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EL YO DE LA CRÍTICA

Escrito por José Antonio Sequera Meza en Miércoles, 08 Junio 2016. Publicado en Literatura

En lo personal, en días turbios y nostálgicos, regreso a mis lecturas personales; en el fondo, muy allá, me gusta la melosa poesía de Benedetti[1]. Puedo recitar algunos versos, pero no haría un ensayo crítico de ellos; mucho menos un trabajo monográfico. ¿Podría tan artificiosa poesía ser objeto de un estudio exhaustivo? Algunas voces indican que sí, y olvidando las referencias regionales: supongo que en Uruguay es ampliamente estudiado.  Si es el sustento de una época, si es la visión de un poeta sobre el mundo que le tocó vivir, si lo otro. Pero los críticos que se avocan a tal estudio están más dispuestos a justificar sus “gustos” poéticos que lo que rodea al poeta.

            Sucede esto en casi todas las latitudes de la poesía: el mundo de la imagen fácil ha llegado al extremo de la  justificación crítica por la simple razón de que  ésta ya se ha vuelto fácil. La crítica ha entrado en el negocio de la publicidad, ahí todo se vale. Ya no es el producto en sí mismo, sino el cómo se vende el producto. La editorial, también lo aceptaríamos, industrializa la poesía misma, o la producción literaria: lo cual en sí mismo no tiene maldad; sino que la industria ha comenzado a generar poesía transgénica: gustos poéticos, acordes a su propia producción.

            El crítico ha entrado en el papel del ego. Vende su crítica “positiva”, “constructiva”[2], a quien mejor la compre porque ello también le asegura entrar en el juego del ego; de verse publicado por la misma editorial. El crítico ha entrado al club del mutuo elogio: las dulces palabras funcionan una vez, si lo quieren dos; pero, la tercera será más difícil de convencer a un lector ávido. Después los poetas se preguntan por qué nadie compra poesía, por qué la poesía no se vende; una razón de mercadotecnia: nadie les dice la verdad a los lectores. Sólo que escuchar las dilapidadas palabras de los críticos cuando presentan: “Es para mí un honor…”,

            Jünger proponía que los estudios críticos deberían elaborarse sobre los poeta muertos; eso evitaría el doble juego de egos, y efectivamente, no se gana, más que poesía, cuando se construye un discurso a partir de la poesía de un ser que nos ha dejado. No se lucha contra el ego del poeta: sólo importa la poesía. Además, la propuesta de Jünger aventaja porque lo escrito, si sobrevive a la muerte del escritor,  ha traspasado las barreras del tiempo, que en términos de la tradición literaria, simbolizan el mismo paraíso perdido.  Lo menciona así en su libro El autor y la escritura:

“La ciencia literaria tendría que ocuparse del autor sólo después de su muerte. Antes, los actos no están concluidos; siempre son posibles las sorpresas. (…) Cierto distanciamiento es favorable también porque sustrae al influjo del espíritu de la época. Este se ha traducido en aprobación o rechazo.” (pág 56)

            El aforismo de Jünger representa uno de los últimos dichos de los escritores por el respeto a la comunidad; al texto mismo, por parte de la crítica. El crítico no puede tomar la actitud ególatra que en la actualidad ha tomado: su postura de aceptación o rechazo dependiente de las políticas de los mercados editoriales; o peor aún, de las gubernamentales. Con esta última el crítico no toma en cuenta que su valor crítico se interrelaciona con otro: los textos se comunican entre sí, la tradición literaria enjuicia a los textos independientemente de lo positivo o negativo del pensamiento de un individuo: por más inteligente y brillante que sea su juicio.

            ¿Cuál de los dos siguientes nombres recordará más el lector? El primer nombre, Jorge Luis Borges; el segundo nombre,  Arthur Lundkvist. Claro que el nombre de Borges, creo, será el más conocido; aunque Lundkvist podría serlo en Suecia[3]. Pero este último, fue quien dijo en una entrevista:

“Soy y seré un tenaz opositor a la concesión del  premio  Nobel de literatura a Borges por su apoyo a la dictadura de Pinochet,”

El nombre de Borges, al menos, habrá durado una centuria más; pero sobre todo, porque sus lectores se han multiplicado –como hombres en los espejo-. Podrá no ser una representación, una estatua vacía; pero, sus obras continuarán leyéndose. Como acto concluido, la literatura de Borges se encuentra inmersa ya en la historia de la literatura universal. Qué mejor homenaje para el autor que su literatura sea repetida por los hombres, y no por el papel, o el título nobiliario de un millón de dólares.

            El crítico, pues, se ha dejado seducir por las mieles de la industria; la cual no parte de un principio estético, sino meramente comercial  (a veces sólo con el soborno de la amistad).  Desde mi punto de vista, que un autor venda millones de libros, sea un best-seller, no resta importancia, tampoco le suma, a su calidad escritural.  Pero, el crítico debe fundar su trabajo en una acción moral: sembrar su trabajo intelectual para que el otro lector sepa discernir sobre el  contexto y el cotexto de una obra literaria. Establecer un lugar en el ámbito del difícil arte de la recepción literaria.

            Las demás palabras, señores y señoras críticos, sólo se comparan con el arar de Odiseo: usar asnos y sembrar semillas en la arena del mar bermejo.



[1] Lo siento, inclusive Cortázar, en algún momento se declaró cursi.

[2] Este juego de palabras es muy usado por los prácticos del sistema; aquellos que desean implementar su propio ego en lo propuesto. La palabra crítica se origina en medicina, y marca el punto álgido de una enfermedad que debe ser diagnosticada. El médico debe ser un crítico y decir: tiene usted enfisema pulmonar. Aunque la crítica constructiva prefiere: mire,  sus pulmones están de un color negro azabache muy bonito, y éstos se endurecen paulatinamente. Véalo positivamente: en lugar de cien pasos, sólo  caminará cincuenta. La crítica es dura, verdadera; el disfraz y la mentira, terminarán en eso.

[3] Por supuesto, la Academia Sueca tendrá sus motivos, su soporte teórico metodológico para otorgar el premio a quien ellos deseen; pero Lundkvist no habló como Academia, sino como él mismo.

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