, funciona como el símbolo de los tiempos por excelencia. Su actitud pasiva sólo se verá alterada hasta el final de la novela.

El momento culminante de la degradación del grupo llega cuando, en una de sus borracheras, deciden beberse el corazón conservado en coñac del mismísimo Chopin. La escena va precedida de la anécdota de cuando tocaron por toda Polonia la Marcha fúnebre por la noticia de la muerte del Führer. El tono lastimero y patético va aumentando hasta que termina con una imagen morbosa, surrealista incluso: para aprovechar hasta la última gota de su bebida, Ludwik y Kazimierz deciden compartir el líquido dentro del corazón del compositor polaco, uno prendido a la arteria pulmonar y otro a la vena cava: “dos enamorados compartiendo una limonada”.

El principal acierto de la novela radica en su intención de ser universal, en el sentido en que no busca ser un punto de vista diferente de un periodo histórico –formula muy socorrida sobre todo en el tema judío. Hay un par de referencias a México, pero estas no son importantes. También es digno de alabanza el manejo elegante del lenguaje sin caer en una redacción pretenciosa y pesada para el lector. Toscana logra subir al lector como el quinto tripulante en esta nave de los locos. Las preguntas existenciales, la reflexión final e incluso ese sentimiento de discordia es imposible de evadir.

En la contraportada de esta novela, el autor supera la eterna animadversión entre Ingenieros y Arquitectos y confiesa que le hubiera gustado ser arquitecto en la Toscana del Renacimiento, su novela sigue este patrón y lejos de ser escrita, es construida. Sólo el tiempo, los lectores y la crítica especializada dirán si su libro es una torre perfectamente vertical o si los cimientos cederán hasta inclinarla.

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