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CARTA DE FERNANDO JORDÁN

Escrito por Rubén Manuel Rivera Calderón en Lunes, 03 Agosto 2015. Publicado en Literatura

Amada Marina

 

Te escribo encerrado en mi cuarto. Hace calor, pero ya estoy acostumbrado; no como cuando llegué a esta tierra, que me derretía a todas horas. Aunque es de madrugada, confieso que, contrario a la costumbre, no tengo ganas de escribir; como garabateé a mi querido ex-jefe Regino Hernández: no están mis manos para escribir, mi rancho en formación pide peón; no, intelectual; pero necesito borronear esto... No pretendo justificarme, no es mi estilo, más bien necesito hablarte de la mejor forma que conozco, Marina. Además, las paredes son delgadas y… para qué dar explicaciones, no estoy loco.

Por el contrario, me siento plenamente lúcido, nunca tan tranquilo como hoy. Cierto es que he hecho algunas cosas que para muchos no son sino síntomas de un profundo desorden mental, como recorrer en jeep la península de Baja California, y en bote, el golfo (mi “Reto al mar” en “El Urano”); como cuidarte, mi querida Marina, más que a mi propia familia (para el resto de la gente no eres más que una muñeca). Pero no sólo cumplía con mi trabajo, hacía realidad mis sueños; si eso es malo, debo estar totalmente trastornado. Y ese poema, Calafia, ni siquiera quería escribirlo, fue mi amigo el Che Abente quien me obligó, encerrándome en el cuarto hasta que salí con las hojas del poema terminado. Gané el concurso, pero fue un juego en realidad; un juego que me tomé en serio, como se deben de tomar todos los juegos.

Si a alguien ofende lo que escribo, la verdad no me desvela, es una deformación profesional, soy periodista y muchas veces he incomodado con mi pluma; aunque con la poesía sea diferente... Pero lo mío es la aventura, el reportaje; si me atreví a incursionar en otros campos no fue por exceso de vanidad o pretensiones descarriadas; fue por amor, a lo mejor mal entendido y peor practicado; pero ¿quién ama cabalmente, quién no pierde la cabeza y se deja seducir por el vértigo de la humedad en medio de la tormenta? Es como la fascinación que ejerce la llama en nuestro espíritu, pero a diferencia del insecto que se acerca a la lámpara hasta que se quema, nosotros nos quedamos embobados jugando con las brazas, mirando consumirse la leña del alma en las fogatas, y la cabeza se nos vuela vaya a saberse a cuál prehistórica cueva. Y nos salvamos por el juego, del otro juego doloroso de vivir la circunstancia como viene.

Recuerdo ahora a la prisión que fundó en 1909 el general Sanginés en Mulegé. La recuerdo porque esa prisión era como el amor, una cárcel de puertas abiertas; como el sur californiano, la tierra del tiempo detenido, extensión ilimitada del silencio que se prolonga en la soledad de las espinas, en la inmovilidad de los cactus, en la seca ternura de la brecha apurada a sorbos, y las pinturas de gigantes fabulosos que apenas asoman sus cráneos petrificados sobre el lecho de los arroyos. Porque en el sur de la península decir mar es amar, lo entienda quien lo entienda.

Alguna vez escribí que mis expediciones por el sureste de México terminaban estimulando mi claustrofobia, me deprimía la cerrada vegetación de la selva. En Baja California la curva amplia del horizonte, en el mar, en el desierto, desde la cumbre de una montaña, me devuelve la seguridad. Los espacios abiertos forjan voluntades independientes, aunque el aislamiento se haya interiorizado en el corazón de quienes no han aprendido a leer el mensaje generoso de esta tierra.

Es cierto que me avergüenzan las porquerías de nuestro periodismo y del ejercicio del poder en México; pero por qué huiría yo de algo que he enfrentado sin titubeos a lo largo de mi profesión. Además, he tenido muy buenos amigos y los he querido profundamente, no necesito escribir sobre ello, ni nombrarlos, lo saben y lo sé, con eso basta. También, he disfrutado mis andanzas solitarias, mi capricho de ermitaño en San Juan de la Costa, ese bendito rancho en medio de la nada, donde podía hablar con Dios a mi manera. Sin embargo, ahora, una libertad más profunda y silenciosa me trabaja.

