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Literatura sexista

Escrito por José Antonio Sequera Meza en Jueves, 05 Mayo 2016. Publicado en Cultura, Equidad de género, Literatura, Opinión

 

Sé que cognitivamente el hombre –y la mujer- están preparados para catalogar taxonómicamente su mundo conocido, pero también sé que las modas imponen categorizaciones. Tampoco sé, si me falta  apreciación desde el punto de vista  de la lectura. Pero no concibo que la clasificación de literatura haya llegado al límite: literatura de mujeres, literatura gay, literatura lesbiana, literatura en cualesquier género sexual donde se desee ubicarla. Ya de por sí, las tipificaciones nacionales y regionales la delimitan tan arbitrariamente: literatura cubana, literatura francófona de Quebec.  Políticas más, políticas menos, todo indica que el camino será ése para la literatura. Sin embargo, no sé cuánto habrán pensado  las dos Margaritas: Duras y Yourcenar, en ese asunto cuando escribieron sus obras. ¿Habrán pensado en el que son mujeres –como esencia- mientras escribían? Yo creería que no.  Duras refiere:

“A veces ocurre que, de pronto, pase por ti una historia, sin escritor para escribirla, tan sólo visible. Nítida. Es raro. Pero puede ocurrir. Es maravilloso cuando ocurre.”

Mientras escribo me surge la duda, pero en la relectura sobresale la palabra “escritor”; sin empacho o sin temor a ser llamada misógina, Duras utiliza la palabra escritor desde la perspectiva masculina. La acción de escribir propiamente realizada por un agente masculino. Por supuesto, la palabra puede ser usada en femenino sin ningún problema. Tal vez, Duras conocía que el principio de la escritura es propiamente femenino. Erté, según Barthes, procura la acción final de la escritura. Pero, independientemente de las diferencias, cabe preguntarnos ¿Existe una diferencia sustancial entre la literatura escrita por la diferencia sexual entre los hombres y las mujeres? Se nombra diferente lo que lo es. Es decir, por principio, la denominación de literatura femenina (el yo) implicaría una oposición –o varias- con la literatura (a decir verdad no sé cómo escribirlo) masculina (el otro), escrita por hombres; en este sentido, me atrevería a decir (con cierto temor de ser vapuleado por los defensores de esa denominación) que en realidad el adjunto de literatura femenina denigra a la misma porque en realidad es adjunta o una sumatoria de la literatura, la primera. Pero, en esencia, e insistiré en ello: ¿Acaso en lo bello existen clasificaciones?

            Independientemente de lo ya aceptado como literatura femenina, las denominaciones crecen, ya tenemos literatura escrita por mujeres como una más, me parece conveniente presentar la subdivisión como arbitraria y una trampa que encierra, más que libera. En el terreno de la literatura, al menos la latinoamericana, existe una encarnizada lucha en lo que se ha denominado literatura regional (el yo) y literatura universal (el otro).  La primera tiende al límite, a la expresión encerrada en el ámbito de la geografía, sociedad, cultura; la segunda, busca la expresión universal en el hombre. Desde esta perspectiva, a la primera se liga la llamada femenina; a la segunda, la literatura en sí. Son dos caracteres diferentes y dos búsquedas en el orden de la cultura, pero me parecen ligadas. No porque sea mexicano me parece una literatura menos bella la de Nicanor Parra, así…

            En donde encuentro la relación es que, finalmente, la literatura a secas fundamenta su espíritu en la relación con lo bello; una forma y fondo de estructurar las relaciones poéticas de la realidad. Podemos describir y escribir sobre el alto pensamiento de la literatura; podemos escribir como lo hizo Pessoa: “la literatura es la manera más agradable de ignorar la vida”. Sin embargo, si mantenemos el adjunto de femenina, ¿Cuáles rasgos diferencian lo bello?, ¿Las mujeres y los hombres estructuran  lo bello de forma diferente? Si se mantiene el adjunto, reitero, curiosamente, aceptaremos que la mujer es diferente del hombre: la que en un principio busca la igualdad. Mientras la literatura sólo busca belleza sin distinción.

            Pero en ese sistema de clasificaciones del mundo moderno, la literatura contiene sus propias expresiones y ha creado todo un subsistema para las mismas; propias, es cierto, de los efectos sociales en marcha.  Podríamos buscar en la biografía de los grandes escritores sus grandes secretos, y uno de ellos resalta: Marcel Proust, quien es señalado como por sus biógrafos como homosexual. Cierto o no el juicio, o la pesquisa de investigación, Proust fue uno de los primeros en describir el mundo homosexual en su literatura, pero era parte de su mundo, y esto conformó la belleza de su literatura:

“Dejemos de momento a un lado a aquellos que, como el carácter excepcional de su inclinación les hace creerse superiores a ellas, desprecian a las mujeres, hacen de la homosexualidad privilegio de los grandes genios y de las épocas gloriosas y, cuando tratan de hacer compartir su gusto, es menos a aquellos que les parece están predispuestos, como hace el morfinómano con la morfina, que a los que les parecen dignos de ello, como otros predican el sionismo, el negarse al servicio militar, el sansimonismo, el vegetarianismo y la anarquía.”  (Proust Sodoma y Gomorra: pág 3)

 

También no podríamos dejar de lado el extraordinario caso de Flaubert, quien sin ser mujer físicamente, construye el mejor personaje femenino del siglo XIX: Madame Bovary. Así mismo, podríamos escribir aquí sobre la belleza intrínseca del personaje de la novela de Balzac: Sarrasine, nombre del personaje masculino que se enamora de un castrado, Zambinella, aunque el personaje cree que es una mujer. Los tres casos son representaciones de una búsqueda estética sin presunciones de algo más, sea del sexo que sea quien las escribe.

            Curiosamente, una novela mexicana, El vampiro de la colonia Roma también tiene como principio una fiesta en una casa rica, casi el palacio de Sarrasine; también el protagonista va a contar una historia. Aunque otro caso, podríamos decir que en El vampiro, Zapata busca una estética. Sin embargo, en otra de sus novelas, En jirones, pierde este principio, y su obra queda como reflejo de un esfuerzo por resaltar su tendencia, novela olvidada en comparación con la primera.

            Finalmente, escribir no es poner su yo sexual en el papel; si alguien prefiere eso, la literatura cobra caro esos desvíos literarios. Pero no nos extrañe que las diferencias crezcan, y lo bello se pierda cuando la finalidad sea sostener principios extraliterarios. Yo prefiero que la literatura “sea literatura de verdad, no babosadas como las que escribe…” 

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