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Y seguimos pidiendo la palabra: UNA NOCHE

Escrito por Fernando Cázares en Domingo, 29 Julio 2018. Publicado en Cuento, Literatura, Narración, Poesía, Y Seguimos Pidiendo la Palabra

 

Era habitual que me quedara hasta tarde observando el firmamento, algunas veces hasta  el alba. Colocaba mi telescopio hacia las estrellas,  me servía algo de beber y me pasaba la noche a la luz de la luna.

Entre mis noches de observación astronómica sucedió un día. Había salido de vacaciones unos días atrás. Me fui a mi casa de descanso; en el bosque, lejos de todo. El cielo era limpio en esa zona, buena vista y aire fresco. Esa tarde fui pescar al lago, me había ido bien y regresé con mucho pescado. Asé mi cena en el jardín, antes de que se ocultara el astro rey.

Saqué mi telescopio, lo apunté hacia el cenit y me serví mi tradicional bebida, yo y mi amigo Jack nos la pasaríamos muy bien. Olvidé uno de los lentes dentro de casa, fui a buscarlo.

Trataba de abrir la puerta que da con el jardín, que como otras veces, se había quedado atorada. Fue ahí cuando un blanquecino as de luz me cegó. Provenía de afuera, del jardín, donde hace un rato había dejado  a mi pescado y como no, a Jack. Salí corriendo a revisar, pensando que mi asador hubiese hecho alguna especie de explosión. Pero no.

La encontré a ella, hermosa. En ese instante me quedé observándola horas. No parecía mostrar señal alguna de vida, ni siquiera respirar. No se movía,  estaba ahí, desnuda, a mi merced. Su belleza era impactante, no era de este mundo. Comenzó a amanecer,  me había quedado observándola toda la noche.

Cualquier persona normal hubiese llamado a una ambulancia, los bomberos o tal vez la policía, pero yo... Yo no. La tomé en brazos y la llevé dentro de casa. La acomodé en mi habitación, en mi cama. Se convirtió en mi gran secreto.

Los días pasaron, no parecía mostrar emoción alguna,  sólo y de vez en cuando,  al llevarle comida me lo agradecía con una peculiar sonrisa.

Sólo algunas veces mencionaba algo, extraño, en un idioma que me era del todo desconocido. Se me iba el tiempo estando con ella; los días,  las horas, tal vez semanas... meses...

Había perdido noción del tiempo, no quería separarme de ella ni un momento. Pero sin comida, de seguro ambos moriríamos de hambre. Fui a la tienda mas cercana, a unos kilómetros, entre el  ir y venir por el difícil terreno hacía más de media hora. Se me ponchó un neumático de regreso, y Jack, ansioso, se derramó en el asiento. Estaba nervioso por volver con ella, bajé del auto y corrí bajo la lluvia.

Al llegar abrí la puerta y corrí escaleras arriba. Llegué a mi habitación,  y ella no estaba. Sentí volverme loco y me tiré en la alfombra. Grité por ella, busqué  arriba y bajé las escaleras.

La pude ver a través de la puerta del jardín. Estaba ahí, de pie. Con la cabeza alta, observando el firmamento. Esta vez, con unas palabras que pude comprender, me dijo "volveré".  Y en un cegador haz de luz desapareció. Nunca jamás la he vuelto a ver.

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