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Y seguimos pidiendo la palabra: ANILLO

Escrito por Gabriel Rovira en Domingo, 30 Diciembre 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Narración, Poesía, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

En vez de un grito le salía silencio por la boca, su corazón llenaba todo de un ritmo angustiante. Por la falta de sonido y la ausencia de dolor supo que todo era un mal sueño y, por fin, abrió los ojos aturdida.

Él estaba dormido como siempre a su izquierda, entre el algodón azul de las sábanas, pero al sentirla incorporarse de pronto se despertó sobresaltado.

-Es que tuve una pesadilla -explicó ella-. Soñé que entraba por la ventana una gran serpiente de fuego que giraba tras de sí misma, tratando de morderse la cola y como era un presagio incomprensible, tú le arrojabas la almohada. Entonces vi que el resplandor del fuego crecía y que una llamarada me causaba estas quemaduras.

Al mostrarle la herida los dedos quebraban en mil pedacitos la piel carbonizada. Entonces él supo que estaba soñando y despertó sobresaltado.

— ¿Qué te pasa?—, preguntó ella

—Temía por ti —explicó él—  soñé que me contabas un sueño tuyo sobre una serpiente que te había quemado. Y vi tu herida y era horrenda.

-Una pesadilla —sentenció ella— no sería tal si tú supieras que es un sueño- y le mostró que un pedazo de su cuerpo estaba carbonizado.

 

Entonces, él quiso gritar y el silencio de su voz le confirmó que seguía soñando. Finalmente, abrió los ojos desesperado y vio que ella estaba dormida como siempre a su derecha, entre las sábanas que, por fin, eran de satín rojo, pero al sentirlo desesperar y despertar, ella se incorporó sobresaltada.

— ¿Qué  pasó?

 

—Nada -dijo él— tuve un sueño en el que yo te decía haber soñado que me contabas un sueño.

—Qué raro, yo también soñé algo así.

Súbitamente, las cortinas se inflamaron y una serpiente de fuego entró por la ventana, girando en círculos para morderse su propia cola, y se quedó flotando sobre la cama. Era una joya bellísima aquel anillo con ojos de rubí y ellos se debatían entre el terror y la maravilla.

-Es un incomprensible augurio —dijo ella — y le lanzó la almohada.

Entonces, el resplandor del fuego creció y una llamarada lamió el cuerpo de él, quemándolo gravemente.

Él quería gritar y en vez de un grito le salía silencio por la boca, su corazón llenaba todo de un ritmo angustiante. Por la falta de sonido y la ausencia de dolor, supo que todo era un mal sueño y, por fin, abrió los ojos aturdido...

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