Alguien me dijo, parafraseando a un poeta español: “Abajo todo, todo, excepto la derrota, derrota hasta los dientes. Hasta ese espacio de una cabeza abierta en dos a través de soledades, sabiendo nada más que vivir es estar a solas con la muerte”. Y soy uno más, sin falsa modestia, en la isla de los grandes perdedores. Dicen que las vidas son como los ríos que dan al mar. Yo, sin embargo, como los arroyos de San Pedro Mártir, no llego a ninguna parte. Desciendo a toda prisa por los bloques de granito de la montaña y desaparezco tragado por el desierto. Soy como esas corrientes, un fracaso, pero que alimenta la insaciable sed de la península. Tal vez el destino de mi sangre sea ése: alimentar el manto para esperanza de quienes tratan de hacer pródiga la llanura.

Porque hasta para perder hace falta grandeza. Y no hablo de la derrota frente a un enemigo impersonal, abstracto, que toma un arma en nombre de la patria, de la raza o la religión. Hablo de la derrota profunda de los labios no besados, del hombre y la mujer que ven en el mar una frontera, no una invitación al viaje. Y no pienso en la grandeza vacía del tirano, discuto sobre la prolongación ilimitada del llanto, del mar Bajacaliforniano, alma gemela de los que no conocemos la paz, gota a gota. A veces me pregunto ¿a dónde va este viaje sobre el mar ausente; y qué hay del hueco de la ola que te abraza con todos sus adioses; y si la marea te devora para que puedas lamer en silencio cada herida? A quién le importa, Marina; la poesía es un desfiladero, que no le pide a nadie, poner de nuevo al horizonte en su lugar.

Y hablando de lugares, ayer fui al cine con Adelita, vimos en el “California” una película de Marilyn Monroe. Me gusta el cine y las mujeres imposibles, como tú. Me entretienen mis pequeñas tragedias domésticas. Pero llegó el momento de callar sin melodramatizar al silencio. Llegó el momento del amor, no de hacer el amor. Tristes somos y vivimos poco. No somos libres. Pero amo a mis semejantes, te amo a ti y me amo a mí definitiva, radicalmente. Si me gustaría hacer de mi muerte un acto volitivo, es porque así lo hice de mi vida. Quise tomar el corazón de estas playas por asalto. Estas líneas no son sino un apéndice al breve recuento sentimental que escribí sobre este hermoso lugar: “El otro México”, eso que soy y somos irremediablemente. Y no te preocupes, dejar de existir no duele... no es una “experiencia transmisible”.

Dicen que el suicida es un cobarde: no he perdido la fuerza ni la voluntad, sin ellas no sería escritor. Estoy haciendo acopio de valor para no dejarme llevar por la embriaguez de este momento, mi supremo e invencible anhelo de libertad. Y créeme: el cielo, el infierno, la reencarnación y los fantasmas son deliciosos consuelos literarios que nadie debe permitirse frente a un revolver cargado.

Además qué ridículo resulta el “no se culpe a nadie…” Los vivos siempre hacen lo que se les da la gana con los muertos, y hay que dejarlos, finalmente los deudos, los dolientes, son los que sufren la ausencia de quien los abandona; y si incinerarlos, enterrarlos o echarlos al mar los hace sentir mejor, está bien… Y siempre se cuentan historias, se inventan chismes y chistes; así se haya uno muerto por vejez, accidentalmente o por enfermedad…

 

Fernando Jordán abandonó sobre la mesa su texto inconcluso. Se disponía a tomar un poco de aire fresco cuando unos pasos, muy parecidos a los suyos, pero que parecían venir desde otra dimensión, resonaron sobre el piso. Se escuchó un disparo. Más tarde, en el velorio, no faltó quién se atreviera a decir con desenfado: “lo mató la calor”.

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