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Cita médica

Escrito por Patricia Valenzuela Lugo en Martes, 02 Julio 2019. Publicado en Columnistas BCS , Escritores Sudcalifornios , Literatura, Narración, Patricia Valenzuela Lugo, Poesía

Hoy fui al doctor. Ya no resistí más.
 
 
Después de un examen clínico minucioso, de no dejar pasar ningún detalle, el especialista en enfermedades del corazón me envío con la enfermera para que me realizara  un electrocardiograma.
 
Minutos más tarde –y yo todavía en bata- cuando el doctor se presentó en el cubículo, su mirada severa se posó en mí y, al tiempo que se rascó la cabeza, también aclaró la garganta –dos veces- y se acomodó los anteojos. Todo en un ritual que me pareció rutinario.
 
Dirigió entonces su mirada por primera vez a aquel papel angosto y largo que sostenía y extendía entre sus manos –mi recién salido trazo electrocardiográfico-. Alcancé a ver solo líneas que subían y bajaban,  a decir verdad, no me significaron nada.
 
El doctor suspiró, me miró de nuevo –como dándose valor-  y por fin me dijo:
 
<<Su examen físico es normal y el electrocardiograma no revela ninguna alteración>>. 
 
-¿Y entonces? Inquirí ansiosa, cuando apenas él terminó la frase.
 
<<Su dolor en el pecho no es físico ni orgánico>>, dijo de manera categórica el cardiólogo, y continuó:
 
<<Ese dolor que usted siente, esa sensación de ahogo, de que algo le lastima, aunado a la falta de apetito; ¡ah! Todo es muy claro. El diagnóstico es sencillo, se llama tristeza. Reconozco bien esos síntomas. Hace mucho tiempo, cuando era apenas yo un estudiante de medicina lo experimenté y créame, no hay mejor medicina que el tiempo para sanar esta terrible mas no por ello incurable enfermedad>>.
 
Yo lo escuché y no pude decir nada, únicamente sentí cómo todo se volvía aún más agudo.
 
La enfermera me indicó que podía vestirme, mientras que el viejo en el arte de curar dolencias cardiacas, doblaba con sumo cuidado el papel del electrocardiograma que me entregó al traspasar yo, el biombo que hacía de vestidor.
 
Me dijo:  <<cualquier otra cosa que se te ofrezca estoy a tus órdenes. Por ahora relájate y tómate algo fuerte; el tequila ayuda mucho en estas circunstancias>>.
 
Dio media vuelta y salió despacio, con paso lerdo pero seguro, con el cuerpo encorvado y ambas manos metidas en los bolsillos de su impecable y almidonada bata blanca.
 
La enfermera también se retiró –al parecer yo había sido el último de sus pacientes-.
 
Permanecí ahí un tiempo más, sentada en la camilla, en silencio, sintiendo mi intenso dolor en el pecho, la sensación de ahogo y eso que no sé que es, pero que todavía me lastima. El murmullo de las voces de lo pacientes que esperaban en el pasillo,  aminoró.
 
De pronto, un escalofrío recorrió mi cuerpo y tuve la sensación de que alguien  permanecía junto a mí.
 
<<En esto, todo es cuestión de tener paciencia. Y sí, el tiempo es el mejor paliativo. Aunque sus cucharadas sean amargas hay que tragárselo sin chistar. De nada vale resistirse, inquietarse, desesperarse, si al final de cuentas él anda por la vida sin importarle nada. A su ritmo, a veces lento otras muy rápido. Lo conozco muy bien. Es infalible, seguro para curar. Para llevarme con él y suplantarme por el olvido. Que dicho sea de paso, no es tan inocuo -el olvido- como algunos –tú misma- quieren creer. También invade y lesiona. Sí, sí, menos perceptible, sin embargo, pertinaz. Deja grandes cavidades llenas de vacío.
Pero bueno, tú debes irte, porque allá afuera a nadie le importa lo que te pasa. Debes continuar con la rutina; debes seguir sonriendo cuando quieres gritar;  debes seguir hablando cuando lo único que anhelas es el silencio protector. Teniendo que aguantar mi molesta e invisible presencia. Con todos, ante todos.
Debes continuar, eso es lo que se debe hacer en estos casos, solo eso, continuar…>>
 
De pronto, el extraño monólogo de una voz salida de no sé donde, fue interrumpido por el intendente, que silbando entró al consultorio con trapo y trapeador en mano. Ambos nos sorprendimos.
 
Sin mediar palabra, tomé mi bolso lo más rápido que pude, eché en él mi electrocardiograma y salí con esa intimidad que mi amiga, la –incómoda- tristeza y yo, habíamos empezado a tener.

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