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Y seguimos pidiendo la palabra: A MARTE

Escrito por Iván Gaxiola Beltrán en Lunes, 17 Diciembre 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Apenas hoy me convencí de que nada ha cambiado, como aquel día que sentí por primera vez una bofetada de tristeza mientras estaba con Elisa. Cuando llegaron las naves, rectangulares como monolitos de ébano, como moscas alrededor de las heces de la Tierra, se reanimó mi fe, pero aquí estoy de nuevo perseguido por la incertidumbre, a pesar de los visitantes, los auténticos terrícolas que nos trajeron esa verdad que ahora me parece tan inútil.

Desperté en aquellos obeliscos que miraban al horizonte dispuestos como celdas de batería frente al mar. Apenas hace cinco años desde que escribir en un periódico se hizo imposible y ridículo, trabajar en cualquier cosa es estúpido en realidad. En las naves caben países completos y las ciudades quedaron desoladas, salvo por los que prefirieron permanecer y formaron comunidades serenas a base de excesos solventados por todo lo que abandonó la antigua humanidad. Los terrícolas regresaban pacíficamente a su Tierra y nos ofrecían volver a Marte, nuestro planeta rojo. La atmósfera estaba siendo cambiada y todos sufrirían una castración química silenciosa y voluntaria.

Tomé una vaporización más larga de lo recomendado esa mañana porque nunca me hace sentir tan limpio como una ducha. Aquí mi única tarea es esperar a que el mayor número de marcianos decida volver para que la segunda nave salga. Yo me divierto subiendo y bajando en estos teleféricos que son gigantes como pequeños pueblos, en cada nivel puedes encontrar personas de hasta treinta países distintos. Sin duda es el momento más sosegado de nuestra historia. Apenas hoy me pregunto, ¿cómo es que todos aceptamos largarnos de la Tierra luego de tanto tiempo y sin pelear? ¿Acaso sentimos que nos merecíamos ser echados, o nos han manipulado de una manera que no comprendemos? Hacía tiempo que otros se preguntaban más o menos lo mismo.

Existen ciertos túneles en los gigantescos galeones siderales donde se concentra una buena corriente de drogas y alcohol y todavía tocan bandas de rock. Los terrícolas nos dejan ser. Pensé en pasar un par de días en la Zona B 25, Sección 16 C, del Primer Cuadrante, que es una de las más oscuras de la segunda nave y donde más personas hablan español. Es casi como estar allá afuera hace veinte años, pero pacíficamente, la gente prepara comida y la regala, muchos han cultivado su marihuana y puedes recolectar libremente la que quieras, los químicos se distraen creando nuevas mezclas, retorciéndonos la cabeza sin piedad, al fin que dormir en las cápsulas terrícolas te devuelve completamente nuevo al siguiente día, aun si el cáncer se ha comido la mitad de tu cuerpo o si te fuiste a la cama más hecho que Lupe Vélez.

Pero no fui a la Zona B 25. Decidí bajar y encontrarme con Elisa en la vieja ciudad. Ella siempre fue escéptica, pero nunca imaginé que los monumentos cósmicos sobre su cabeza y los terrícolas apareciendo en televisión y tocando a nuestras puertas acompañados de alcaldes, gobernadores y presidentes de todas las naciones no la convencieran. Ella decidió quedarse y vive en una mansión que abandonó Warren Buffett, junto a una serie de artistas, ex revolucionarios y científicos que ahora, con la nueva verdad, son tan analfabetas como nosotros. Se hacen llamar Los Hijos de la Última Cena y constantemente me invitan a quedarme, pero yo he tomado una decisión y dejaré este planeta que siempre supe no me pertenecía.

Elisa y yo decidimos beber algo mientras tomamos un paseo. En las banquetas la gente hace el amor, te saluda besándote en los labios, regala cocaína, una cerveza, en fin, ya nada importa, nadie va a ir al infierno así que se acabó la ilusión del dolor. Fue cuando caminábamos por la calle sexta que sentí por primera vez soledad desde que los terrícolas nos mostraron el motivo divino. Por primera ocasión, desde que los bancos cerraron, los automóviles quedaron olvidados en las calles y los gobiernos y los matones dejaron de tener razón de ser. Por un instante me absorbió la gelatina del ensimismamiento irremediable.

La tomo de la mano y no voltea a verme, sé que está molesta porque no elijo morir a su lado. Pero hoy tal vez entiendo lo que trata de decirme cuando abraza los edificios y escribe nuestros nombres en ventanas empolvadas. Entramos a un sótano donde se leen cuentos y poesía unos a otros, círculos de lectores cantan las aventuras de la Odisea e interpretan obras de Lorca. Bailamos entre las preces de los versos que suman toda la historia de lo que fuimos bajo la vigilia de la luna y se desvela en estos días de éxodo para entregarse sutil e inservible.

El resto de la noche bebemos vino frente a la bahía. El mar era negro y las olas lo hacían ver como un puma acechando.

-¿A qué le tienes miedo?, me preguntó. -¿Después de escuchar lo que dijeron los terrícolas, vale la pena cualquier cosa? –No es temor-, le dije, pero me interrumpió. -Yo me quedo porque soy feliz, todos los que vuelven a Marte son viciosos, cobardes, no pueden olvidarse del deseo de trascender, a pesar de que ahora saben que son y son y no dejan de ser, infinitamente, de forma constante y sin opción. Soy feliz aunque me duela que la verdad sea absoluta y me recuerde los engranes de las maquinas sucias que siempre odié en el taller de mi papá, Daniel. Una y otra vez me quedaré.

Luego de varias horas de silencio y vaciar botellas, Elisa se desnudó y entró al mar felino que rugía. Yo sólo me paré frente a la orilla y la espuma mojaba mis botas, mientras ella entraba y salía del agua y gritaba agitando los brazos, reclamándole a toda esa mierda que entendemos pero afrontábamos de distinta manera. Parecía cansada y grité: -¿estás bien?, no contestó. Entonces me quité algo de ropa y cuando me interné en ese bosque de agua ya no podía verla. Nadé sin rumbo, no veía nada frente a mí. La llamaba, pero no contestaba. De pronto algo me jaló al fondo y la vi de cerca con los ojos desorbitados. Cuando volvimos a la superficie vomitamos y las olas nos golpeaban, pero logramos salir tras llantos y paranoia. En la arena nos tomamos de la mano y jadeamos hasta que Elisa pudo hablar de nuevo y me preguntó -¿cuál es tu plan?-. Le contesté que sólo espero la salida de la segunda nave, pero que a veces podría esperar por la siguiente. Ella dio un largo suspiro y la obscuridad disolvió su espesura.

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