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Y seguimos pidiendo la palabra: EL REPARTO

Escrito por Pepe Farah en Miércoles, 08 Julio 2020. Publicado en Literatura, Narración, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

Le habían dicho que al hacer del camino de terracería una vía moderna de cuatro carriles, el avance de las empresas, los negocios, hoteles y restaurantes se verían tan favorecidos que hasta los pobres recién llegados podrían tener trabajo y algo de dinero para alimentar a sus familiares.

Las dos ciudades se estaban haciendo muy famosas y eran hermanas a unos treinta kilómetros una de la otra. Como al fin del mundo, se llegaba desde el norte, por las carreteras o de muy diversas partes por avión; aunque también por mar en veloces veleros y yates, algunos marineros audaces y acaudalados las visitaban.

Muchos años antes, un famoso fotógrafo veneciano abandonó a sus modelos de las revistas internacionales de moda y vendió todas sus propiedades para irse a vivir a una isla desierta en el nuevo continente, al otro lado del mar Atlántico. Con un faro viejo a la distancia, en la parte alta de la colina escarpada de la primera de las dos ciudades, hizo su arribo con un tripié, una cámara y un pequeño maletín. Se encontró con unos pobladores, casi doscientos, en un apacible mar que les proveía de la pesca y de una contemplación de la naturaleza que les conectaba las estrellas, el ocaso y el amanecer en un sinfín de repeticiones. Por supuesto que en los primeros días se concentraba en la fotografía de esta exuberante naturaleza. Una  y otra fotografía, caminaba una buena parte del día y casi no hablaba con los pescadores. Las señoras  se entretenían diciendo que era un náufrago un poco perdido por la playa.

Después de varios meses, esa cortedad de trato ya había desaparecido. Ya no era necesario retratar la naturaleza, que en verdad no era exuberante ni apocalíptica ni ninguna de estas cosas. Estas eran ideas de la modernidad de las ciudades de Europa, en donde todo urge y todo debe ser cambiado por dinero. Aquí nada de esto era necesario. Un jardín, casi solos en un jardín. Les platicaba a los hijos de los pescadores todas las anécdotas de su trabajo con las modelos y los dueños de las revistas de la moda internacional; les divertía muchísimo, todavía no comenzaba a hablar y ya se estaban riendo. El fotógrafo no entendía todavía por qué se reían pero él también lo hacía con estruendo y algarabía y todos se hallaban muy contentos. A esos niños les fascinaban las historias fantásticas y decían que las estaba inventando al momento de contárselas.

Se enteró de estas andanzas del fotógrafo cuando otros nuevos viajeros se decidieron a vivir como él en esta isla desierta, después de que llegaron algunas cartas y fotografías que el fotógrafo envió a su hermana y ella las exhibió en el museo de historia natural de la Universidad de Venecia. Luego se propagaron las fotografías en revistas de arte, luego en periódicos, luego en agencias de viajes, y luego en la misma isla desierta las oficinas de bienes raíces, la venta de terrenos, la supresión de los impuestos a los compradores extranjeros de las playas y todo el sinfín de operaciones financieras mundiales multiplicó la población del pequeño poblado de pescadores en una ciudad con modernas vías de comunicación.

Para ese entonces el fotógrafo decepcionado se tuvo que ir a algún monte alejado en donde estará viviendo como ermitaño. No se sabe dónde es porque no vuelve a enviar ninguna fotografía del lugar en que vive.

Se incrementaron las necesidades de trabajadores para las nuevas empresas: meseros, cocineros, afanadores, choferes, ayudantes, escribientes, enfermeros, mozos, secretarios, bodegueros, músicos improvisados, y por supuesto un gobierno con muchas oficinas. Al ver esto pensó que sería una muy buena actividad productiva la instalación justo a la mitad de las dos ciudades de una unidad médica hospitalaria de especialidades, con las cualidades de un hotel de lujo. Sanación y recreación llevadas de la mano.

A lo largo de la carretera ya se están haciendo construcciones para los cientos de turistas que van de una ciudad a la otra; claro que la carretera partió a la isla en dos partes: el bosque desértico semihúmedo por un lado y por el otro un sinfín de construcciones limitadas por la orilla del mar y de las playas de la isla, de las cuales hay unas que se usan de estacionamiento de automóviles y otras de embarcaderos y astilleros. Larga y hermosa es la isla.

En el norte del país, al otro lado de la isla, mas al oriente, hay un tráfico de personas que son secuestradas y llevadas mas allá de la frontera.

En aquellas primeras épocas, unos médicos que habían logrado en el sur de África los primeros trasplantes de corazón, llegaron a vacacionar en la isla desierta y fueron atendidos en las casas de los pescadores. Por supuesto que lo relatan y recuerdan como un viaje al paraíso de la naturaleza. El progreso de los negocios había llegado como la neblina que no deja ver ni el camino ni el monte. Los problemas de la basura industrial no se hicieron esperar, lo que generó la nueva industria del procesamiento de la basura y el reciclaje. Se encontraron algunas gaviotas con bolsas de alimentos falsos atoradas en sus picos.

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Comentarios (1)

  • SimioCosmico

    SimioCosmico

    16 Junio 2016 a las 11:59 |
    Ameno relato, muy familiar. Sólo que me perdí un poco al final, como que agarró para el monte profe. Saludos, espero seguirlo leyendo por aquí.

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